Hijos del dragón I Revelación

 

Hijos del dragón I. Revelación.
Lucía González Lavado
Entrelíneas editores
1º Edición noviembre 2005
2º Edición enero 2006
Literatura fantástica juvenil
Portada e ilustraciones: Mercedes Rodrigo.
Número de capítulos: 24
Número de páginas:400

Sinopsis.
Juraknar, el inmortal, domina la galaxia de Meira, que ha sucumbido a las sombras. La profecía habla de dos niños nacidos durante el año del dragón, elegidos para derrotar al inmortal.
En el planeta Draguilia aparece al fin la señal: El cielo oscuro se tiñe de sangre y las cuatro lunas asoman, incluida La Oculta, para ser testigos de la presencia en el mundo de los elegidos.
Tras su largo aprendizaje en la Tierra, amparados por sus protectores, se disponen a hacer frente a Juraknar. Una cohorte de seres singulares les apoya. Los Ocultos les acechan y harán de enfrentarse a inimaginables peligros, pero la idea de un futuro de libertad para Meira les impulsa a continuar.

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HIJOS DEL DRAGÓN
REVELACIÓN
LUCÍA GONZÁLEZ LAVADO

Proverbio meiriliano.

Lo importante de uno mismo es lo que hace cada día por convertirse en una gran persona; lo importante son sus hechos, no sus raíces, ni lo que los que llevan su sangre hicieron. Lo importante son los hechos de cada uno y a donde estos nos llevan.

Xiang Chen Li (456-601): Ladrón, hijo de delincuentes, quien con sus poesías y sus consejos se ganó ser la mano derecha del elegido en Draguilia y poder dejar en el olvido su pasado, sus raíces, y empezar desde cero.
Prólogo
Buda, poco antes de morir, hizo llamar a todos los animales que pisaban la tierra, sin olvidar a ninguno; pero solo doce acudieron a su llamada. Unos, tan fieles como lo podía ser el perro, y otros tan odiados, como la serpiente, y así hasta un total de doce. Pero había uno que era diferente, especial, destacaba sobre todos los demás: el dragón.
Un ser fuerte, portador de ojos saltones, retorcidos cuernos, piel escamada y una larga y brillante melena que rodeaba parte de su cuerpo. Carecía de alas, pero no por ello era menos especial.
Muchos eran los que veneraban al dragón. Este era bien conocido por su inteligencia, sabiduría y bondad, aunque muchos eran también los rumores que hablaban sobre su furia, y hacían bien en creerlos, porque el dragón podía parecer un ser pacífico, pero si su furia se levantaba nadie escapaba de ella.
El universo era tan inmenso como desconocido para todos, con los cientos de galaxias que lo componían, galaxias con vida propia, ilusiones y guerras, como la de Meira, compuesta por cinco planetas, dos soles y cuatro lunas, aunque muchos no sabían si llamar a la cuarta luna de esa manera.
La galaxia de Meira era un lugar remoto y sombrío, maldito, habitado por las guerras. Tenía una luna llamada La Oculta de la que se decía que en realidad no era una luna, sino un planeta ocupado por seres llamados los ocultos, seres que se alimentaban de los desgraciados que se cruzaban en su camino o de los que no estaban protegidos cuando asaltaban los restantes planetas, hecho que solo sucedía cuando su luna ocupaba el oscuro cielo y con las restantes escondidas.
La casi tranquila existencia de la humanidad de Meira había llegado a su fin con el nacimiento de un niño: Juraknar.
De ojos violeta, señal de los inmortales, iba también marcado por el poderoso y temido dragón negro, que era parte de él. De este fue quien obtuvo el control sobre las bestias, además de un extraordinario poder. Aunque, incluso para un ser poderoso como él, había cosas que se escapaban a su control. Era hijo de una poderosa bruja negra que con sus propias manos y con sus hechizos derrotó al dragón negro, animal hasta entonces nunca vencido por la mano del hombre, y para celebrar su triunfo se bañó en su sangre, bendiciendo su victoria, y dos meses después, tan solo dos meses, dio a luz un niño, portador de la inmortalidad, quien, para su mala fortuna, se llevó su vida.
