Hijos del dragón III El secreto del tigre

 

Hijos del dragón III. El secreto del tigre
Lucía González Lavado
Entrelíneas editores
Primera edición noviembre 2006
Portada e ilustraciones: Beatriz González.
Capítulos: 33
Número de páginas:533
 

Sinopsis.
Después de su último fracaso y la caída del pilar de Lucilia, el inmortal está furioso y planea su venganza, para lo cual busca la ayuda de los demonios del inframundo. Pero Kirsten, que continúa rebelándose contra su padre y contra su idea de perpetuar la estirpe a través de ella, ve renacer la esperanza de borrar su origen al descubrir el fénix que habita en su interior. Aunque aún no lo sabe, en su sangre fluye el poder de los zainex.
Pero los peligros acechan por todas partes y el traidor que convive con los Dra´hi ha de ser todavía desenmascarado. Además, nuevos personajes llegan a la pagoda moviendo hilos hasta ahora no tocados. Muchas sorpresas aguardan.

Ingresa al resumen de capítulos (pronto)


HIJOS DEL DRAGÓN. EL SECRETO DEL TIGRE. Lucía González Lavado
DEDICATORIA
A mi novio, familia y amigos, gracias por vuestro apoyo.
Gracias a Eloy y su familia y gracias también a las facultades de Biblioteconomía y Educación de Badajoz.
Y un agradecimiento especial a todos los lectores que seguís fieles a la saga.

La duda es el primer paso para la rendición. Cuando esta hace mella en uno la perdición está cerca y todo aquello por lo que has luchado se esfuma en un santiamén. Cuando irrumpa en nuestro corazón debemos avanzar sin mirar atrás y ocultando las dudas en lo más recóndito de nuestro interior.
(Proverbio meiriliano)

Lizbeth Algashred (333-350) vivió, creció y murió en Silke (Crysalia). Luchó por la paz de su población y la vecina, intentando que los dos pueblos olvidaran sus diferencias e hicieran caer la enorme muralla que los separaba. No lo consiguió, y a la edad de 15 años fue ahorcada en lo alto de la muralla, ante la vista de las dos poblaciones, debido a sus palabras alborotadoras.

Introducción
Una fuerte tormenta sacudía los terrenos de Serguilia. El agua caía intensamente y los árboles se agitaban con energía debido al fuerte viento. Los oscuros terrenos a menudo se veían momentáneamente iluminados debido a los intensos relámpagos que irrumpían en la noche.
A pesar del frío y del mal tiempo, Juraknar se había apartado de la protección que le ofrecían sus terrenos, su castillo, para atreverse a surcar los oscuros senderos de Dientes de León. El motivo era el cambio de situación en su imperio y los problemas que le causaban su hija y los Dra’hi.
Asrhud-Devra y sus hombres ocupaban aquellos tenebrosos y embarrados terrenos en los que se hundían hasta la altura de las rodillas.
Incapaz de soportar más la situación, gritó, y el suelo incluso tembló debido a su ira, y pronto, en medio del silencio, únicamente interrumpido por el goteo de la lluvia, apareció una sombra que se arrastraba con gran esfuerzo: era uno de los hombres de Asrhud-Devra, el cual le llevaría hasta su señor.
Sin decir palabra, comenzó a seguir a la sombra, que se arrastraba como si fuera un animal herido, hasta llegar a un llano. Los oscuros y retorcidos árboles le habían impedido dar con el hogar de uno de los peores demonios que gozaban la suerte de pisar suelo en sus dominios.
El llano estaba ocupado por huesos, unos humanos, otros de bestias y algunos de seres que la bestia había engullido, lo cual solo de pensarlo le producía náuseas.
Los desgarros provocados por el demonio al devorar un hombre resultaban repulsivos y el inmortal no pensaba seguir más tiempo en aquel lugar.
—Mae eija an vus anu Dra’hi. Qarer un tes trwhe.
Una fuerte carcajada resonó en la noche y el inmortal supo de los rumores que habían llegado hasta él y hablaban sobre su derrota, la humillación de su hija y cómo dos niños estaban apropiándose de sus terrenos.
—Qi em dirla u cembie?
Juraknar sabía que se la estaba jugando al hablar con Asrhud-Devra. Los demonios del inframundo en rara ocasión ofrecían su ayuda desinteresadamente; siempre pedían algo a cambio al aceptar un trato y debía tener sumo cuidado con sus palabras.
—Truem a Kirsten yu darle a nes Dra’hi…
El inmortal esperó su aceptación. Le gustaría tener a los Dra’hi en sus mazmorras, torturarlos y hacerles sufrir de la misma manera que ellos le hacían a él. Pero lo importante era su reinado, y si el demonio se encargaba de los Dra’hi el problema estaría solucionado.
—¡Acepto! —respondió en la lengua meiriliana, y la manifestación de su poder fue excepcional. El cielo oscuro se tiñó de rojo y toda Serguilia retumbó por un estridente grito; el sendero se llenó de sombras que hasta el momento habían aguardado tras los árboles.
Asrhud-Devra se puso en pie, se giró y el inmortal casi cayó al ver el aspecto que había adquirido el demonio. Su piel tersa y lisa era solo un recuerdo en su mente; ahora aparecía arrugado y varios pedazos de carne se descolgaban de su piel. Los ojos parecían salírsele de sus cavidades; eran amarillos y tan brillantes como la más bella de las piedras. Llevaba el cuerpo envuelto en ropajes negros, pero supuso que estaría en descomposición, al igual que su rostro. Sus manos parecían garras y sus uñas eran tan afiladas como agujas.
—El poder que corre por las venas del Dra’hi me devolverá mi aspecto y quizás entonces pueda sacar a mis compañeros del inframundo y liberar a mi señor.
Tras dar su sentencia, el demonio y sus hombres desaparecieron y no quedó nada en su lugar.

