Hijos del dragón II Las armas sagradas

 

Hijos del dragón II. Las armas sagradas
Lucí­a González Lavado
Entrelíneas editores
1º Edición Abril 2006
Literatura fantástica juvenil
Portada: Beatriz González
Ilustraciones interior: Marta Prieto
2º edición en preparación con ilustraciones de Beatriz González. 2008
Literatura fantástica juvenil
Nº de capítulos: 30
Nº de páginas: 435
 

Sinopsis.
Los hijos del dragón continúan la lucha contra el dominio del inmortal. Tras la derrota de los guerreros zainex en el pasado, las armas sagradas, que arrebataron parte del poder de Juraknar, quedaron repartidas por Meira, protegidas por un fuego azul. Solo las personas elegidas para empuñarlas podrán hacer uso de su magia. Tres torres surgieron también con la muerte de estos guerreros, situadas en Draguilia, Lucilia y Crysalia, que acogen las esferas que habrán de romper los Dra´hi para librar a la galaxia de las sombras. El hallazgo de la Lanza de la Serenidad será crucial en esta misión. Sin embargo, personajes enigmáticos se mueven entre los protagonistas ocultando su verdadera identidad. Quedan muchas incógnitas por desvelar.

Ingresa al resumen de capítulos (pronto)


HIJOS DEL DRAGÓN. LAS ARMAS SAGRADAS
LUCÍA GLEZ. LAVADO

La vida es un precioso tesoro que no debe malgastarse. Hay que vivir cada día como si fuera el último, sin que finalice llegando a arrepentirte por no haber llevado a cabo tus deseos, porque puede que el mañana nunca llegue.
(Proverbio meiriliano)

Yun Li (420-443) y Xiu Wang (422-443). Ambos, amantes. Debido a los enfrentamientos de las ciudades de Yue y Ri, ambas en Draguilia, dieron muerte a su amor lazándose por un acantilado.

Prólogo
Los rayos de los dos soles bendecían las tierras de Aquilia, y en especial, unos terrenos áridos y negros donde irrumpía un cráter de vez en cuando, algunos ocupados por lava. Sobre tan oscura tierra, donde el calor era asfixiante, se elevaba una construcción de altura inimaginable y extraña estructura de metal. La componían tres torres, la del centro más elevada, seguida por la de la izquierda, rematada en punta. A lo largo de toda la superficie aparecían ventanas circulares, algunas sin cristales, que dejaban al descubierto la negrura de su interior, y otras con vidrieras distintas de colores variados, que le proporcionaban un aspecto menos aterrador. Rojas, amarillas, azules… tenían, sin embargo, algo en común: un grabado en el centro que representaba un ojo peculiar, muy abierto, que carecía de iris o pupila; en su interior se podía ver un triángulo, en cuyo centro se distinguía la forma de una cabeza con dos cuernos. Era un símbolo extraño, la marca de alguien que poseía un gran poder sobre la mayoría de los terrenos de Aquilia. Nadie se atrevía a nombrarlo, ni siquiera el inmortal; se referían a la persona que ocupaba esas tierras simplemente como él.
En el interior de aquel edificio, el ser temido incluso por Juraknar reía a carcajadas en la última de las estancias de la torre más alta. Su apariencia se ocultaba bajo capas negras; quedanban al descubierto, sin embargo, los dos enormes cuernos que sobresalían de su cabeza. Sus jadeos eran irregulares y podrían parecer fruto del miedo, aunque quien lo conociera sabía que aquel ser no temía nada. Realmente, se debían a la excitación.
La oscura y empolvada cripta albergaba un único objeto, una esfera suspendida en medio de la nada, azul, que desprendía tal brillo que resultaba irritante. Pero la imagen que ocupaba su interior le hacía olvidar lo molesto de la luz; solo le importaba observar al primogénito de los Dra’hi, y allí estaba su rostro.
Se conocía de memoria la profecía.

«Una noche cualquiera del año del dragón, el cielo oscuro se teñirá de sangre y los cinco planetas se alinearán. A esta clase de extraños fenómenos se le unirá que asomarán en el cielo de toda la galaxia las cuatro lunas, incluida La Oculta, la temida, vista por todos bajo un cielo teñido de sangre. La señal hará su aparición con el año del dragón y con dicha señal un dragón surcará los cielos en busca de los elegidos, los protegidos, nacidos en su año. Con su garra bendecirá al nacido y al primogénito, concediéndoles su poder y su furia, fuerza suficiente para derrotar al inmortal y cesar así su reinado de oscuridad. Los elegidos con la señal nacerán. Hijos del dragón. Temedlos, con ellos el reinado del inmortal llegara a su fin.»