Durante siglos el inmortal fue educado por ambiciosos consejeros que le enseñaron a usar su extraordinario poder. Muchos fueron los que se revelaron a tal ser, muchos fueron los que odiaban las sombras y el manto gris que cubría los días, y entre ellos estaban los elegidos, cinco personas de cinco razas diferentes que encontraron el valor para hacer frente a Juraknar, pues era su misión mantener la paz en Meira.
Estos elegidos eran diferentes a cuantos existían en cada planeta de la galaxia de Meira. Poseían grandes habilidades y su objetivo era mantener el orden y luchar por la raza humana. Pero nada pudieron hacer contra Juraknar. El inmortal, a pesar de su corta edad y pobre experiencia, los venció en la batalla, quedando así toda Meira bajo su control.
Los dos soles dejaron de bendecir bosques y praderas por deseo del inmortal, quien detestaba el sol e incluso prohibió nombrarlo: quien osara hacerlo sufriría graves consecuencias; se rumoreaba que se vería engullido y desgarrado por un dragón negro que surgiría de la nada. Con el dominio del inmortal, muchos recuperaron el valor perdido y su valentía al nombrar al innombrable fue recompensado con la aparición del temido dragón negro, que les dio muerte con sus fuertes y despiadadas garras.
La humanidad se rebeló y, decididos a acabar con su reinado, se unieron y atacaron la fortaleza de Juraknar, aunque sin ningún éxito. Algunos llegaron a tocar al inmortal e incluso amputaron partes de su cuerpo, pero estas se regeneraron como si de una serpiente mudando la piel se tratara.
Se dio por vencida la humanidad y sucumbió a las sombras, aunque aun así había muchos que se aferraban con fuerza a una profecía que hablaba sobre un año muy especial: el año del dragón. Dicho año dos niños serían bendecidos por el fuerte y bondadoso dragón, el que carecía de alas y al que veneraban por su inteligencia y fortaleza. Su bondad era conocida, al igual que su furia si se despertaba. Los elegidos, los niños nacidos el año del dragón, tendrían la fortaleza suficiente para acabar con el inmortal y su tiempo de desolación, desgracias y pesares.
La profecía y La Oculta eran las dos cosas que más temía el inmortal. Era una luna sobre la que él, famoso inmortal, no tenía control, ni tan siquiera sobre lo que allí habitaba: seres que no lo temían y que incluso habían invadido sus aposentos en plena noche para tragarse su alma maldita, de los cuales consiguió librarse, sin salir impune de la batalla.
Cada noche que La Oculta asomaba a sus cielos, un fuerte y numeroso ejército vigilaba su fortaleza. Encontró la solución a un problema, pero no a la profecía; los años del dragón eran los más temidos y ansiaba su finalización y que con la primera luna entrara el nuevo año, el siguiente en la lista: el de la serpiente.
Durante años temió la profecía. Por consejo de sus sabios y ancianos consejeros, en un acto ruin y cobarde, dio muerte a cientos de mujeres encinta. La matanza era llevaba a cabo cada doce años, evitando que aquellos niños nacieran. Pero tal acción con el tiempo se le fue haciendo aburrida, y puesto que no disfrutaba, olvidó a las mujeres.
Como los años transcurrían y nunca vio nada del magnífico y supuesto poder, la profecía quedó oculta en un recóndito lugar de su oscura mente. La había leído incontables veces: los niños nacerían con una señal en el cielo. Una señal que él sabía que no se produciría en sus cielos, en sus dominios.

