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Hijos del dragón II
Las armas sagradas

Hijos del dragón
II. Las armas
sagradas
Lucía González
Lavado
Entrelíneas editores
1º Edición Abril
2006
Literatura
fantástica juvenil
Portada: Beatriz
González
Ilustraciones
interior: Marta
Prieto
2º edición en
preparación con
ilustraciones de
Beatriz González.
2008
Literatura
fantástica juvenil
Nº de capítulos: 30
Nº de páginas: 435
Sinopsis.
Los hijos del
dragón continúan la
lucha contra el
dominio del
inmortal. Tras la
derrota de los
guerreros zainex en
el pasado, las armas
sagradas, que
arrebataron parte
del poder de
Juraknar, quedaron
repartidas por
Meira, protegidas
por un fuego azul.
Solo las personas
elegidas para
empuñarlas podrán
hacer uso de su
magia. Tres torres
surgieron también
con la muerte de
estos guerreros,
situadas en
Draguilia, Lucilia y
Crysalia, que acogen
las esferas que
habrán de romper los
Dra´hi para librar a
la galaxia de las
sombras. El hallazgo
de la Lanza de la
Serenidad será
crucial en esta
misión. Sin embargo,
personajes
enigmáticos se
mueven entre los
protagonistas
ocultando su
verdadera identidad.
Quedan muchas
incógnitas por
desvelar.
Ingresa al resumen
de capítulos
(pronto)
HIJOS DEL DRAGÓN.
LAS ARMAS SAGRADAS
LUCÍA GLEZ. LAVADO
La vida es un
precioso tesoro que
no debe malgastarse.
Hay que vivir cada
día como si fuera el
último, sin que
finalice llegando a
arrepentirte por no
haber llevado a cabo
tus deseos, porque
puede que el mañana
nunca llegue.
(Proverbio
meiriliano)
Yun Li (420-443) y
Xiu Wang (422-443).
Ambos, amantes.
Debido a los
enfrentamientos de
las ciudades de Yue
y Ri, ambas en
Draguilia, dieron
muerte a su amor
lazándose por un
acantilado.
Prólogo
Los rayos de los dos
soles bendecían las
tierras de Aquilia,
y en especial, unos
terrenos áridos y
negros donde
irrumpía un cráter
de vez en cuando,
algunos ocupados por
lava. Sobre tan
oscura tierra, donde
el calor era
asfixiante, se
elevaba una
construcción de
altura inimaginable
y extraña estructura
de metal. La
componían tres
torres, la del
centro más elevada,
seguida por la de la
izquierda, rematada
en punta. A lo largo
de toda la
superficie aparecían
ventanas circulares,
algunas sin
cristales, que
dejaban al
descubierto la
negrura de su
interior, y otras
con vidrieras
distintas de colores
variados, que le
proporcionaban un
aspecto menos
aterrador. Rojas,
amarillas, azules…
tenían, sin embargo,
algo en común: un
grabado en el centro
que representaba un
ojo peculiar, muy
abierto, que carecía
de iris o pupila; en
su interior se podía
ver un triángulo, en
cuyo centro se
distinguía la forma
de una cabeza con
dos cuernos. Era un
símbolo extraño, la
marca de alguien que
poseía un gran poder
sobre la mayoría de
los terrenos de
Aquilia. Nadie se
atrevía a nombrarlo,
ni siquiera el
inmortal; se
referían a la
persona que ocupaba
esas tierras
simplemente como él.
En el interior de
aquel edificio, el
ser temido incluso
por Juraknar reía a
carcajadas en la
última de las
estancias de la
torre más alta. Su
apariencia se
ocultaba bajo capas
negras; quedanban al
descubierto, sin
embargo, los dos
enormes cuernos que
sobresalían de su
cabeza. Sus jadeos
eran irregulares y
podrían parecer
fruto del miedo,
aunque quien lo
conociera sabía que
aquel ser no temía
nada. Realmente, se
debían a la
excitación.
La oscura y
empolvada cripta
albergaba un único
objeto, una esfera
suspendida en medio
de la nada, azul,
que desprendía tal
brillo que resultaba
irritante. Pero la
imagen que ocupaba
su interior le hacía
olvidar lo molesto
de la luz; solo le
importaba observar
al primogénito de
los Dra’hi, y allí
estaba su rostro.
Se conocía de
memoria la profecía.
«Una noche
cualquiera del año
del dragón, el cielo
oscuro se teñirá de
sangre y los cinco
planetas se
alinearán. A esta
clase de extraños
fenómenos se le
unirá que asomarán
en el cielo de toda
la galaxia las
cuatro lunas,
incluida La Oculta,
la temida, vista por
todos bajo un cielo
teñido de sangre. La
señal hará su
aparición con el año
del dragón y con
dicha señal un
dragón surcará los
cielos en busca de
los elegidos, los
protegidos, nacidos
en su año. Con su
garra bendecirá al
nacido y al
primogénito,
concediéndoles su
poder y su furia,
fuerza suficiente
para derrotar al
inmortal y cesar así
su reinado de
oscuridad. Los
elegidos con la
señal nacerán. Hijos
del dragón.
