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Hijos del dragón III
El secreto del tigre

Hijos del dragón
III. El secreto del
tigre
Lucía González
Lavado
Entrelíneas editores
Primera edición
noviembre 2006
Portada e
ilustraciones:
Beatriz González.
Capítulos: 33
Número de
páginas:533
Sinopsis.
Después de su último
fracaso y la caída
del pilar de
Lucilia, el inmortal
está furioso y
planea su venganza,
para lo cual busca
la ayuda de los
demonios del
inframundo. Pero
Kirsten, que
continúa rebelándose
contra su padre y
contra su idea de
perpetuar la estirpe
a través de ella, ve
renacer la esperanza
de borrar su origen
al descubrir el
fénix que habita en
su interior. Aunque
aún no lo sabe, en
su sangre fluye el
poder de los zainex.
Pero los peligros
acechan por todas
partes y el traidor
que convive con los
Dra´hi ha de ser
todavía
desenmascarado.
Además, nuevos
personajes llegan a
la pagoda moviendo
hilos hasta ahora no
tocados. Muchas
sorpresas aguardan.
Ingresa al resumen
de capítulos
(pronto)
HIJOS DEL DRAGÓN.
EL SECRETO DEL
TIGRE. Lucía
González Lavado
DEDICATORIA
A mi novio,
familia y amigos,
gracias por vuestro
apoyo.
Gracias a Eloy y su
familia y gracias
también a las
facultades de
Biblioteconomía y
Educación de
Badajoz.
Y un agradecimiento
especial a todos los
lectores que seguís
fieles a la saga.
La duda es el primer
paso para la
rendición. Cuando
esta hace mella en
uno la perdición
está cerca y todo
aquello por lo que
has luchado se
esfuma en un
santiamén. Cuando
irrumpa en nuestro
corazón debemos
avanzar sin mirar
atrás y ocultando
las dudas en lo más
recóndito de nuestro
interior.
(Proverbio
meiriliano)
Lizbeth Algashred
(333-350) vivió,
creció y murió en
Silke (Crysalia).
Luchó por la paz de
su población y la
vecina, intentando
que los dos pueblos
olvidaran sus
diferencias e
hicieran caer la
enorme muralla que
los separaba. No lo
consiguió, y a la
edad de 15 años fue
ahorcada en lo alto
de la muralla, ante
la vista de las dos
poblaciones, debido
a sus palabras
alborotadoras.
Introducción
Una fuerte tormenta
sacudía los terrenos
de Serguilia. El
agua caía
intensamente y los
árboles se agitaban
con energía debido
al fuerte viento.
Los oscuros terrenos
a menudo se veían
momentáneamente
iluminados debido a
los intensos
relámpagos que
irrumpían en la
noche.
A pesar del frío y
del mal tiempo,
Juraknar se había
apartado de la
protección que le
ofrecían sus
terrenos, su
castillo, para
atreverse a surcar
los oscuros senderos
de Dientes de León.
El motivo era el
cambio de situación
en su imperio y los
problemas que le
causaban su hija y
los Dra’hi.
Asrhud-Devra y sus
hombres ocupaban
aquellos tenebrosos
y embarrados
terrenos en los que
se hundían hasta la
altura de las
rodillas.
Incapaz de soportar
más la situación,
gritó, y el suelo
incluso tembló
debido a su ira, y
pronto, en medio del
silencio, únicamente
interrumpido por el
goteo de la lluvia,
apareció una sombra
que se arrastraba
con gran esfuerzo:
era uno de los
hombres de
Asrhud-Devra, el
cual le llevaría
hasta su señor.
Sin decir palabra,
comenzó a seguir a
la sombra, que se
arrastraba como si
fuera un animal
herido, hasta llegar
a un llano. Los
oscuros y retorcidos
árboles le habían
impedido dar con el
hogar de uno de los
peores demonios que
gozaban la suerte de
pisar suelo en sus
dominios.
El llano estaba
ocupado por huesos,
unos humanos, otros
de bestias y algunos
de seres que la
bestia había
engullido, lo cual
solo de pensarlo le
producía náuseas.
Los desgarros
provocados por el
demonio al devorar
un hombre resultaban
repulsivos y el
inmortal no pensaba
seguir más tiempo en
aquel lugar.