A él le era indiferente el destino del inmortal, no le hacía sombra, no le importaba lo que hiciera o lo que fuera de él; necesitaba al Dra’hi, al primogénito, pues sin él estaría para siempre encerrado en aquella jaula metálica. Con su poder corriendo por sus venas, el reinado del inmortal sería historia, porque haría suyo cada rincón de Meira, cada piedra, planta, animal o engendro, y para ello solo tenía que esperar. Cuando el Dra’hi pisara sus terrenos, sus hombres lo traerían a su presencia y lo usaría para el ritual. Entonces él sería reconocido como quien realmente era y el inmortal pasaría de ser el innombrable para formar parte de la historia, ya que en toda Meira solo se hablaría de un ser: Asrhud-Unek
Pero hasta que llegara el esperado momento, se conformaba con ser mero espectador, un espectador que no apartaba sus ojos del primogénito de los Dra’hi, para seguir de cerca sus movimientos, midiendo cada uno de ellos, expectante por verlo pisar Aquilia.

1. Compañeros de viaje

Pisaban suelo de Lucilia. Las tierras eran áridas, el silencio inundaba los alrededores y el ambiente era tan cargado que incluso respirar les suponía un esfuerzo. La naturaleza se mostraba mustia y seca, los árboles marchitos, y ninguno de ellos sabía qué les podía aguardar, ni mucho menos si alguien estaría al acecho, aunque a esto último parecía evidente. Les esperaban. Eran dos hombres jóvenes. Uno llevaba un arco; tenía la piel curtida, fríos e inexpresivos ojos negros y una larga melena negra que ondeaba al viento en las alturas; sus ropajes eran tan negros como su cabello y el único color que sobresalía en su atuendo era una cinta roja que rodeaba su frente. Su compañero portaba una espada, vestía ropas claras y su cabello rubio caía desaliñado hasta sus hombros. Su aspecto no trasmitía confianza, quizá por su desaliñado aspecto, la cicatriz que cruzaba su ojo derecho o la corta barba que crecía en su mentón. Ambos esperaban subidos a un árbol, con la vista clavada en ellos, los Dra’hi.
Lizard y Daksha saltaron del árbol, desenvainaron sus respectivas espadas y corrieron hacia ellos.
Kun se alejó de Kirsten, quien cayó al suelo agotada por el viaje y desde allí contempló la lucha. Los cuatro se enfrentaban.
Kun detuvo el golpe de su enemigo, y a través de sus espadas se miraron fijamente. Su cabello rubio ondeaba debido a la pesada brisa que corría en Lucilia, y su boca dibujaba una mueca de superioridad. Se alejó de él de un salto e incrustó su arma en el suelo, su fina y bien afilada Agua. Esperó durante un instante, sin dejar en ningún momento de mirar al hombre, y una vez listo la extrajo de nuevo. Una fina capa de hielo comenzó a formarse por el suelo hasta llegar a concentrarse bajo Lizard. Sus pies comenzaron a helarse, y el hombre, alarmado, volvió a saltar al árbol. Desde allí contempló la figura del Dra’ hi. El chico le acababa de dar una lección.
Mientras, Xin miraba a su oponente a los ojos, tan negros y profundos que parecían engullirlo. Su adversario era mucho más alto que él, pero no pensaba dejarse intimidar por ello. Empuñaba el arco con frialdad y destreza, con tres flechas ya cargadas, que pronto volaron en su dirección. Xin, con un rápido ademán, las partió en dos. Pero su atacante ya había desaparecido. Se giró y lo encontró a su espalda. Con rapidez alzó su espada, evitando así el golpe que se le avecinaba. A través de sus aceros intercambiaron una mirada, pero enseguida la de su enemigo fue en dirección a Kirsten y este volvió a desaparecer.
Xin corrió entonces hacia Kirsty, quien aún estaba en el suelo, y al instante el hombre apareció tras ella. Por un momento se cegó, debido al brillo de un afilado cuchillo que amenazaba con situarse bajo la garganta de la chica.