Temedlos, con ellos
el reinado del
inmortal llegara a
su fin.»
A él le era
indiferente el
destino del
inmortal, no le
hacía sombra, no le
importaba lo que
hiciera o lo que
fuera de él;
necesitaba al
Dra’hi, al
primogénito, pues
sin él estaría para
siempre encerrado en
aquella jaula
metálica. Con su
poder corriendo por
sus venas, el
reinado del inmortal
sería historia,
porque haría suyo
cada rincón de
Meira, cada piedra,
planta, animal o
engendro, y para
ello solo tenía que
esperar. Cuando el
Dra’hi pisara sus
terrenos, sus
hombres lo traerían
a su presencia y lo
usaría para el
ritual. Entonces él
sería reconocido
como quien realmente
era y el inmortal
pasaría de ser el
innombrable para
formar parte de la
historia, ya que en
toda Meira solo se
hablaría de un ser:
Asrhud-Unek
Pero hasta que
llegara el esperado
momento, se
conformaba con ser
mero espectador, un
espectador que no
apartaba sus ojos
del primogénito de
los Dra’hi, para
seguir de cerca sus
movimientos,
midiendo cada uno de
ellos, expectante
por verlo pisar
Aquilia.
1. Compañeros de
viaje
Pisaban suelo de
Lucilia. Las tierras
eran áridas, el
silencio inundaba
los alrededores y el
ambiente era tan
cargado que incluso
respirar les suponía
un esfuerzo. La
naturaleza se
mostraba mustia y
seca, los árboles
marchitos, y ninguno
de ellos sabía qué
les podía aguardar,
ni mucho menos si
alguien estaría al
acecho, aunque a
esto último parecía
evidente. Les
esperaban. Eran dos
hombres jóvenes. Uno
llevaba un arco;
tenía la piel
curtida, fríos e
inexpresivos ojos
negros y una larga
melena negra que
ondeaba al viento en
las alturas; sus
ropajes eran tan
negros como su
cabello y el único
color que sobresalía
en su atuendo era
una cinta roja que
rodeaba su frente.
Su compañero portaba
una espada, vestía
ropas claras y su
cabello rubio caía
desaliñado hasta sus
hombros. Su aspecto
no trasmitía
confianza, quizá por
su desaliñado
aspecto, la cicatriz
que cruzaba su ojo
derecho o la corta
barba que crecía en
su mentón. Ambos
esperaban subidos a
un árbol, con la
vista clavada en
ellos, los Dra’hi.
Lizard y Daksha
saltaron del árbol,
desenvainaron sus
respectivas espadas
y corrieron hacia
ellos.
Kun se alejó de
Kirsten, quien cayó
al suelo agotada por
el viaje y desde
allí contempló la
lucha. Los cuatro se
enfrentaban.
Kun detuvo el golpe
de su enemigo, y a
través de sus
espadas se miraron
fijamente. Su
cabello rubio
ondeaba debido a la
pesada brisa que
corría en Lucilia, y
su boca dibujaba una
mueca de
superioridad. Se
alejó de él de un
salto e incrustó su
arma en el suelo, su
fina y bien afilada
Agua. Esperó durante
un instante, sin
dejar en ningún
momento de mirar al
hombre, y una vez
listo la extrajo de
nuevo. Una fina capa
de hielo comenzó a
formarse por el
suelo hasta llegar a
concentrarse bajo
Lizard. Sus pies
comenzaron a
helarse, y el
hombre, alarmado,
volvió a saltar al
árbol. Desde allí
contempló la figura
del Dra’ hi. El
chico le acababa de
dar una lección.
Mientras, Xin miraba
a su oponente a los
ojos, tan negros y
profundos que
parecían engullirlo.
Su adversario era
mucho más alto que
él, pero no pensaba
dejarse intimidar
por ello. Empuñaba
el arco con frialdad
y destreza, con tres
flechas ya cargadas,
que pronto volaron
en su dirección.
Xin, con un rápido
ademán, las partió
en dos. Pero su
atacante ya había
desaparecido. Se
giró y lo encontró a
su espalda. Con
rapidez alzó su
espada, evitando así
el golpe que se le
avecinaba. A través
de sus aceros
intercambiaron una
mirada, pero
enseguida la de su
enemigo fue en
dirección a Kirsten
y este volvió a
desaparecer.