—Mae eija an vus anu
Dra’hi. Qarer un tes
trwhe.
Una fuerte carcajada
resonó en la noche y
el inmortal supo de
los rumores que
habían llegado hasta
él y hablaban sobre
su derrota, la
humillación de su
hija y cómo dos
niños estaban
apropiándose de sus
terrenos.
—Qi em dirla u
cembie?
Juraknar sabía que
se la estaba jugando
al hablar con
Asrhud-Devra. Los
demonios del
inframundo en rara
ocasión ofrecían su
ayuda
desinteresadamente;
siempre pedían algo
a cambio al aceptar
un trato y debía
tener sumo cuidado
con sus palabras.
—Truem a Kirsten yu
darle a nes Dra’hi…
El inmortal esperó
su aceptación. Le
gustaría tener a los
Dra’hi en sus
mazmorras,
torturarlos y
hacerles sufrir de
la misma manera que
ellos le hacían a
él. Pero lo
importante era su
reinado, y si el
demonio se encargaba
de los Dra’hi el
problema estaría
solucionado.
—¡Acepto! —respondió
en la lengua
meiriliana, y la
manifestación de su
poder fue
excepcional. El
cielo oscuro se tiñó
de rojo y toda
Serguilia retumbó
por un estridente
grito; el sendero se
llenó de sombras que
hasta el momento
habían aguardado
tras los árboles.
Asrhud-Devra se puso
en pie, se giró y el
inmortal casi cayó
al ver el aspecto
que había adquirido
el demonio. Su piel
tersa y lisa era
solo un recuerdo en
su mente; ahora
aparecía arrugado y
varios pedazos de
carne se descolgaban
de su piel. Los ojos
parecían salírsele
de sus cavidades;
eran amarillos y tan
brillantes como la
más bella de las
piedras. Llevaba el
cuerpo envuelto en
ropajes negros, pero
supuso que estaría
en descomposición,
al igual que su
rostro. Sus manos
parecían garras y
sus uñas eran tan
afiladas como
agujas.
—El poder que corre
por las venas del
Dra’hi me devolverá
mi aspecto y quizás
entonces pueda sacar
a mis compañeros del
inframundo y liberar
a mi señor.
Tras dar su
sentencia, el
demonio y sus
hombres
desaparecieron y no
quedó nada en su
lugar.
1. Ruinas
El calor resultaba
asfixiante. Las
corrientes de aire
eran tan intensas
que habían provocado
una tormenta de
arena y la mayoría
de los terrenos del
norte de Crysalia se
veían envueltos en
ella. Un torbellino
naranja impedía ver
qué ocurría.
Un fuerte temblor
despertó a Lizard.
Al instante se llevó
la mano al pecho
lanzando un
estridente quejido.
Sentía todo el
cuerpo entumecido,
apenas tenía
movilidad en las
piernas y no podía
respirar. El temblor
lo sacudió con
violencia y resbaló
por una duna,
sintiéndose incapaz
de detener la caída,
hasta que una gran
roca lo hizo.
Quedó tumbado boca
arriba y al abrir
los ojos comprendió
el motivo de su
dificultad para
respirar. Quiso
levantarse, moverse,
pero la inmovilidad
de sus piernas no se
lo permitía,
únicamente podía
agitar sus brazos.
Con un gesto rápido
desenvainó su
espada. Entonces
otra fuerte
embestida le
sacudió. Sin
moverse, aguardó.
Del suelo irrumpió
un enorme gusano de
piel rojiza y
afilados dientes,
carente de ojos, y
se irguió sobre
Lizard, deteniéndose
a unos centímetros
de él.
El Lizman permaneció
quieto sintiendo el
cuerpo del gusano
aplastando el suyo.
Contuvo la
respiración. Sus
manos sudaban por la
cercanía de un ser
frente al que se
veía impotente.
El gusano olfateó a
Lizard, avanzó a su
derecha y luego se
fue distanciando,
hasta que un brusco
movimiento captó su
atención. La pierna
del hombre se había
movido y el ser
enseguida se lanzó
contra él. Lizard
aguardó con los ojos
cerrados debido a la
tormenta, agitó su
espada a ciegas y no
tardó en sentir la
viscosa sangre del
ser cayendo sobre su
piel. Maldijo.