Entre tanto, Kun corría hacia el árbol, seco y muerto, e incrustaba su espada en el tronco. La corteza comenzó a teñirse de un brillante azul, hasta que se heló por completo y Lizard volvió a saltar al suelo, desde donde miró al Dra’hi.
La hoja del cuchillo de su compañero brillaba con intensidad bajo un cielo cubierto de espesas nubes.
Xin sabía que Kirsten no había reparado en la amenaza que se cernía sobre ella, ni tampoco su hermano. Por ello incrustó con fuerza la espada en el suelo, haciendo que una grieta se abriera en la superficie y una corriente de aire irrumpiera de ella, haciendo que Daksha cayera hacia atrás. Extrajo su espada, corrió hacia Kirsten, le rodeó la cintura y la puso en pie sin dejar de observar a Daksha. El hombre, desde el suelo, miró a los jóvenes y, sin decir palabra, ante el desconcierto de Kirsty y Xin, dejó el arco, el cuchillo y la espada a sus pies.
Lizard saltó dando una voltereta y evitando así el siguiente ataque del Dra’hi. Desde una prudente distancia lanzó un estrepitoso silbido, captando la atención de su amigo. Ambos comprendían que enfrentarse a los Dra’hi había sido un gran error.
El comportamiento del hombre aún desconcertaba a Xin, quien aguardaba con Kirsten protegida a su derecha y con la mirada fija en el hombre.
—¿Por qué bajas las armas?
—Por favor, pide a tu hermano que baje la suya y deje de enfrentarse a mi amigo. Hablemos, no queremos haceros daño.
Xin asintió, aunque no confiaba en aquel hombre, y con Kirsten pegada a él, caminó en dirección a su hermano. Le daba la espalda y estaba a punto de matar al hombre, por lo cual dejó a la chica sola y se situó justo detrás de Kun.
Este se disponía a matar a su enemigo, que yacía en suelo, incapaz de moverse, cuando sintió a su hermano tras él y escuchó sus palabras. Decían que no deseaban hacerles daño, pero aun así no se fiaba; ¿porqué les habían atacado si se suponían que eran amigos?
Se giró y caminó hacia Kirsten, quien le esperaba a solo unos metros, pálida; sus piernas amenazaban con dejar de sostenerla. Le cogió la mano, cubrió su rostro con la capucha y se dirigió a sus supuestos amigos.
—¿Quiénes sois?
—Somos Lizard y Daksha. Sentimos este pequeño ataque, pero nadie ha resultado herido —dijo Lizard, representando a ambos—. Sabíamos que vendríais y queríamos comprobar con nuestros propios ojos que los famosos Dra’hi no eran un par de niños consentidos.
—¿Y lo habéis comprobado ya? —interrumpió con brusquedad Xin—. Tenemos cosas que hacer y estáis haciendo que nos demoremos. Aunque, bien pensado, podríais resultarnos de ayuda. ¿Dónde nos encontramos?
—En el Sendero de Gwen —respondió Lizard.
El Sendero de Gwen. El nombre les resultaba muy familiar a ambos hermanos, y Kun no tardó en quitarse su zurrón y extraer del interior el mapa de Lucilia, ante la atenta mirada de su hermano. Estaban cerca de Flor de Loto, muy cerca, y esta cercanía al castillo les hizo sentirse aliviados.
—Tenemos que continuar —concluyó Kun—. Ha sido un placer.
—¡Esperad! —gritó Daksha. Ambos jóvenes parecían ansiosos por partir y él no quería eso; tenía que averiguar todo lo que pudiera sobre la chica que viajaba con ellos, quien hasta el momento no había abierto la boca y no se separaba del primogénito de los Dra’hi—. Podemos ayudar, conocemos Lucilia como la palma de nuestra mano y os podemos guiar por estas tierras desconocidas para vosotros.
Ambos hermanos se miraron desconfiados, recordando las palabras de Nad, el famoso hijo del tigre, quien había vivido oculto hasta hacía muy poco: «No confiéis en nadie». Nunca podrían saber las intenciones de ese par de jóvenes tan extraños que, al parecer, tenían bastante interés en Kirsty.
—Lo siento, nuestra misión es importante, no queremos incluir a nadie más, nos guiaremos solos.
—Chico, eso no va a ser tan fácil —intervino Lizard—. ¿Adónde os dirigís en primer lugar?
—A Flor de Loto —contestó Xin.
—¡Flor de loto! —exclamó Daksha—. Fue atacada hace días, solo quedan escombros.