Xin corrió entonces
hacia Kirsty, quien
aún estaba en el
suelo, y al instante
el hombre apareció
tras ella. Por un
momento se cegó,
debido al brillo de
un afilado cuchillo
que amenazaba con
situarse bajo la
garganta de la
chica.
Entre tanto, Kun
corría hacia el
árbol, seco y
muerto, e incrustaba
su espada en el
tronco. La corteza
comenzó a teñirse de
un brillante azul,
hasta que se heló
por completo y
Lizard volvió a
saltar al suelo,
desde donde miró al
Dra’hi.
La hoja del cuchillo
de su compañero
brillaba con
intensidad bajo un
cielo cubierto de
espesas nubes.
Xin sabía que
Kirsten no había
reparado en la
amenaza que se
cernía sobre ella,
ni tampoco su
hermano. Por ello
incrustó con fuerza
la espada en el
suelo, haciendo que
una grieta se
abriera en la
superficie y una
corriente de aire
irrumpiera de ella,
haciendo que Daksha
cayera hacia atrás.
Extrajo su espada,
corrió hacia
Kirsten, le rodeó la
cintura y la puso en
pie sin dejar de
observar a Daksha.
El hombre, desde el
suelo, miró a los
jóvenes y, sin decir
palabra, ante el
desconcierto de
Kirsty y Xin, dejó
el arco, el cuchillo
y la espada a sus
pies.
Lizard saltó dando
una voltereta y
evitando así el
siguiente ataque del
Dra’hi. Desde una
prudente distancia
lanzó un estrepitoso
silbido, captando la
atención de su
amigo. Ambos
comprendían que
enfrentarse a los
Dra’hi había sido un
gran error.
El comportamiento
del hombre aún
desconcertaba a Xin,
quien aguardaba con
Kirsten protegida a
su derecha y con la
mirada fija en el
hombre.
—¿Por qué bajas las
armas?
—Por favor, pide a
tu hermano que baje
la suya y deje de
enfrentarse a mi
amigo. Hablemos, no
queremos haceros
daño.
Xin asintió, aunque
no confiaba en aquel
hombre, y con
Kirsten pegada a él,
caminó en dirección
a su hermano. Le
daba la espalda y
estaba a punto de
matar al hombre, por
lo cual dejó a la
chica sola y se
situó justo detrás
de Kun.
Este se disponía a
matar a su enemigo,
que yacía en suelo,
incapaz de moverse,
cuando sintió a su
hermano tras él y
escuchó sus
palabras. Decían que
no deseaban hacerles
daño, pero aun así
no se fiaba; ¿porqué
les habían atacado
si se suponían que
eran amigos?
Se giró y caminó
hacia Kirsten, quien
le esperaba a solo
unos metros, pálida;
sus piernas
amenazaban con dejar
de sostenerla. Le
cogió la mano,
cubrió su rostro con
la capucha y se
dirigió a sus
supuestos amigos.
—¿Quiénes sois?
—Somos Lizard y
Daksha. Sentimos
este pequeño ataque,
pero nadie ha
resultado herido
—dijo Lizard,
representando a
ambos—. Sabíamos que
vendríais y
queríamos comprobar
con nuestros propios
ojos que los famosos
Dra’hi no eran un
par de niños
consentidos.
—¿Y lo habéis
comprobado ya?
—interrumpió con
brusquedad Xin—.
Tenemos cosas que
hacer y estáis
haciendo que nos
demoremos. Aunque,
bien pensado,
podríais resultarnos
de ayuda. ¿Dónde nos
encontramos?
—En el Sendero de
Gwen —respondió
Lizard.
El Sendero de Gwen.
El nombre les
resultaba muy
familiar a ambos
hermanos, y Kun no
tardó en quitarse su
zurrón y extraer del
interior el mapa de
Lucilia, ante la
atenta mirada de su
hermano. Estaban
cerca de Flor de
Loto, muy cerca, y
esta cercanía al
castillo les hizo
sentirse aliviados.
—Tenemos que
continuar —concluyó
Kun—. Ha sido un
placer.
—¡Esperad! —gritó
Daksha. Ambos
jóvenes parecían
ansiosos por partir
y él no quería eso;
tenía que averiguar
todo lo que pudiera
sobre la chica que
viajaba con ellos,
quien hasta el
momento no había
abierto la boca y no
se separaba del
primogénito de los
Dra’hi—. Podemos
ayudar, conocemos
Lucilia como la
palma de nuestra
mano y os podemos
guiar por estas
tierras desconocidas
para vosotros.
Ambos hermanos se
miraron
desconfiados,
recordando las
palabras de Nad, el
famoso hijo del
tigre, quien había
vivido oculto hasta
hacía muy poco: «No
confiéis en nadie».
Nunca podrían saber
las intenciones de
ese par de jóvenes
tan extraños que, al
parecer, tenían
bastante interés en
Kirsty.