1. Ruinas
El calor resultaba asfixiante. Las corrientes de aire eran tan intensas que habían provocado una tormenta de arena y la mayoría de los terrenos del norte de Crysalia se veían envueltos en ella. Un torbellino naranja impedía ver qué ocurría.
Un fuerte temblor despertó a Lizard. Al instante se llevó la mano al pecho lanzando un estridente quejido. Sentía todo el cuerpo entumecido, apenas tenía movilidad en las piernas y no podía respirar. El temblor lo sacudió con violencia y resbaló por una duna, sintiéndose incapaz de detener la caída, hasta que una gran roca lo hizo.
Quedó tumbado boca arriba y al abrir los ojos comprendió el motivo de su dificultad para respirar. Quiso levantarse, moverse, pero la inmovilidad de sus piernas no se lo permitía, únicamente podía agitar sus brazos. Con un gesto rápido desenvainó su espada. Entonces otra fuerte embestida le sacudió. Sin moverse, aguardó.
Del suelo irrumpió un enorme gusano de piel rojiza y afilados dientes, carente de ojos, y se irguió sobre Lizard, deteniéndose a unos centímetros de él.
El Lizman permaneció quieto sintiendo el cuerpo del gusano aplastando el suyo. Contuvo la respiración. Sus manos sudaban por la cercanía de un ser frente al que se veía impotente.
El gusano olfateó a Lizard, avanzó a su derecha y luego se fue distanciando, hasta que un brusco movimiento captó su atención. La pierna del hombre se había movido y el ser enseguida se lanzó contra él. Lizard aguardó con los ojos cerrados debido a la tormenta, agitó su espada a ciegas y no tardó en sentir la viscosa sangre del ser cayendo sobre su piel. Maldijo. Olvidándose de la pegajosa sensación que le produjo, comenzó a mover las piernas poco a poco hasta que consiguió ponerse en pie, no sin gran esfuerzo.
Observó cuanto le rodeaba. Estaba en una zona en ruinas, al norte, y una tormenta de arena amenazaba con asfixiarlo. Aquellos terrenos eran muy peligrosos y nunca los había visitado.
Una mole de piedras grises se alzaba hasta donde alcanzaba la vista, algunas muy juntas, formando una protección. Entonces pensó que aquel sería el mejor lugar para resguardarse.
Saltó por encima de la piedra que le impedía adentrarse en las ruinas y comenzó a correr, resguardando el rostro como podía. De pronto, entre la arena distinguió una figura negra. Avanzó hacia ella y halló a Kirsten semicubierta. La destapó con rapidez y tras tomarla en brazos siguió corriendo hasta que encontró el lugar adecuado para resguardarse: varias piedras amontonadas que formaban una pequeña y alargada cueva, donde quedaron protegidos de la tormenta.