—Lo sabemos —dijo Xin con prisas—. Hay alguien en su interior y debemos rescatarla.
—Bien, os ayudaremos —respondió Daksha—. Siempre supimos que una de las chicas no estaba muerta; aún hay luz, Lucilia no está todavía sumida en las sombras.
—Os recomiendo que aceptéis nuestra ayuda —añadió Lizard con desinterés, dejándose caer en el árbol helado—. Antes de llegar a Flor de Loto deberéis cruzar los fosos. Si caéis en su interior nunca podréis volver a salir; necesitáis a alguien que os guíe a través de ellos y nosotros podemos hacerlo. Los hemos cruzado incontables veces y hemos salido indemnes. Además, los ejércitos de Juraknar…
Un agujero negro apareció ante Lizard, y este, complacido, desenvainó su espada muy lentamente saboreando el momento. Ante la mirada asombrada de los jóvenes y de la chica en la que Daksha tenía tanto interés, esperó a ver asomar la cría del dragón negro, que se fue abriendo paso poco a poco, y de una sola estocada la degolló, dejando atónito a todo el grupo, excepto a su amigo, que hacía un gesto negativo con la cabeza.
—¡Muy bien, Lizard, ya has impresionado a los chicos! —dijo con cierta ira en sus palabras—. ¡No lo hagas más! —ordenó—. Un día te cruzarás con uno adulto y no vivirás para contarlo.
—¡Ha sido divertido!, ¿verdad que sí? —se dirigió a Kirsten, quien permanecía semioculta tras Kun—. Nena, ¿te ha comido la lengua el gato?
—No, pero tú para ser un hombre hecho y derecho eres algo estúpido. Podría haber aparecido un dragón adulto, o incluso el inmortal. Tenemos que pasar desapercibidos, tenemos cosas que hacer y no lo conseguiremos con un ejército de monstruos tras nuestras espaldas.
—La niña tiene genio. Mi amigo y yo nos hemos presentado. Somos gente humilde, que lucha por huir del inmortal, pero aún no sabemos quién eres tú y qué haces con los Dra’hi.
—Eso no os importa —se apresuró a responder Kun—. Ella viaja con nosotros; somos Kun y Xin, y ella es Kirsten.
—Tenemos mucha prisa —interrumpió Xin con el ceño fruncido—. Si podéis guiarnos para no perecer por el camino, perfecto; pero, por favor, apresuraos, puede que ella no aguante más.
—Muy bien. Quizá estaría bien que antes nos hiciésemos con un par de caballos para los Dra’hi —propuso Lizard—. La chica puede montar con uno de vosotros. Pero necesito dinero para conseguirlos.
Los hermanos se miraron, no muy convencidos. No querían confiar en ellos, pero admitían que no conocían nada de aquellas tierras secas que hasta el momento parecían desiertas. Por ello no les quedaba otra opción que ponerse en sus manos.
Kun volvió a buscar en su zurrón y lanzó una bolsa con monedas a Lizard.
—¡Consigue dos caballos! —ordenó—. Pero tu amigo se queda aquí.
—¡Qué desconfiados son los Dra’hi! No tardaré.
Lo vieron dirigirse hacia un árbol donde tenían amarrados sus caballos, para al instante galopar en dirección sur, hasta que se perdió de vista tras una llanura.
Kun se giró hacia Kirsten, buscó sus manos entre la capa y la miró fijamente. Sentía desconfianza hacia los dos hombres, y en especial hacia el de cabellera rubia, quizá porque hasta el momento parecía el más violento.
—¿Estás mejor?
—Estoy bien, pero esos hombres… No confío en ellos. Deberíamos largarnos.
—Tranquila, Kirsty; no confiamos mucho en ellos, pero puede que nos sean de ayuda. Tú intenta mantenerte callada y no digas nada sobre el fuego —añadió Xin en susurros al ver que Daksha se les acercaba.
Por insistencia suya tomaron asiento en el suelo y encendieron el fuego; en unas horas la noche habría caído y no podrían seguir. Pero según el mapa no estaban lejos de Flor de Loto; pronto se encontraría con Niara y la sacaría de allí.
—¿Qué tal la vida en la Tierra? —dijo Daksha intentando romper la fuerte tensión que les rodeaba—. ¿Tú también eres de allí? —preguntó a Kirsten.
—La vida, bien. Y sí, ella también es de allí —respondió Kun.