—Lo siento, nuestra
misión es
importante, no
queremos incluir a
nadie más, nos
guiaremos solos.
—Chico, eso no va a
ser tan fácil
—intervino Lizard—.
¿Adónde os dirigís
en primer lugar?
—A Flor de Loto
—contestó Xin.
—¡Flor de loto!
—exclamó Daksha—.
Fue atacada hace
días, solo quedan
escombros.
—Lo sabemos —dijo
Xin con prisas—. Hay
alguien en su
interior y debemos
rescatarla.
—Bien, os ayudaremos
—respondió Daksha—.
Siempre supimos que
una de las chicas no
estaba muerta; aún
hay luz, Lucilia no
está todavía sumida
en las sombras.
—Os recomiendo que
aceptéis nuestra
ayuda —añadió Lizard
con desinterés,
dejándose caer en el
árbol helado—. Antes
de llegar a Flor de
Loto deberéis cruzar
los fosos. Si caéis
en su interior nunca
podréis volver a
salir; necesitáis a
alguien que os guíe
a través de ellos y
nosotros podemos
hacerlo. Los hemos
cruzado incontables
veces y hemos salido
indemnes. Además,
los ejércitos de
Juraknar…
Un agujero negro
apareció ante
Lizard, y este,
complacido,
desenvainó su espada
muy lentamente
saboreando el
momento. Ante la
mirada asombrada de
los jóvenes y de la
chica en la que
Daksha tenía tanto
interés, esperó a
ver asomar la cría
del dragón negro,
que se fue abriendo
paso poco a poco, y
de una sola estocada
la degolló, dejando
atónito a todo el
grupo, excepto a su
amigo, que hacía un
gesto negativo con
la cabeza.
—¡Muy bien, Lizard,
ya has impresionado
a los chicos! —dijo
con cierta ira en
sus palabras—. ¡No
lo hagas más!
—ordenó—. Un día te
cruzarás con uno
adulto y no vivirás
para contarlo.
—¡Ha sido
divertido!, ¿verdad
que sí? —se dirigió
a Kirsten, quien
permanecía
semioculta tras
Kun—. Nena, ¿te ha
comido la lengua el
gato?
—No, pero tú para
ser un hombre hecho
y derecho eres algo
estúpido. Podría
haber aparecido un
dragón adulto, o
incluso el inmortal.
Tenemos que pasar
desapercibidos,
tenemos cosas que
hacer y no lo
conseguiremos con un
ejército de
monstruos tras
nuestras espaldas.
—La niña tiene
genio. Mi amigo y yo
nos hemos
presentado. Somos
gente humilde, que
lucha por huir del
inmortal, pero aún
no sabemos quién
eres tú y qué haces
con los Dra’hi.
—Eso no os importa
—se apresuró a
responder Kun—. Ella
viaja con nosotros;
somos Kun y Xin, y
ella es Kirsten.
—Tenemos mucha prisa
—interrumpió Xin con
el ceño fruncido—.
Si podéis guiarnos
para no perecer por
el camino, perfecto;
pero, por favor,
apresuraos, puede
que ella no aguante
más.
—Muy bien. Quizá
estaría bien que
antes nos hiciésemos
con un par de
caballos para los
Dra’hi —propuso
Lizard—. La chica
puede montar con uno
de vosotros. Pero
necesito dinero para
conseguirlos.
Los hermanos se
miraron, no muy
convencidos. No
querían confiar en
ellos, pero admitían
que no conocían nada
de aquellas tierras
secas que hasta el
momento parecían
desiertas. Por ello
no les quedaba otra
opción que ponerse
en sus manos.
Kun volvió a buscar
en su zurrón y lanzó
una bolsa con
monedas a Lizard.
—¡Consigue dos
caballos! —ordenó—.
Pero tu amigo se
queda aquí.
—¡Qué desconfiados
son los Dra’hi! No
tardaré.
Lo vieron dirigirse
hacia un árbol donde
tenían amarrados sus
caballos, para al
instante galopar en
dirección sur, hasta
que se perdió de
vista tras una
llanura.
Kun se giró hacia
Kirsten, buscó sus
manos entre la capa
y la miró fijamente.
Sentía desconfianza
hacia los dos
hombres, y en
especial hacia el de
cabellera rubia,
quizá porque hasta
el momento parecía
el más violento.
—¿Estás mejor?
—Estoy bien, pero
esos hombres… No
confío en ellos.
Deberíamos
largarnos.
—Tranquila, Kirsty;
no confiamos mucho
en ellos, pero puede
que nos sean de
ayuda. Tú intenta
mantenerte callada y
no digas nada sobre
el fuego —añadió Xin
en susurros al ver
que Daksha se les
acercaba.