Olvidándose de la
pegajosa sensación
que le produjo,
comenzó a mover las
piernas poco a poco
hasta que consiguió
ponerse en pie, no
sin gran esfuerzo.
Observó cuanto le
rodeaba. Estaba en
una zona en ruinas,
al norte, y una
tormenta de arena
amenazaba con
asfixiarlo. Aquellos
terrenos eran muy
peligrosos y nunca
los había visitado.
Una mole de piedras
grises se alzaba
hasta donde
alcanzaba la vista,
algunas muy juntas,
formando una
protección. Entonces
pensó que aquel
sería el mejor lugar
para resguardarse.
Saltó por encima de
la piedra que le
impedía adentrarse
en las ruinas y
comenzó a correr,
resguardando el
rostro como podía.
De pronto, entre la
arena distinguió una
figura negra. Avanzó
hacia ella y halló a
Kirsten
semicubierta. La
destapó con rapidez
y tras tomarla en
brazos siguió
corriendo hasta que
encontró el lugar
adecuado para
resguardarse: varias
piedras amontonadas
que formaban una
pequeña y alargada
cueva, donde
quedaron protegidos
de la tormenta.
Las prendas negras
resaltaban en medio
de la tormenta en la
que se veían
envueltos. Sus
cabellos largos y
rizados ondeaban con
gracia. Gracias a su
ayuda pudo ponerse
en pie.
Eliska, sin soltar a
Kun en ningún
momento, cogió su
látigo negro, que
llevaba atado a la
espalda, y aguardó.
Los temblores se
intensificaban; de
repente la tierra se
abrió y tres gusanos
surgieron de ella
dejándolos rodeados.
La mujer lanzó el
látigo y logró
enredarlo en la
cabezas de uno de
los gusanos; tiró
luego con energía
hasta provocarle una
profunda herida y un
agudo dolor.
Kun pudo advertir en
sus puntas afiliadas
el final del arma de
Eliska y comprendió
el grito de aquel
ser. Con mucho
esfuerzo desenvainó
Agua, la cual brilló
con intensidad, y
los gusanos quedaron
reflejados en su
afilada hoja.
Superando el dolor
de sus amoratados
músculos, corrió por
la arena en
dirección a sus
enemigos y a unos
metros se lanzó al
suelo para avanzar
arrastrándose,
asestándoles fuertes
golpes.
Los gusanos soltaron
estridentes gritos y
se lanzaron al
suelo, donde se
internaron de nuevo.
Kun aguardó,
sintiendo bajo él un
fuerte temblor, pero
sus piernas no le
sostuvieron y cayó.
A unos centímetros
otro ser salió de la
tierra. Parte de su
cuerpo estaba
inmovilizado. Se
agitaba con dolor.
Amenazante, se lanzó
contra él, quien,
temeroso, comenzó a
arrastrarse. Eliska
se cruzó en su
camino, moviendo con
agilidad su látigo e
hiriendo en la
cabeza al gusano.
Este, vencido,
volvió a lanzarse al
suelo.
Con ayuda de la
mujer, Kun se puso
en pie y ambos
comenzaron a avanzar
por la duna con gran
esfuerzo, notando el
temblor bajo sus
pies, hasta que la
bestia volvió a
irrumpir frente a
ellos, lanzándolos
con fuerza contra la
arena.
Kun perdió su espada
en la caída, pero
siguiendo las
indicaciones de la
mujer, permaneció
agachado, sin
moverse, conteniendo
la respiración y
atento a cualquier
movimiento del
enemigo. Este se
arrastraba ante
ellos, buscando el
lugar en el que
yacían. Kun,
observando sus
movimientos,
comprendió que se
guiaba por su oído e
hizo a un gesto a
Eliska. Esta miró al
lugar que le
señalaba el joven,
donde estaba su
espada, y asintió.
Eliska se puso en
pie y corrió por la
duna, seguida en
todo momento por el
gusano.
Kun se levantó
también y corrió
hacia su arma,
lanzándose al suelo
cuando les separaban
unos centímetros.
Una vez en sus
manos, hizo un gesto
con ella en
dirección a la
bestia y un rayo de
un verde intenso
impactó contra el
gusano, que cayó al
suelo. Ambos
pudieron ver cómo su
cuerpo se iba
helando por
momentos.