—Parece que la proteges mucho, por lo que supongo que no es tan normal como parece. Además, aún no me habéis explicado por qué una chica que proviene de la Tierra habla el meirilia.
Daksha sonrió al ver el desconcierto en la mirada de los tres jóvenes, que se quedaron sin palabras para explicar algo tan obvio. Satisfecho por haber conseguido turbarlos, se puso en pie y se acercó a la llanura, donde esperó hasta que vio aparecer a Lizard con dos caballos.
Al parecer, su amigo había sido bastante rápido. Sabía que estaría furioso. Habían hecho un trato, y él había encontrado en el Sendero de Gwen lo que buscaba; por ello, Lizard, no tenía otra opción que seguirlo sin rechistar, algo que sabía que le enfurecería, ya que él ansiaba viajar a Crysalia a través de la aurora boreal para volver a encontrarse con su querida Francis, una mujer rubia y atractiva dueña de un estrafalario burdel que a su amigo le volvía loco.
Miró a los jóvenes, que permanecían en silencio, y a Lizard, que se detuvo ante él. Tomó las riendas de los caballos mientras contemplaba los dos zurrones con los que se había hecho su amigo y las provisiones que había comprado para el viaje.
—¿Qué ha ocurrido en mi ausencia? —le preguntó Lizard.
—No han sabido darme una explicación de por qué la chica habla meirilia.
—¿Tú qué crees?
—Está claro que pertenece a la galaxia de Meira, y pronto averiguaremos a qué lugar. Ellos saben algo que no quieren que trascienda, y ella nos mira con temor; además, se aferra con fuerza a los hermanos. Supongo que será importante, si ha venido con ellos.
Tomaron asiento en el suelo y encendieron un pequeño fuego ante ellos. Daksha, dejó caer unos polvos azules en él y las llamas crecieron y comenzaron a bailar sinuosamente hasta que formaron la imagen de un planeta que no tardaron en reconocer por sus aguas negras y su aspecto triste y lúgubre: Serguilia.
Ambos se miraron sorprendidos. Nunca hubieran pensado que ella perteneciera a Serguilia, un lugar tan duro para una joven que parecía derrumbarse por los efectos que le producían sus extraños viajes. Ahora sabían que aquellos chicos ocultaban más de lo que ellos creían.
Volvieron a su lado y les ofrecieron los caballos.
Kun ayudó a Kirsten a subir por delante de él y cuando todos estaban listos emprendieron el viaje en dirección sur, siguiendo a los dos hombres y sin bajar la guardia en ningún momento. Sabían que el inmortal habría puesto precio a sus cabezas y los dos desconocidos podían estarles tendiendo una trampa, o dirigiéndolos hacia un hervidero de monstruos del que no saldrían. A pesar de que contaban con sus poderes y sus espadas Viento y Agua para hacer frente a quienes se cruzaran en su camino, preferían ser cautelosos.
Reinaba la oscuridad y no les quedó otra opción que hacer una parada. Al menos estaban de acuerdo en algo con sus nuevos compañeros de viaje: la noche era muy peligrosa para viajar, por lo que debían hacer un alto, y lo harían en un bosque llamado Iranlud, que significaba «maldito» y era protector de Flor de Loto. Según la historia, muy pocos salían con vida de él, y solo por deseo de la dama de luz de Flor de Loto, quien tenía el don de controlar la naturaleza, de hablar con ella. Pero sabían que de las cinco damas solo Niara seguía con vida; la dama de la luz había perecido, por lo que el bosque solo era eso, bosque.
Encendieron el fuego, y los cinco comieron en silencio, tan solo escuchando los extraños ruidos de la noche, algunos, según Daksha y Lizard, producidos por dragones en busca de presas que, debido a la cercanía de Flor de Loto vagaban también por los alrededores buscando posibles amenazas para el inmortal. Pero Lizard aseguraba que con él allí no tenían nada que temer, pues era un experto en cazar dragones, incluso estaba pensando en hacer de ello su profesión. Cazador de dragones: estaba seguro de que las mujeres caerían rendidas en sus brazos cuando lo supieran.