Por insistencia suya
tomaron asiento en
el suelo y
encendieron el
fuego; en unas horas
la noche habría
caído y no podrían
seguir. Pero según
el mapa no estaban
lejos de Flor de
Loto; pronto se
encontraría con
Niara y la sacaría
de allí.
—¿Qué tal la vida en
la Tierra? —dijo
Daksha intentando
romper la fuerte
tensión que les
rodeaba—. ¿Tú
también eres de
allí? —preguntó a
Kirsten.
—La vida, bien. Y
sí, ella también es
de allí —respondió
Kun.
—Parece que la
proteges mucho, por
lo que supongo que
no es tan normal
como parece. Además,
aún no me habéis
explicado por qué
una chica que
proviene de la
Tierra habla el
meirilia.
Daksha sonrió al ver
el desconcierto en
la mirada de los
tres jóvenes, que se
quedaron sin
palabras para
explicar algo tan
obvio. Satisfecho
por haber conseguido
turbarlos, se puso
en pie y se acercó a
la llanura, donde
esperó hasta que vio
aparecer a Lizard
con dos caballos.
Al parecer, su amigo
había sido bastante
rápido. Sabía que
estaría furioso.
Habían hecho un
trato, y él había
encontrado en el
Sendero de Gwen lo
que buscaba; por
ello, Lizard, no
tenía otra opción
que seguirlo sin
rechistar, algo que
sabía que le
enfurecería, ya que
él ansiaba viajar a
Crysalia a través de
la aurora boreal
para volver a
encontrarse con su
querida Francis, una
mujer rubia y
atractiva dueña de
un estrafalario
burdel que a su
amigo le volvía
loco.
Miró a los jóvenes,
que permanecían en
silencio, y a
Lizard, que se
detuvo ante él. Tomó
las riendas de los
caballos mientras
contemplaba los dos
zurrones con los que
se había hecho su
amigo y las
provisiones que
había comprado para
el viaje.
—¿Qué ha ocurrido en
mi ausencia? —le
preguntó Lizard.
—No han sabido darme
una explicación de
por qué la chica
habla meirilia.
—¿Tú qué crees?
—Está claro que
pertenece a la
galaxia de Meira, y
pronto averiguaremos
a qué lugar. Ellos
saben algo que no
quieren que
trascienda, y ella
nos mira con temor;
además, se aferra
con fuerza a los
hermanos. Supongo
que será importante,
si ha venido con
ellos.
Tomaron asiento en
el suelo y
encendieron un
pequeño fuego ante
ellos. Daksha, dejó
caer unos polvos
azules en él y las
llamas crecieron y
comenzaron a bailar
sinuosamente hasta
que formaron la
imagen de un planeta
que no tardaron en
reconocer por sus
aguas negras y su
aspecto triste y
lúgubre: Serguilia.
Ambos se miraron
sorprendidos. Nunca
hubieran pensado que
ella perteneciera a
Serguilia, un lugar
tan duro para una
joven que parecía
derrumbarse por los
efectos que le
producían sus
extraños viajes.
Ahora sabían que
aquellos chicos
ocultaban más de lo
que ellos creían.
Volvieron a su lado
y les ofrecieron los
caballos.
Kun ayudó a Kirsten
a subir por delante
de él y cuando todos
estaban listos
emprendieron el
viaje en dirección
sur, siguiendo a los
dos hombres y sin
bajar la guardia en
ningún momento.
Sabían que el
inmortal habría
puesto precio a sus
cabezas y los dos
desconocidos podían
estarles tendiendo
una trampa, o
dirigiéndolos hacia
un hervidero de
monstruos del que no
saldrían. A pesar de
que contaban con sus
poderes y sus
espadas Viento y
Agua para hacer
frente a quienes se
cruzaran en su
camino, preferían
ser cautelosos.
Reinaba la oscuridad
y no les quedó otra
opción que hacer una
parada. Al menos
estaban de acuerdo
en algo con sus
nuevos compañeros de
viaje: la noche era
muy peligrosa para
viajar, por lo que
debían hacer un
alto, y lo harían en
un bosque llamado
Iranlud, que
significaba
«maldito» y era
protector de Flor de
Loto. Según la
historia, muy pocos
salían con vida de
él, y solo por deseo
de la dama de luz de
Flor de Loto, quien
tenía el don de
controlar la
naturaleza, de
hablar con ella.
Pero sabían que de
las cinco damas solo
Niara seguía con
vida; la dama de la
luz había perecido,
por lo que el bosque
solo era eso,
bosque.
Encendieron el
fuego, y los cinco
comieron en
silencio, tan solo
escuchando los
extraños ruidos de
la noche, algunos,
según Daksha y
Lizard, producidos
por dragones en
busca de presas que,
debido a la cercanía
de Flor de Loto
vagaban también por
los alrededores
buscando posibles
amenazas para el
inmortal. Pero
Lizard aseguraba que
con él allí no
tenían nada que
temer, pues era un
experto en cazar
dragones, incluso
estaba pensando en
hacer de ello su
profesión. Cazador
de dragones: estaba
seguro de que las
mujeres caerían
rendidas en sus
brazos cuando lo
supieran.