Eliska fue en ayuda
de Kun; ambos
subieron la duna y
en la cima pudieron
ver un pueblo
abandonado. Se
dirigieron hacia él.
El Dra’hi se
aproximó a algunas
casas de piedra y
Eliska le obligó a
entrar en una. Allí
ambos se tumbaron en
el suelo para
recuperar el
aliento.
El viento golpeaba
las ventanas con
intensidad. La
estructura de la
casa parecía
aguantar a duras
penas.
Cuando se hubo
recuperado, Kun
decidió partir.
—¿Dónde crees que
vas? —le preguntó la
mujer. Su voz era
suave, sus palabras
se deslizaban con
dulzura sobre unos
labios sugerentes y
excesivamente
pintados en carmín.
—Debo buscar a
Kirsten, mi hermano
y los demás.
Viajábamos juntos y
creo que les ha
ocurrido algo.
Agradezco tu ayuda;
Sé que no habría
salido indemne del
ataque de los
gusanos, pero debo
seguir. No me
perdonaría que les
ocurriera algo. —Se
dirigió hacia la
puerta, pero cuando
intentaba abrirla el
rápido látigo de la
mujer se enzarzó en
su muñeca
provocándole un
agudo dolor.
Se giró y su mirada
se cruzó con la de
Eliska, una
expresión oscura y
llena de misterio.
Entonces supo que
nunca debió confiar
en ella.
Lizard vertió todas
sus pertenencias en
el suelo para
localizar el odre;
luego vertió parte
de su contenido
sobre los labios de
Kirsten, quien tosió
amargamente y poco a
poco fue recuperando
el aliento.
Lizard le desabrochó
algunos botones de
la camisa para
facilitarle la
respiración. De
pronto sintieron un
movimiento extraño y
dirigieron la mirada
a la entrada del que
era su refugio; allí
descubrieron la
cabeza de un enorme
gusano.
Kirsten quiso
gritar, pero la mano
de Lizard se lo
impidió y le hizo un
gesto negativo:
debían aguardar en
silencio. Así lo
hicieron mientras
observaban al enorme
ser olfateándolo
todo a su alrededor,
incluso a ellos. Al
rato se esfumó.
—¿Dónde está Kun?
—No lo sé, solo he
podido dar contigo.
¿Cómo te encuentras?
—Mejor. Tenemos que
buscar a Kun, puede
que esté herido o
enterrado. Y los
demás tampoco están
con nosotros, quizá
les haya pasado
algo; tal vez hayan
sido devorados por
esos gusanos.
¡Debemos salir!
—Tranquila, nena, en
cuanto podamos lo
haremos.
—¡Pero Lizard,
quiero salir ahora!
—exigió enojada, y
llena de coraje
apartó al hombre de
su lado y avanzó
hacia la entrada;
pero el hombre tiró
con fuerza de sus
ropas hacia atrás
provocando que se
cayera al suelo—.
¡Déjame, debo salir!
—¡No seas niña!
—replicó—. Mira
afuera, morirás
enterrada o
asfixiada. Hazte un
favor…, o mejor,
haznos un favor y
serénate.
—¡Tú no me dices a
mí lo que he de
hacer! —gritó.
Se disponía a salir,
pero al ver de nuevo
al gusano en la
entrada de la cueva
se agarró fuerte a
la mano de Lizard,
comprendiendo que su
estancia en aquel
lugar podía ser
larga.
Kun tiró con fuerza
del látigo haciendo
que Eliska cayera al
suelo. Volvió a
agarrar el picaporte
y al hacerlo oyó un
pequeño zumbido. Sus
ojos se abrieron con
sorpresa: dos
afiladas agujas se
habían incrustado a
la derecha de su
rostro, provocándole
un débil corte en la
mejilla. Se volvió
lleno de rabia y su
mirada aterró a la
mujer, que aún
permanecía en el
suelo.
—Harías bien en no
enfrentarte a mí,
puedo helarte con
solo alzar un dedo.
Si eres inteligente
dejarás que me
marche y cada uno de
nosotros podrá
seguir su camino. De
lo contrario, no
tendré piedad.