Las prendas negras resaltaban en medio de la tormenta en la que se veían envueltos. Sus cabellos largos y rizados ondeaban con gracia. Gracias a su ayuda pudo ponerse en pie.
Eliska, sin soltar a Kun en ningún momento, cogió su látigo negro, que llevaba atado a la espalda, y aguardó. Los temblores se intensificaban; de repente la tierra se abrió y tres gusanos surgieron de ella dejándolos rodeados.
La mujer lanzó el látigo y logró enredarlo en la cabezas de uno de los gusanos; tiró luego con energía hasta provocarle una profunda herida y un agudo dolor.
Kun pudo advertir en sus puntas afiliadas el final del arma de Eliska y comprendió el grito de aquel ser. Con mucho esfuerzo desenvainó Agua, la cual brilló con intensidad, y los gusanos quedaron reflejados en su afilada hoja. Superando el dolor de sus amoratados músculos, corrió por la arena en dirección a sus enemigos y a unos metros se lanzó al suelo para avanzar arrastrándose, asestándoles fuertes golpes.
Los gusanos soltaron estridentes gritos y se lanzaron al suelo, donde se internaron de nuevo.
Kun aguardó, sintiendo bajo él un fuerte temblor, pero sus piernas no le sostuvieron y cayó. A unos centímetros otro ser salió de la tierra. Parte de su cuerpo estaba inmovilizado. Se agitaba con dolor. Amenazante, se lanzó contra él, quien, temeroso, comenzó a arrastrarse. Eliska se cruzó en su camino, moviendo con agilidad su látigo e hiriendo en la cabeza al gusano. Este, vencido, volvió a lanzarse al suelo.
Con ayuda de la mujer, Kun se puso en pie y ambos comenzaron a avanzar por la duna con gran esfuerzo, notando el temblor bajo sus pies, hasta que la bestia volvió a irrumpir frente a ellos, lanzándolos con fuerza contra la arena.
Kun perdió su espada en la caída, pero siguiendo las indicaciones de la mujer, permaneció agachado, sin moverse, conteniendo la respiración y atento a cualquier movimiento del enemigo. Este se arrastraba ante ellos, buscando el lugar en el que yacían. Kun, observando sus movimientos, comprendió que se guiaba por su oído e hizo a un gesto a Eliska. Esta miró al lugar que le señalaba el joven, donde estaba su espada, y asintió.
Eliska se puso en pie y corrió por la duna, seguida en todo momento por el gusano.
Kun se levantó también y corrió hacia su arma, lanzándose al suelo cuando les separaban unos centímetros. Una vez en sus manos, hizo un gesto con ella en dirección a la bestia y un rayo de un verde intenso impactó contra el gusano, que cayó al suelo. Ambos pudieron ver cómo su cuerpo se iba helando por momentos.
Eliska fue en ayuda de Kun; ambos subieron la duna y en la cima pudieron ver un pueblo abandonado. Se dirigieron hacia él. El Dra’hi se aproximó a algunas casas de piedra y Eliska le obligó a entrar en una. Allí ambos se tumbaron en el suelo para recuperar el aliento.
El viento golpeaba las ventanas con intensidad. La estructura de la casa parecía aguantar a duras penas.
Cuando se hubo recuperado, Kun decidió partir.
—¿Dónde crees que vas? —le preguntó la mujer. Su voz era suave, sus palabras se deslizaban con dulzura sobre unos labios sugerentes y excesivamente pintados en carmín.
—Debo buscar a Kirsten, mi hermano y los demás. Viajábamos juntos y creo que les ha ocurrido algo. Agradezco tu ayuda; Sé que no habría salido indemne del ataque de los gusanos, pero debo seguir. No me perdonaría que les ocurriera algo. —Se dirigió hacia la puerta, pero cuando intentaba abrirla el rápido látigo de la mujer se enzarzó en su muñeca provocándole un agudo dolor.
Se giró y su mirada se cruzó con la de Eliska, una expresión oscura y llena de misterio. Entonces supo que nunca debió confiar en ella.