Kirsten ocultó su rostro en el pecho de Kun, intentando así acallar las palabras de tan excéntrico personaje; deslizó los brazos alrededor de su cintura y cerró los ojos. Tenía mucho calor y quería dormir, aunque no con la nueva compañía, por lo que pensaba que era mejor no separarse de Kun. Este deslizó la mano por su rostro e hizo que le mirara; sus ojos color avellana con ligeros matices de rojo se hallaban rodeados de un brillo triste, y algunos mechones de su cabello estaban pegados a su pálida frente. Los apartó dulcemente, la ayudó a ponerse en pie y, tras apartarse del grupo, se escondieron detrás de un árbol.
Iranlud era un bosque triste, de árboles altos, rodeado de una espesa niebla, además de unos extraños ruidos que por momentos conseguían estremecerlos.
—Puedes ir a dormir, estarás más cómoda.
—Pero…
—Yo los tendré vigilados; además, dentro de un rato estaré durmiendo junto a ti, y Xin también velará por tu bienestar, no debes preocuparte de nada. Espera aquí, te dejaré algo para dormir.
Volvió enseguida con una cómoda sudadera con cremallera, se la entregó a Kirsten y le dio la espalda mientras ella se cambiaba.
—No confío en ellos. Por favor, no te dejes embaucar por sus palabras.
—No lo haré. Tampoco yo confío en ellos, pero de momento podemos utilizarlos; con cautela, pues quizá nos lleven hacia una trampa. Por eso no debes alejarte de mí en ningún momento.
—Vale, ya está.
Salió de detrás el árbol con su ropa de viaje en la mano y vistiendo la suave sudadera. Tenía las mejillas sonrosadas y sus ojos brillaban con intensidad. Se pasó la mano por la frente, apartando algunos mechones y notando el calor de su piel.
—¿Estás bien? Pareces agotada.
—Créeme, ya voy acostumbrándome a viajar de esa forma tan rápida y molesta, es solo que tengo mucho calor. Si me ocurriera algo te lo diría; prometí a Clay no ser ninguna molestia.
Él quedó convencido, la tomó de la mano y ambos volvieron al fuego. Dejó caer su capa a una distancia prudente y Kirsten se tumbó, cubriéndose con la suya blanca, ante la mirada de Daksha, algo que a Kun le ponía furioso. Se quedó un rato con ella, hasta que sintió que respiraba profundamente, y volvió luego junto a su hermano. Era el momento de aclarar las cosas.
—Muy bien, ahora hablaremos claro. ¿Cómo sabíais que veníamos? —preguntó Kun.
—Puedo ver cosas en el fuego —contestó Daksha—. Os vi junto a ella. Estoy seguro de que no es normal, de que ocultáis algo de suma importancia. Únicamente supe que apareceríais en el sendero porque el fuego me lo mostró. Veo que desconfías de nosotros, pero os ayudaremos. Hemos sobrevivido durante años a los ejércitos del inmortal, y de momento no preguntaremos qué hace una joven aparentemente normal viajando con los famosos Dra’hi.
—Sois chicos listos —intervino Lizard—. Y hacéis bien en desconfiar de nosotros, pero creednos, no os vamos a hacer daño, os ayudaremos en todo momento; queremos ser libres, siempre hemos vivido bajo las órdenes del inmortal. Solo somos dos, y no creo que en Lucilia encontréis a más gente dispuesta a ayudar. Los que han conseguido ocultarse prefieren seguir haciéndolo, y os aseguro que la situación es peor en el norte.
—¿Por qué? —quiso saber Xin.
—Los ejércitos del inmortal están allí, y quizá oculten algo que no sepamos.
—¡La torre! —exclamó.
—¿Qué torre? —preguntaron los improvisados guías.
—No hace mucho que hemos liberado Draguilia —explicó Kun—. Fuimos enviados a una isla, al sur; allí había una torre negra y en su interior una esfera, que era la que sumía en sombras a Draguilia. Cuando Xin la rompió, todo desapareció, quedándonos libres de su dominio. Sus hombres y monstruos no tuvieron más remedio que huir.
—Pues supongo que protegerán la torre —dijo Lizard pensativo, a la vez que se frotaba el mentón—. Quizá sería mejor ir hacia norte en vez de al sur.