—No seré yo la que
me cruce en el
destino de los
Dra’hi impidiendo su
camino hacia la
liberación. Ahora no
te das cuenta, pero
te estoy haciendo un
favor. Si sales,
morirás en medio de
la tormenta y todo
aquello por lo que
has luchado no
servirá de nada.
Conozco lo ocurrido
en Lucilia con el
inmortal. ¿Vas a
arriesgarte a
perderlo todo?
La mujer se puso en
pie y caminó hacia
Kun, quien se sintió
acorralado por su
embriagadora
presencia.
—¿Por qué arriesgar
tu vida fuera cuando
lo podemos pasar
mucho mejor en el
interior? —Eliska
besó al Dra’hi y
enredó en su cabello
la mano derecha. Un
aguijón se iba
abriendo paso poco a
poco para
incrustarse en su
piel.
Los temblores fueron
remitiendo conforme
avanzaba la tormenta
y con ellos la
imagen de los
enormes gusanos.
Lizard salió de la
protección de su
refugio bajo un
cielo cubierto de
estrellas donde
ninguna de las lunas
asomaba.
—¿Dónde me
encontraste?
—En las ruinas, pero
no no hallé ni
rastro del Dra’hi.
Nena, lo más
inteligente por
nuestra parte sería
encender un fuego y
aguardar a que se
dirija hacia él.
Desconozco estos
terrenos y no quiero
ir a ciegas.
—¡Creí que tú y
Daksha erais
expertos viajeros!
Es más, se supone
que nos acompañáis
por vuestra
capacidad para
orientaros —protestó
con los brazos en
jarras.
—Si no supiera que
provienes de la
Tierra, juraría que
eres una Lizman. No
he conocido mujer
con una lengua más
larga —replicó
ceñudo—. Halcón y yo
somos buenos en
Lucilia, pero en
Crysalia nos hemos
limitado a viajar al
poblado de las
tigresas.
Kirsty quiso gritar
de frustración, mas
no lo hizo, se
limitó a seguir las
indicaciones de
Lizard, agarrada a
su mano, hasta que
llegaron a un
rellano. Allí
aguardó sola,
cubierta con su capa
blanca, temblando y
muy atenta a lo que
pudiese suceder a su
alrededor, mientras
él se alejaba en
busca de ramas para
encender el fuego.
El silencio era
sobrecogedor, nada
rompía la calma
salvo el castañeteo
de sus dientes.
Lizard volvió
enseguida cargado y
encendió una
hoguera. Ambos
tomaron asiento
cerca intentando
calentar sus
entumecidos cuerpos.
Su aspecto era
lamentable y sus
rostros mostraban
los estragos del
viaje.
—¿Dónde has
encontrado las
ramas? ¿No has visto
a Kun?
—Tranquilízate e
intenta descansar.
Kun estará bien, es
un Dra’hi. Las ramas
las he cogido cerca
de un embalse.
—¿Dónde?
—Si miras detrás de
ti lo verás.
Kirsty lo hizo y no
muy lejos vio un haz
de luz que surgía de
la nada.
Haciendo oídos
sordos a las
objeciones de
Lizard, avanzó entre
las ruinas hasta
llegar al embalse.
En sus aguas
cristalinas observó,
en un punto
determinado, un
extraño brillo y
enseguida descubrió
su origen: en medio
del embalse se
encontraba una mujer
que desprendía
aquella luz. Estaba
de espaldas y sus
ropas, blancas, se
agitaban con cierto
aire majestuoso, lo
mismo que sus
cabellos, largos,
claros y rizados.
Kirsten descubrió
finalmente que
estaba suspendida
sobre el agua.
—¡Sabía que
volverías! —susurró
la mujer—. Tenías
que regocijarte con
mi situación. —La
mujer se giró,
dejando al
descubierto un
rostro pálido y
enfermizo. Tenía los
ojos cerrados y bajo
estos llevaba
tatuado un pequeño
dibujo compuesto por
varios puntos en
diferentes tonos que
se extendían hasta
sus sienes. De su
boca sobresalían dos
afilados colmillos,
los cuales, a cada
instante, crecían
más y más hasta
alcanzar la diminuta
barbilla de la
mujer.