Kirsten ocultó su
rostro en el pecho
de Kun, intentando
así acallar las
palabras de tan
excéntrico
personaje; deslizó
los brazos alrededor
de su cintura y
cerró los ojos.
Tenía mucho calor y
quería dormir,
aunque no con la
nueva compañía, por
lo que pensaba que
era mejor no
separarse de Kun.
Este deslizó la mano
por su rostro e hizo
que le mirara; sus
ojos color avellana
con ligeros matices
de rojo se hallaban
rodeados de un
brillo triste, y
algunos mechones de
su cabello estaban
pegados a su pálida
frente. Los apartó
dulcemente, la ayudó
a ponerse en pie y,
tras apartarse del
grupo, se
escondieron detrás
de un árbol.
Iranlud era un
bosque triste, de
árboles altos,
rodeado de una
espesa niebla,
además de unos
extraños ruidos que
por momentos
conseguían
estremecerlos.
—Puedes ir a dormir,
estarás más cómoda.
—Pero…
—Yo los tendré
vigilados; además,
dentro de un rato
estaré durmiendo
junto a ti, y Xin
también velará por
tu bienestar, no
debes preocuparte de
nada. Espera aquí,
te dejaré algo para
dormir.
Volvió enseguida con
una cómoda sudadera
con cremallera, se
la entregó a Kirsten
y le dio la espalda
mientras ella se
cambiaba.
—No confío en ellos.
Por favor, no te
dejes embaucar por
sus palabras.
—No lo haré. Tampoco
yo confío en ellos,
pero de momento
podemos utilizarlos;
con cautela, pues
quizá nos lleven
hacia una trampa.
Por eso no debes
alejarte de mí en
ningún momento.
—Vale, ya está.
Salió de detrás el
árbol con su ropa de
viaje en la mano y
vistiendo la suave
sudadera. Tenía las
mejillas sonrosadas
y sus ojos brillaban
con intensidad. Se
pasó la mano por la
frente, apartando
algunos mechones y
notando el calor de
su piel.
—¿Estás bien?
Pareces agotada.
—Créeme, ya voy
acostumbrándome a
viajar de esa forma
tan rápida y
molesta, es solo que
tengo mucho calor.
Si me ocurriera algo
te lo diría; prometí
a Clay no ser
ninguna molestia.
Él quedó convencido,
la tomó de la mano y
ambos volvieron al
fuego. Dejó caer su
capa a una distancia
prudente y Kirsten
se tumbó,
cubriéndose con la
suya blanca, ante la
mirada de Daksha,
algo que a Kun le
ponía furioso. Se
quedó un rato con
ella, hasta que
sintió que respiraba
profundamente, y
volvió luego junto a
su hermano. Era el
momento de aclarar
las cosas.
—Muy bien, ahora
hablaremos claro.
¿Cómo sabíais que
veníamos? —preguntó
Kun.
—Puedo ver cosas en
el fuego —contestó
Daksha—. Os vi junto
a ella. Estoy seguro
de que no es normal,
de que ocultáis algo
de suma importancia.
Únicamente supe que
apareceríais en el
sendero porque el
fuego me lo mostró.
Veo que desconfías
de nosotros, pero os
ayudaremos. Hemos
sobrevivido durante
años a los ejércitos
del inmortal, y de
momento no
preguntaremos qué
hace una joven
aparentemente normal
viajando con los
famosos Dra’hi.
—Sois chicos listos
—intervino Lizard—.
Y hacéis bien en
desconfiar de
nosotros, pero
creednos, no os
vamos a hacer daño,
os ayudaremos en
todo momento;
queremos ser libres,
siempre hemos vivido
bajo las órdenes del
inmortal. Solo somos
dos, y no creo que
en Lucilia
encontréis a más
gente dispuesta a
ayudar. Los que han
conseguido ocultarse
prefieren seguir
haciéndolo, y os
aseguro que la
situación es peor en
el norte.
—¿Por qué? —quiso
saber Xin.
—Los ejércitos del
inmortal están allí,
y quizá oculten algo
que no sepamos.
—¡La torre!
—exclamó.
—¿Qué torre?
—preguntaron los
improvisados guías.
—No hace mucho que
hemos liberado
Draguilia —explicó
Kun—. Fuimos
enviados a una isla,
al sur; allí había
una torre negra y en
su interior una
esfera, que era la
que sumía en sombras
a Draguilia. Cuando
Xin la rompió, todo
desapareció,
quedándonos libres
de su dominio. Sus
hombres y monstruos
no tuvieron más
remedio que huir.