Lizard vertió todas sus pertenencias en el suelo para localizar el odre; luego vertió parte de su contenido sobre los labios de Kirsten, quien tosió amargamente y poco a poco fue recuperando el aliento.
Lizard le desabrochó algunos botones de la camisa para facilitarle la respiración. De pronto sintieron un movimiento extraño y dirigieron la mirada a la entrada del que era su refugio; allí descubrieron la cabeza de un enorme gusano.
Kirsten quiso gritar, pero la mano de Lizard se lo impidió y le hizo un gesto negativo: debían aguardar en silencio. Así lo hicieron mientras observaban al enorme ser olfateándolo todo a su alrededor, incluso a ellos. Al rato se esfumó.
—¿Dónde está Kun?
—No lo sé, solo he podido dar contigo. ¿Cómo te encuentras?
—Mejor. Tenemos que buscar a Kun, puede que esté herido o enterrado. Y los demás tampoco están con nosotros, quizá les haya pasado algo; tal vez hayan sido devorados por esos gusanos. ¡Debemos salir!
—Tranquila, nena, en cuanto podamos lo haremos.
—¡Pero Lizard, quiero salir ahora! —exigió enojada, y llena de coraje apartó al hombre de su lado y avanzó hacia la entrada; pero el hombre tiró con fuerza de sus ropas hacia atrás provocando que se cayera al suelo—. ¡Déjame, debo salir!
—¡No seas niña! —replicó—. Mira afuera, morirás enterrada o asfixiada. Hazte un favor…, o mejor, haznos un favor y serénate.
—¡Tú no me dices a mí lo que he de hacer! —gritó.
Se disponía a salir, pero al ver de nuevo al gusano en la entrada de la cueva se agarró fuerte a la mano de Lizard, comprendiendo que su estancia en aquel lugar podía ser larga.