Kirsty comenzó a
retroceder sin
entender el porqué
de las palabras de
la mujer; ansiaba
huir, pero dos
enormes raíces
surgieron del lago
enredándose en sus
pies y arrastrándola
hacia su interior,
dejándola a los pies
de la mujer, quien
se agachó hacia su
cuello con la
intención de
clavarle los
colmillos.
Lizard llegó hasta
el embalse y se
adentró en las frías
aguas hasta situarse
frente a la mujer.
—¡Beluska, ella no
es el inmortal!
—¡Emana su poder, su
misma fuerza, el
intenso poder del
fuego!
—Es su hija, es
inocente, solo una
chiquilla asustada.
¿Acaso no lo ves?
Abre los ojos, no
sientas con el
corazón y mira a la
joven. No querrás
derramar la sangre
de una niña
inocente, ¿verdad?
La mujer, siguiendo
las indicaciones del
Lizman, abrió los
ojos, mostrando sus
cuencas vacías. El
grito de Kirsty
resonó en los
alrededores.
—¿Cómo sabes que es
inocente?
—Se enfrenta a él.
Es una de las pocas
personas que tiene
el coraje de mirarle
a la cara y hacerle
frente. ¿Matarás a
alguien que posee
tal valor?
—Mientes.
—Sabes que soy un
Lizman. Nuestra fama
de mujeriegos es
semejante a la de
nuestro alto sentido
del honor. Nunca te
mentiría y lo sabes.
Ahora suéltala o lo
lamentarás, porque
haré trizas tu
fantasmal cuerpo.
Las raíces que
hacían presión sobre
el cuerpo de Kirsten
cedieron y cayó al
agua, donde quedó
sumergida casi por
completo.
Lizard la tomó del
brazo y regresó con
ella hacia las
ruinas. Al llegar la
dejó caer frente al
fuego.
—¿Cuándo aprenderás
a escucharme?
—Pero Lizard, yo…
—¡Calla! De ahora en
adelante acatarás
mis órdenes. Si
sigues sin hacerme
caso te matarán.
Beluska era una
poderosa bruja que
se enamoró de tu
padre. La relación
fue duradera, pero
la locura la venció
al no conseguir
verse convertida en
su esposa. Se
enfrentaron y tu
padre le arrebató
sus ojos. No me
preguntes cómo
consigue ver con sus
cuencas vacías
porque no lo sé.
Supongo que con su
magia negra le habrá
arrebatado la vista
a alguien, aunque no
sus ojos. Su alma
quedó desterrada en
en esas aguas. Está
maldita y algunas
noches vaga
intentando vengarse
de tu padre de
alguna manera.
Ahora, por favor,
compórtate y
descansa mientras yo
hago guardia.
—¿Cómo quieres que
duerma?
—No lo sé, pero si
vuelves a intentar
escapar te ataré. No
quiero más
sorpresas.
Desconozco qué nos
deparan estas
tierras y prefiero
caminar por ellas
cuando pueda ver con
claridad, en lugar
de guiarme por mis
instintos. Duerme.
Kirsten refunfuñó,
pero obedeció al
Lizman y se tumbó
frente al fuego.
Kun apartó con
energía a la mujer,
sintiendo aún el
ardor de sus labios.
—¡Te estás
equivocando! No
quiero nada contigo.
Por favor, te
pediría que no lo
intentaras más. No
deseo ser descortés
contigo, pero no me
atraes.
—Llegarás a
arrepentirte, joven
Dra’hi —murmuró,
saboreando la
pronunciación de su
nombre y admirando
la sorpresa de Kun
en sus profundos
ojos verdes—. Me
llamo Eliska.
Deberías estarme
agradecido por
haberte salvado la
vida, en lugar de
ser tan arisco. Si
no hubiera sido por
mí intervención tus
huesos ocuparían una
de las cuevas de los
gusanos.
La mujer caminó
hacia él y acarició
su pecho dulcemente.
Pero él se alejó de
inmediato, abrió la
puerta y se perdió
en la tormenta de
arena, que comenzaba
ya a amainar.
Eliska pataleó
molesta sabiendo que
seducirle le iba a
costar mucho más de
lo que pensaba. Con
un largo suspiro se
adentró en el pueblo
y recorrió el lugar
examinando cada una
de las cabañas junto
al Dra’hi, el cual
deseaba encontrar en
una de ellas a
Kirsten.