—Pues supongo que
protegerán la torre
—dijo Lizard
pensativo, a la vez
que se frotaba el
mentón—. Quizá sería
mejor ir hacia norte
en vez de al sur.
—No —replicó Xin—.
Debemos liberar a
Niara.
Los dos hombres le
miraron extrañados.
Así que la última de
las supervivientes
era la que no
hablaba, Niara, la
joven dama de
tierra.
—Niara no habla
—explicó Daksha—.
Nunca lo ha hecho,
aunque el servicio
del castillo
murmuraba que todas
las noches
escuchaban sus
gritos.
—Conmigo habló
—admitió Xin—. Se
puso en contacto
conmigo.
Daksha y Lizard se
encogieron de
hombros, sin
encontrar ninguna
respuesta a las
extrañas palabras
del joven Dra’hi.
Ellos habían
visitado el castillo
innumerables veces y
en muchas ocasiones
se habían encontrado
con Niara, pero
nunca les había
dirigido la palabra.
Se entendía con los
demás mediante el
lenguaje de los
gestos, que ninguno
de los dos
controlaba.
Además de lo
referente a Niara,
aún les quedaba un
asunto que tratar:
Kirsten.
—¿Qué nos decís de
Kirsten? —preguntó
Lizard—. Podéis
confiar en nosotros.
—No os vamos a decir
nada sobre ella
—replicó Xin—. Es
normal y nos
acompaña porque es
la chica de mi
hermano.
—¿Y ha asumido todo
este infierno con
naturalidad?
—preguntó Daksha.
—Es muy valiente
—dijo Kun, dando por
terminada la
conversación.
El murmullo de los
hombres se vio
interrumpido por un
agudo rugido, y
luego otro más que
despertó a Kirsten.
Desorientada, miró
en todas
direcciones, incluso
al fuego, donde vio
a los hombres
dirigiendo su
atención al interior
del bosque. Con las
piernas echó hacia
atrás la ropa que la
cubría y se puso en
pie. El frío era
estremecedor, la
noche silenciosa,
pero de vez en
cuando aquel fuerte
rugido rompía la
calma haciendo que
todo su cuerpo se
estremeciera.
Kirsty escudriñó
como ellos entre las
sombras y entonces
todos lo vieron. Al
principio solo dos
puntos rojos que
poco a poco se
fueron abriendo paso
entre la maleza
hasta aparecer en el
sendero. Pertenecían
a un cuerpo
encorvado cubierto
de un pelaje gris,
más fuerte en la
zona lumbar, donde
ofrecía el aspecto
de afiladas agujas.
Aquel ser se
sostenía tan solo
por sus dos
extremidades
delanteras, ya que
no poseía patas
traseras. Ambas eran
fuertes y peludas,
terminadas en
fuertes garras. La
parte inferior de su
cuerpo acababa en
una cola, larga, la
cual mostraba al
final una especie de
bola con tres
agujas.
Pronto más gorlhar
como él se fueron
abriendo paso en el
sendero hasta que
los cinco quedaron
rodeados.
Daksha cargó tres
flechas y las lanzó
contra los gorlhar,
pero estos eran más
rápidos y se
apartaron de la
dirección de las
flechas.
Lizard se adelantó a
todo el grupo,
cargando su espada,
y degolló a uno.
Pero los gorlhar, a
pesar de su aspecto
pesado, eran muy
hábiles, y uno de
ellos hirió a Lizard
en la espalda.
El grito del hombre
resonó en todo el
rellano, y pronto
sus ropajes claros
se cubrieron de
sangre.
Daksha miró
suplicante a los
Dra’hi, y estos, con
cierto reparo, se
adentraron en el
centro de la
batalla. Pronto el
ambiente se volvió
más frío y una
corriente de aire
comenzó a elevarse
haciendo que las
ramas de los árboles
se agitaran con
energía.
Daksha, sorprendido
por la magnitud del
poder de los Dra’hi,
retrocedió y aguardó
junto a Kirsten, a
quien no parecía
impresionarle el
poder de sus
compañeros.
En el rellano,
Lizard permanecía
agazapado, mientras
Kun y Xin movían con
destreza sus armas.
El acero silbaba, y
su tranquilizador
sonido tan solo era
interrumpido por el
grito de las fieras
al ser degolladas o
congeladas.
De pronto un fuerte
rugido se oyó detrás
de Kirsten y Daksha.
Fue tan intenso que
incluso sintieron el
caliente aliento de
los gorlhar. Se
giraron y se vieron
bajo la sombra
producida por el
inmenso cuerpo de
uno de aquellos
horribles seres.
Daksha lanzó al
suelo a Kirsten para
evitar que los
despedazara y ambos
esperaron
agazapados; pero la
bestia ya se había
girado y estudiaba a
sus enemigos.