—No —replicó Xin—. Debemos liberar a Niara.
Los dos hombres le miraron extrañados. Así que la última de las supervivientes era la que no hablaba, Niara, la joven dama de tierra.
—Niara no habla —explicó Daksha—. Nunca lo ha hecho, aunque el servicio del castillo murmuraba que todas las noches escuchaban sus gritos.
—Conmigo habló —admitió Xin—. Se puso en contacto conmigo.
Daksha y Lizard se encogieron de hombros, sin encontrar ninguna respuesta a las extrañas palabras del joven Dra’hi. Ellos habían visitado el castillo innumerables veces y en muchas ocasiones se habían encontrado con Niara, pero nunca les había dirigido la palabra. Se entendía con los demás mediante el lenguaje de los gestos, que ninguno de los dos controlaba.
Además de lo referente a Niara, aún les quedaba un asunto que tratar: Kirsten.
—¿Qué nos decís de Kirsten? —preguntó Lizard—. Podéis confiar en nosotros.
—No os vamos a decir nada sobre ella —replicó Xin—. Es normal y nos acompaña porque es la chica de mi hermano.
—¿Y ha asumido todo este infierno con naturalidad? —preguntó Daksha.
—Es muy valiente —dijo Kun, dando por terminada la conversación.
El murmullo de los hombres se vio interrumpido por un agudo rugido, y luego otro más que despertó a Kirsten. Desorientada, miró en todas direcciones, incluso al fuego, donde vio a los hombres dirigiendo su atención al interior del bosque. Con las piernas echó hacia atrás la ropa que la cubría y se puso en pie. El frío era estremecedor, la noche silenciosa, pero de vez en cuando aquel fuerte rugido rompía la calma haciendo que todo su cuerpo se estremeciera.
Kirsty escudriñó como ellos entre las sombras y entonces todos lo vieron. Al principio solo dos puntos rojos que poco a poco se fueron abriendo paso entre la maleza hasta aparecer en el sendero. Pertenecían a un cuerpo encorvado cubierto de un pelaje gris, más fuerte en la zona lumbar, donde ofrecía el aspecto de afiladas agujas. Aquel ser se sostenía tan solo por sus dos extremidades delanteras, ya que no poseía patas traseras. Ambas eran fuertes y peludas, terminadas en fuertes garras. La parte inferior de su cuerpo acababa en una cola, larga, la cual mostraba al final una especie de bola con tres agujas.
Pronto más gorlhar como él se fueron abriendo paso en el sendero hasta que los cinco quedaron rodeados.
Daksha cargó tres flechas y las lanzó contra los gorlhar, pero estos eran más rápidos y se apartaron de la dirección de las flechas.
Lizard se adelantó a todo el grupo, cargando su espada, y degolló a uno. Pero los gorlhar, a pesar de su aspecto pesado, eran muy hábiles, y uno de ellos hirió a Lizard en la espalda.
El grito del hombre resonó en todo el rellano, y pronto sus ropajes claros se cubrieron de sangre.
Daksha miró suplicante a los Dra’hi, y estos, con cierto reparo, se adentraron en el centro de la batalla. Pronto el ambiente se volvió más frío y una corriente de aire comenzó a elevarse haciendo que las ramas de los árboles se agitaran con energía.
Daksha, sorprendido por la magnitud del poder de los Dra’hi, retrocedió y aguardó junto a Kirsten, a quien no parecía impresionarle el poder de sus compañeros.
En el rellano, Lizard permanecía agazapado, mientras Kun y Xin movían con destreza sus armas. El acero silbaba, y su tranquilizador sonido tan solo era interrumpido por el grito de las fieras al ser degolladas o congeladas.
De pronto un fuerte rugido se oyó detrás de Kirsten y Daksha. Fue tan intenso que incluso sintieron el caliente aliento de los gorlhar. Se giraron y se vieron bajo la sombra producida por el inmenso cuerpo de uno de aquellos horribles seres. Daksha lanzó al suelo a Kirsten para evitar que los despedazara y ambos esperaron agazapados; pero la bestia ya se había girado y estudiaba a sus enemigos.