La inspección
transcurrió lenta y
sin novedad. Kun, en
varias ocasiones,
intentó viajar hasta
Kirsty o hasta su
hermano, pero parte
de su poder había
sido sellado por las
malas artes del
inmortal y,
frustrado, golpeó la
dura pared de una
cabaña.
La tormenta había
cesado y la
oscuridad daba paso
a una claridad
bochornosa y gris
que les hacía más
fácil el camino. Los
pensamientos
atormentaban a Kun
imaginando que
Kirsten podía estar
muerta cuando una
señal luminosa
alcanzó las ruinas.
Las primeras luces
bendecían las dunas
del desierto después
de la fuerte
tormenta que había
azotado aquellas
tierras.
Kirsten y Lizard
caminaban en
dirección al
estanque. Este había
insistido en darse
un baño y aprovechar
para llenar los
odres de agua
necesarios para el
largo viaje por el
desierto.
Kirsten no estaba de
acuerdo en volver al
estanque, pero el
hombre le había
asegurado que el
espíritu de la mujer
nunca hacía acto de
presencia durante el
día, así que le
siguió.
—¡Date prisa,
Lizard! —exigió—.
Eres un inoportuno.
—¡Sí! —respondió el
hombre, exasperado
por su impaciencia.
Kirsten permaneció
sentada en un roca,
dándole la espalda,
escuchando cómo se
daba un baño, hasta
que un fuerte
graznido rompió la
tranquilidad del
momento. Varios
cuervos negros
volaban por encima
de su cabeza.
Se puso en pie y
ascendió por unas
rocas que parecían
formar escaleras.
Desde allí observó
los alrededores. El
desierto se extendía
hasta donde
alcanzaba la vista y
podía ver la salida
del poblado en
ruinas. Las examinó
detenidamente
buscando alguna
prenda que destacara
entre la arena, pero
no vio nada y volvió
a fijar la mirada en
los cuervos. Estaban
a unos metros,
sobrevolando unas
rocas sobre las que
había uno de enorme
tamaño. Su pico
amarillo resaltaba
en la negrura de su
plumaje y sus ojos
eran tan rojos y
ardientes como
llamas.
El cuervo agitó las
alas con energía y
giró alrededor de
Kirsty, quien ni se
inmutó por tan
extraño
comportamiento.
Lizard había acabado
de bañarse y se
estaba vistiendo. En
su puño tenía un
broche en forma de
tigre; recordaba el
día en el que se lo
había entregado
Nadine, poco antes
de que pasaran la
noche juntos. Ella,
hasta ese día,
siempre había
llevado el aquel
broche sobre su
capa, pero después
de lo sucedido entre
ambos se lo regaló.
Las tigresas no
podían regalar
obsequios a ningún
hombre, eso
significaría que
había sentimientos
de por medio y para
lo único que le
interesaban a las
amazonas los hombres
era para la
procreación.
Sabiendo lo mucho
que significaba el
presente, lo aceptó,
incapaz de negárselo
a aquellos rubíes
que parecían
estallar en lágrimas
esperando su
respuesta.
Suspiró, se puso el
broche en su capa y
colgó el zurrón a la
espalda. Fue
entonces cuando
sintió que el aire
no le llegaba a los
pulmones, una
sensación que,
desgraciadamente, le
resultaba muy
conocida.
Cuando él y su amigo
Daksha habían
irrumpido en
Serguilia cayeron en
unos terrenos
pantanosos de
Dientes de León. Su
agonía en aquellas
tierras fue
indescriptible y de
no haber sido por la
pólvora que su amigo
cargaba nunca se
hubieran librado de
los hombres del
demonio que se
consumía en los
terrenos del
inmortal. Sin
embargo, el dolor
que atravesaba ahora
su cuerpo era mucho
más intenso. Sus
extremidades
comenzaban a
agarrotarse. Observó
sus manos, que no
dejaban de temblar,
pero lo que más le
inquietó fue ver
cómo sus venas se
teñían de negro.
Alzó la mirada en
dirección a Kirsten
y luego a su
alrededor. La tierra
comenzaba también a
volverse negra: el
demonio estaba
cerca.
—¡Maldita sea,
Kirsten, baja de ahí
de inmediato!
LUCÍA GLEZ. LAVADO,
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