Kun tiró con fuerza del látigo haciendo que Eliska cayera al suelo. Volvió a agarrar el picaporte y al hacerlo oyó un pequeño zumbido. Sus ojos se abrieron con sorpresa: dos afiladas agujas se habían incrustado a la derecha de su rostro, provocándole un débil corte en la mejilla. Se volvió lleno de rabia y su mirada aterró a la mujer, que aún permanecía en el suelo.
—Harías bien en no enfrentarte a mí, puedo helarte con solo alzar un dedo. Si eres inteligente dejarás que me marche y cada uno de nosotros podrá seguir su camino. De lo contrario, no tendré piedad.
—No seré yo la que me cruce en el destino de los Dra’hi impidiendo su camino hacia la liberación. Ahora no te das cuenta, pero te estoy haciendo un favor. Si sales, morirás en medio de la tormenta y todo aquello por lo que has luchado no servirá de nada. Conozco lo ocurrido en Lucilia con el inmortal. ¿Vas a arriesgarte a perderlo todo?
La mujer se puso en pie y caminó hacia Kun, quien se sintió acorralado por su embriagadora presencia.
—¿Por qué arriesgar tu vida fuera cuando lo podemos pasar mucho mejor en el interior? —Eliska besó al Dra’hi y enredó en su cabello la mano derecha. Un aguijón se iba abriendo paso poco a poco para incrustarse en su piel.
Los temblores fueron remitiendo conforme avanzaba la tormenta y con ellos la imagen de los enormes gusanos.
Lizard salió de la protección de su refugio bajo un cielo cubierto de estrellas donde ninguna de las lunas asomaba.
—¿Dónde me encontraste?
—En las ruinas, pero no no hallé ni rastro del Dra’hi. Nena, lo más inteligente por nuestra parte sería encender un fuego y aguardar a que se dirija hacia él. Desconozco estos terrenos y no quiero ir a ciegas.
—¡Creí que tú y Daksha erais expertos viajeros! Es más, se supone que nos acompañáis por vuestra capacidad para orientaros —protestó con los brazos en jarras.
—Si no supiera que provienes de la Tierra, juraría que eres una Lizman. No he conocido mujer con una lengua más larga —replicó ceñudo—. Halcón y yo somos buenos en Lucilia, pero en Crysalia nos hemos limitado a viajar al poblado de las tigresas.
Kirsty quiso gritar de frustración, mas no lo hizo, se limitó a seguir las indicaciones de Lizard, agarrada a su mano, hasta que llegaron a un rellano. Allí aguardó sola, cubierta con su capa blanca, temblando y muy atenta a lo que pudiese suceder a su alrededor, mientras él se alejaba en busca de ramas para encender el fuego. El silencio era sobrecogedor, nada rompía la calma salvo el castañeteo de sus dientes.
Lizard volvió enseguida cargado y encendió una hoguera. Ambos tomaron asiento cerca intentando calentar sus entumecidos cuerpos. Su aspecto era lamentable y sus rostros mostraban los estragos del viaje.
—¿Dónde has encontrado las ramas? ¿No has visto a Kun?
—Tranquilízate e intenta descansar. Kun estará bien, es un Dra’hi. Las ramas las he cogido cerca de un embalse.
—¿Dónde?
—Si miras detrás de ti lo verás.
Kirsty lo hizo y no muy lejos vio un haz de luz que surgía de la nada.
Haciendo oídos sordos a las objeciones de Lizard, avanzó entre las ruinas hasta llegar al embalse. En sus aguas cristalinas observó, en un punto determinado, un extraño brillo y enseguida descubrió su origen: en medio del embalse se encontraba una mujer que desprendía aquella luz. Estaba de espaldas y sus ropas, blancas, se agitaban con cierto aire majestuoso, lo mismo que sus cabellos, largos, claros y rizados. Kirsten descubrió finalmente que estaba suspendida sobre el agua.
—¡Sabía que volverías! —susurró la mujer—. Tenías que regocijarte con mi situación. —La mujer se giró, dejando al descubierto un rostro pálido y enfermizo. Tenía los ojos cerrados y bajo estos llevaba tatuado un pequeño dibujo compuesto por varios puntos en diferentes tonos que se extendían hasta sus sienes. De su boca sobresalían dos afilados colmillos, los cuales, a cada instante, crecían más y más hasta alcanzar la diminuta barbilla de la mujer.
Kirsty comenzó a retroceder sin entender el porqué de las palabras de la mujer; ansiaba huir, pero dos enormes raíces surgieron del lago enredándose en sus pies y arrastrándola hacia su interior, dejándola a los pies de la mujer, quien se agachó hacia su cuello con la intención de clavarle los colmillos.
Lizard llegó hasta el embalse y se adentró en las frías aguas hasta situarse frente a la mujer.
—¡Beluska, ella no es el inmortal!
—¡Emana su poder, su misma fuerza, el intenso poder del fuego!
—Es su hija, es inocente, solo una chiquilla asustada. ¿Acaso no lo ves? Abre los ojos, no sientas con el corazón y mira a la joven. No querrás derramar la sangre de una niña inocente, ¿verdad?
La mujer, siguiendo las indicaciones del Lizman, abrió los ojos, mostrando sus cuencas vacías. El grito de Kirsty resonó en los alrededores.
—¿Cómo sabes que es inocente?
—Se enfrenta a él. Es una de las pocas personas que tiene el coraje de mirarle a la cara y hacerle frente. ¿Matarás a alguien que posee tal valor?
—Mientes.
—Sabes que soy un Lizman. Nuestra fama de mujeriegos es semejante a la de nuestro alto sentido del honor. Nunca te mentiría y lo sabes. Ahora suéltala o lo lamentarás, porque haré trizas tu fantasmal cuerpo.
Las raíces que hacían presión sobre el cuerpo de Kirsten cedieron y cayó al agua, donde quedó sumergida casi por completo.
Lizard la tomó del brazo y regresó con ella hacia las ruinas. Al llegar la dejó caer frente al fuego.
—¿Cuándo aprenderás a escucharme?
—Pero Lizard, yo…
—¡Calla! De ahora en adelante acatarás mis órdenes. Si sigues sin hacerme caso te matarán. Beluska era una poderosa bruja que se enamoró de tu padre. La relación fue duradera, pero la locura la venció al no conseguir verse convertida en su esposa. Se enfrentaron y tu padre le arrebató sus ojos. No me preguntes cómo consigue ver con sus cuencas vacías porque no lo sé. Supongo que con su magia negra le habrá arrebatado la vista a alguien, aunque no sus ojos. Su alma quedó desterrada en en esas aguas. Está maldita y algunas noches vaga intentando vengarse de tu padre de alguna manera. Ahora, por favor, compórtate y descansa mientras yo hago guardia.
—¿Cómo quieres que duerma?
—No lo sé, pero si vuelves a intentar escapar te ataré. No quiero más sorpresas. Desconozco qué nos deparan estas tierras y prefiero caminar por ellas cuando pueda ver con claridad, en lugar de guiarme por mis instintos. Duerme.
Kirsten refunfuñó, pero obedeció al Lizman y se tumbó frente al fuego.