—¡Ponte a salvo!
—exclamó Daksha, y
lo último que vio
Kirsten fue el
brillo de su espada.
El llano volvió a
llenarse de rugidos,
frío y el conocido
olor a sangre. La
chica, siguiendo las
indicaciones de
Daksha, se puso a
salvo adentrándose
en el bosque.
Xin incrustó su arma
en la yugular del
ser, que le empapó
con su sangre, y la
giró luego, haciendo
inevitable que el
ser muriera
desangrado. La
bestia cayó
desplomada a sus
pies, pero aun así
sus colmillos y
garras estaban
sedientos de sangre
y el chico hubo de
incrustar su espada
en la cabeza
acabando por fin con
su vida.
Con la manga de la
camisa se limpió la
sangre, que era
mucho más oscura que
la suya, además de
espesa, y miró
cuanto le rodeaba.
Lizard estaba a
salvo, acompañado de
su amigo, y su
hermano hacía frente
a dos gorlhar; uno
de ellos cayó al
instante con parte
de su pecho helado.
Pero por mucho que
buscó no encontró a
Kirsten.
—¡¿Dónde esta
Kirsty?!
Kun, al escuchar las
palabras de su
hermano, bajó su
espada y una de las
garras de un gorlhar
se incrustó en su
pecho arrancándole
un fuerte grito.
El grito de Kun
llegó hasta el
interior del bosque,
lugar donde esperaba
Kirsten, que se
había refugiado en
el interior de un
árbol seco a la
espera de que las
cosas se calmaran.
Al escucharlo, se
vio incapaz de
aguardar escondida.
Con esfuerzo salió
del interior del
tronco, sin
percatarse de que un
gorlhar la esperaba.
Las garras de la
bestia se movieron
con rapidez, pero
Kirsten las evitó
agachándose, y
aprovechando que
estaban incrustadas
en la corteza del
tronco, echó a
correr. Las débiles
ramas se enredaban
en sus ropas
dificultando su
carrera. Se detuvo
en un rellano. Había
dejado de oír las
voces de Kun y de
Xin, y también la de
los hombres. Pronto
en medio del
silencio surgió un
fuerte rugido y
cuando se dio la
vuelta se vio
rodeada por el
fuerte cuerpo del
ser y los dos
cayeron tras un
terraplén semioculto
tras la maleza.
Xin incrustó su
espada en el suelo y
una fuerte corriente
de aire se fue
abriendo paso entre
la tierra, hasta que
explosionó bajo las
dos bestias que
amenazaban a su
hermano y estas
salieron despedidas.
Corrió hacia Kun y
se sentó frente a
él, mientras Daksha
y Lizard se
aseguraban de que
los gorlhar
estuvieran muertos.
—¡No dejas de
sangrar!
—¿Dónde está
Kirsten?
—No lo sé, tengo que
hacer algo.
—¡Aparta! —pidió
Daksha, y tomó
asiento frente a
Kun. Le quitó la
camisa y apreció el
estado de la
herida—. ¡Es grave!
Puede que lo que voy
a hacer a
continuación sea
doloroso.
—¿Dónde está…
Kirsten? —preguntó
con la voz
entrecortada,
incapaz de aguantar
el dolor que
atravesaba su pecho.
—Le pedí que se
resguardara, que se
alejará de la
batalla. Estará a
salvo en el interior
del bosque.
Estas palabras
tranquilizaron a
Kun, que echó la
cabeza hacia atrás,
fijando la mirada en
las estrellas. De
pronto el dolor que
sintió fue
insoportable. Daksha
había untado los
dedos en unos polvos
rojos y con este
ungüento los
introdujo en el
interior de la
herida.
Xin observó que una
costra roja
comenzaba a rodear
la llaga y miró a la
cara a su hermano,
quien, incapaz de
aguantar el dolor,
cayó desplomado al
suelo.
—¡Para! —ordenó a
Daksha—. ¡Vas a
matar a mi hermano!
—No va a ocurrir
nada de eso —le dijo
sin dejar de
examinar la herida—.
Ve por agua.
Así lo hizo Xin;
corrió hacia donde
estaban sus
pertenencias y una
vez de vuelta aplicó
parte del agua sobre
los labios de su
hermano. Daksha
vertió el resto
sobre la herida para
limpiarla, dejándola
cubierta de la
extraña costra roja.
A continuación le
vendó el pecho.
Kun no tardó en
despertar y con sus
manos temblorosas
tocó el vendaje que
cubría parte de su
torso. Sentía que le
quemaba, además de
no poder respirar.
—¿Ha vuelto Kirsten?
La respuesta
inesperada fue un
fuerte grito de
Kirsty proveniente
del interior del
bosque.
LUCÍA GLEZ. LAVADO, |