—¡Ponte a salvo! —exclamó Daksha, y lo último que vio Kirsten fue el brillo de su espada.
El llano volvió a llenarse de rugidos, frío y el conocido olor a sangre. La chica, siguiendo las indicaciones de Daksha, se puso a salvo adentrándose en el bosque.
Xin incrustó su arma en la yugular del ser, que le empapó con su sangre, y la giró luego, haciendo inevitable que el ser muriera desangrado. La bestia cayó desplomada a sus pies, pero aun así sus colmillos y garras estaban sedientos de sangre y el chico hubo de incrustar su espada en la cabeza acabando por fin con su vida.
Con la manga de la camisa se limpió la sangre, que era mucho más oscura que la suya, además de espesa, y miró cuanto le rodeaba. Lizard estaba a salvo, acompañado de su amigo, y su hermano hacía frente a dos gorlhar; uno de ellos cayó al instante con parte de su pecho helado.
Pero por mucho que buscó no encontró a Kirsten.
—¡¿Dónde esta Kirsty?!
Kun, al escuchar las palabras de su hermano, bajó su espada y una de las garras de un gorlhar se incrustó en su pecho arrancándole un fuerte grito.
El grito de Kun llegó hasta el interior del bosque, lugar donde esperaba Kirsten, que se había refugiado en el interior de un árbol seco a la espera de que las cosas se calmaran. Al escucharlo, se vio incapaz de aguardar escondida. Con esfuerzo salió del interior del tronco, sin percatarse de que un gorlhar la esperaba.
Las garras de la bestia se movieron con rapidez, pero Kirsten las evitó agachándose, y aprovechando que estaban incrustadas en la corteza del tronco, echó a correr. Las débiles ramas se enredaban en sus ropas dificultando su carrera. Se detuvo en un rellano. Había dejado de oír las voces de Kun y de Xin, y también la de los hombres. Pronto en medio del silencio surgió un fuerte rugido y cuando se dio la vuelta se vio rodeada por el fuerte cuerpo del ser y los dos cayeron tras un terraplén semioculto tras la maleza.
Xin incrustó su espada en el suelo y una fuerte corriente de aire se fue abriendo paso entre la tierra, hasta que explosionó bajo las dos bestias que amenazaban a su hermano y estas salieron despedidas. Corrió hacia Kun y se sentó frente a él, mientras Daksha y Lizard se aseguraban de que los gorlhar estuvieran muertos.
—¡No dejas de sangrar!
—¿Dónde está Kirsten?
—No lo sé, tengo que hacer algo.
—¡Aparta! —pidió Daksha, y tomó asiento frente a Kun. Le quitó la camisa y apreció el estado de la herida—. ¡Es grave! Puede que lo que voy a hacer a continuación sea doloroso.
—¿Dónde está… Kirsten? —preguntó con la voz entrecortada, incapaz de aguantar el dolor que atravesaba su pecho.
—Le pedí que se resguardara, que se alejará de la batalla. Estará a salvo en el interior del bosque.
Estas palabras tranquilizaron a Kun, que echó la cabeza hacia atrás, fijando la mirada en las estrellas. De pronto el dolor que sintió fue insoportable. Daksha había untado los dedos en unos polvos rojos y con este ungüento los introdujo en el interior de la herida.
Xin observó que una costra roja comenzaba a rodear la llaga y miró a la cara a su hermano, quien, incapaz de aguantar el dolor, cayó desplomado al suelo.
—¡Para! —ordenó a Daksha—. ¡Vas a matar a mi hermano!
—No va a ocurrir nada de eso —le dijo sin dejar de examinar la herida—. Ve por agua.
Así lo hizo Xin; corrió hacia donde estaban sus pertenencias y una vez de vuelta aplicó parte del agua sobre los labios de su hermano. Daksha vertió el resto sobre la herida para limpiarla, dejándola cubierta de la extraña costra roja. A continuación le vendó el pecho.
Kun no tardó en despertar y con sus manos temblorosas tocó el vendaje que cubría parte de su torso. Sentía que le quemaba, además de no poder respirar.
—¿Ha vuelto Kirsten?
La respuesta inesperada fue un fuerte grito de Kirsty proveniente del interior del bosque.

LUCÍA GLEZ. LAVADO,

 

 

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