Kun apartó con energía a la mujer, sintiendo aún el ardor de sus labios.
—¡Te estás equivocando! No quiero nada contigo. Por favor, te pediría que no lo intentaras más. No deseo ser descortés contigo, pero no me atraes.
—Llegarás a arrepentirte, joven Dra’hi —murmuró, saboreando la pronunciación de su nombre y admirando la sorpresa de Kun en sus profundos ojos verdes—. Me llamo Eliska. Deberías estarme agradecido por haberte salvado la vida, en lugar de ser tan arisco. Si no hubiera sido por mí intervención tus huesos ocuparían una de las cuevas de los gusanos.
La mujer caminó hacia él y acarició su pecho dulcemente. Pero él se alejó de inmediato, abrió la puerta y se perdió en la tormenta de arena, que comenzaba ya a amainar.
Eliska pataleó molesta sabiendo que seducirle le iba a costar mucho más de lo que pensaba. Con un largo suspiro se adentró en el pueblo y recorrió el lugar examinando cada una de las cabañas junto al Dra’hi, el cual deseaba encontrar en una de ellas a Kirsten.
La inspección transcurrió lenta y sin novedad. Kun, en varias ocasiones, intentó viajar hasta Kirsty o hasta su hermano, pero parte de su poder había sido sellado por las malas artes del inmortal y, frustrado, golpeó la dura pared de una cabaña.
La tormenta había cesado y la oscuridad daba paso a una claridad bochornosa y gris que les hacía más fácil el camino. Los pensamientos atormentaban a Kun imaginando que Kirsten podía estar muerta cuando una señal luminosa alcanzó las ruinas.

Las primeras luces bendecían las dunas del desierto después de la fuerte tormenta que había azotado aquellas tierras.
Kirsten y Lizard caminaban en dirección al estanque. Este había insistido en darse un baño y aprovechar para llenar los odres de agua necesarios para el largo viaje por el desierto.
Kirsten no estaba de acuerdo en volver al estanque, pero el hombre le había asegurado que el espíritu de la mujer nunca hacía acto de presencia durante el día, así que le siguió.
—¡Date prisa, Lizard! —exigió—. Eres un inoportuno.
—¡Sí! —respondió el hombre, exasperado por su impaciencia.
Kirsten permaneció sentada en un roca, dándole la espalda, escuchando cómo se daba un baño, hasta que un fuerte graznido rompió la tranquilidad del momento. Varios cuervos negros volaban por encima de su cabeza.
Se puso en pie y ascendió por unas rocas que parecían formar escaleras. Desde allí observó los alrededores. El desierto se extendía hasta donde alcanzaba la vista y podía ver la salida del poblado en ruinas. Las examinó detenidamente buscando alguna prenda que destacara entre la arena, pero no vio nada y volvió a fijar la mirada en los cuervos. Estaban a unos metros, sobrevolando unas rocas sobre las que había uno de enorme tamaño. Su pico amarillo resaltaba en la negrura de su plumaje y sus ojos eran tan rojos y ardientes como llamas.
El cuervo agitó las alas con energía y giró alrededor de Kirsty, quien ni se inmutó por tan extraño comportamiento.

Lizard había acabado de bañarse y se estaba vistiendo. En su puño tenía un broche en forma de tigre; recordaba el día en el que se lo había entregado Nadine, poco antes de que pasaran la noche juntos. Ella, hasta ese día, siempre había llevado el aquel broche sobre su capa, pero después de lo sucedido entre ambos se lo regaló. Las tigresas no podían regalar obsequios a ningún hombre, eso significaría que había sentimientos de por medio y para lo único que le interesaban a las amazonas los hombres era para la procreación. Sabiendo lo mucho que significaba el presente, lo aceptó, incapaz de negárselo a aquellos rubíes que parecían estallar en lágrimas esperando su respuesta.
Suspiró, se puso el broche en su capa y colgó el zurrón a la espalda. Fue entonces cuando sintió que el aire no le llegaba a los pulmones, una sensación que, desgraciadamente, le resultaba muy conocida.
Cuando él y su amigo Daksha habían irrumpido en Serguilia cayeron en unos terrenos pantanosos de Dientes de León. Su agonía en aquellas tierras fue indescriptible y de no haber sido por la pólvora que su amigo cargaba nunca se hubieran librado de los hombres del demonio que se consumía en los terrenos del inmortal. Sin embargo, el dolor que atravesaba ahora su cuerpo era mucho más intenso. Sus extremidades comenzaban a agarrotarse. Observó sus manos, que no dejaban de temblar, pero lo que más le inquietó fue ver cómo sus venas se teñían de negro. Alzó la mirada en dirección a Kirsten y luego a su alrededor. La tierra comenzaba también a volverse negra: el demonio estaba cerca.
—¡Maldita sea, Kirsten, baja de ahí de inmediato!

LUCÍA GLEZ. LAVADO,

 

 

 

 

HDD no es una pagina oficial - Hijos del dragón es una saga literaria escrita por Lucia González Lavado (Todos los derechos reservados) publicada por Entrelineas editores.