1. Hijos del dragón

«Una noche común y corriente del año del dragón, el cielo oscuro se teñirá de sangre y los cinco planetas se alinearán. A esta clase de extraños fenómenos se le unirá el que las cuatro lunas asomen en el cielo de toda la galaxia, incluida La Oculta, la temida, vista por todos bajo un cielo teñido de sangre. La señal hará su aparición con el año del dragón y con dicha señal un dragón surcará los cielos en busca de los elegidos, los protegidos, nacidos en su año. Con su garra bendecirá al nacido y al primogénito, concediéndoles su poder y su furia, fuerza suficiente para derrotar al inmortal y cesar así con su reinado de oscuridad. Los elegidos con la señal nacerán. Hijos del dragón. Temedlos, con ellos el reinado del inmortal llegara a su fin.»

El anciano cerró tembloroso el pergamino y miró a su señor, que permaneció impasible y aburrido ante sus palabras. El sabía que un hombre tan fuerte como su señor no podría temer dichas palabras. Se lo había repetido a lo largo de los últimos nueve meses, cuando cada noche se presentaba ante el trono y le leía una y otra vez los mismos párrafos. Pero aun así seguía impertérrito, haciendo que su figura se temiera más que nunca. Era alto, muy alto, y fuerte. Llevaba años entrenándose en toda clase de artes. Su pelo era rojo como el fuego, rojo como la sangre, como las mismísimas llamas del infierno. Caía liso y brillante sobre su espalda, sobre su armadura verde oscura. Una fina y roja barba bien recortada rodeaba su fuerte y prominente mentón y sus fuertes y carnosos labios; su nariz aguileña sobresalía en su rostro incluso más que sus pobladas cejas, bajo las cuales se encontraban dos brillantes ojos violeta, los ojos de un inmortal.
Los últimos cien años de su vida los había pasado el anciano junto a su señor, sirviéndolo, aconsejándolo y observando sus pasos desde el día en que le había visto nacer, y de eso ya hacía ciento cuarenta años. Sus ojos violeta eran la prueba más evidente de su condición. Muchos, entre ellos los elegidos, habían intentado matarlo, pero él, incluso siendo un niño, los hirió de gravedad, condenándolos a las sombras, y nunca más supieron de ellos.
Durante años había guiado sus pasos, aconsejándole sobre sus futuros movimientos y sobre el excepcional manejo de su poder. Con este podía hacer doblegar a los elegidos de las restantes galaxias y no conformase solo con Meira. Y así lo haría él, su señor, del que todos temían pronunciar su nombre, ya que si lo hacían serían castigados. Su poder era tal, que si alguien osaba nombrarlo sin su consentimiento, las bestias que obedecían sus órdenes inmediatamente lo sabrían y lo matarían.
Juraknar, el último de los inmortales, el cual había dejado de crecer cien años atrás, cuando alcanzó los 40 años de edad humana. Uno de los dones que, aun a pesar de los años, le sorprendía era el de comprender a bestias inhumanas; incluso con un simple chasquido de dedos caían todos a sus pies. Pero para disgusto del anciano consejero, su señor se había vuelto muy confiado, demasiado.
A lo largo de los años que había velado por él no había día del año del dragón que no se presentara, profecía en mano, y leyera detenidamente cada uno de sus párrafos para, entre ellos, buscar una solución. Podían anticiparse al futuro, entre sus manos tenían la solución para ello. Al principio temió su señor las palabras pronunciadas por sus débiles y ancianos labios, e incluso siguió sus consejos, pero poco a poco, conforme su imperio se fue expandiendo y su nombre se fue haciendo más temido, las fue olvidando y dejó de prestarle la atención que requerían.
La profecía se cumpliría, al igual que se cumplió la que anunciaba que de una mujer humana bañada en sangre de un dragón negro con raras escamas rojas nacería él, el inmortal, el niño portador de ojos violeta, señal de los inmortales, que había desaparecido siglos atrás en una gran guerra ancestral entre humanos e inmortales.
La guerra sería recordada por el enorme derramamiento de sangre producido, por la gran matanza ocasionada. Los humanos acabaron con los inmortales, una estirpe que había reinado en Meira durante siglos, pero pensar en aquella cruenta batalla aún producía escalofríos a los hombres. Fueron siglos de constantes luchas; las tierras fértiles desaparecieron debido al derramamiento de sangre, las lluvias dejaron de caer, privando de su bendición a las tierras áridas, que se secaron y dejaron de dar su fruto. La naturaleza murió y muchos contrajeron enfermedades o murieron debido a la falta de alimento. La vida en Meira era una constante lucha; las bestias inundaban cada rincón de las ciudades, el puerto, el templo o pagoda… Eran seres que obedecían las leyes de los inmortales. Pero hubo una rebelión. Las razas se unieron, olvidaron sus diferencias, las disputas entre ellos, y con su unión los inmortales vieron su reinado extinguido a causa de las armas empuñadas por campesinos, granjeros y gente humilde.


Pero a pesar de que la humanidad venció a los inmortales, pagó un gran precio alto: todo fue desolado, muchos murieron y los hombres hubieron de empezar desde cero. Los supervivientes quedaron lisiados de por vida y fueron sus hijos quienes reconstruyeron ciudades, templos, puertos, casas, quienes con paciencia y esmero volvieron a arar las tierras, y los que imploraron a los dioses que volvieran a ser bendecidas por las aguas. Ya la segunda generación logró convertir cada uno de los planetas de Meira en un lugar habitable. Pero con el nacimiento de Juraknar todos cayeron en sus garras, a pesar de sus intentos por derrotarlo.
Juraknar bebió un gran sorbo de su delicioso vino y miró a su anciano pero sabio consejero. La profecía estaba dicha; es más, la conocía de memoria: un cuento de viejas sobre dos niños que nacerían con marcas de dragón en su cuerpo, los cuales serían tan fuertes como para derrotar a un inmortal. Juraknar, él, un inmortal, no temería a dos niños que aún no habían dado señales de vida. Todo era una patraña con la que asustarlo.
El sabio y anciano consejero que se encontraba delante de él, tembloroso, vistiendo una túnica con líneas verdes y doradas y un dibujo de un dragón negro con ligeras escamas rojas sobre su pecho, sostenía en sus manos la profecía, vieja y arrugada, escrita en un pergamino amarillento que se caía a trozos. Pero por mucho que la leyera no encontraría especificado nada en concreto sobre los niños.


Según el consejero, los niños debían nacer en el año del dragón. Juraknar no entendía qué podía significar aquello, pero obtuvo la explicación del anciano consejero. El año del dragón formaba parte del horóscopo chino, y el año en el que estaban era precisamente el del dragón. Sabía que el horóscopo estaba compuesto por once animales más, pero a él eso no le importaba, solo le interesaba su letargo y que su reinado siguiera como hasta entonces. Con la primera luna y el nuevo año dejaría de escuchar cada día la profecía. Se encontraban en el noveno mes; solo tres meses más y todo habría acabado: rompería la profecía, quemaría sus pedazos y a partir de ese momento sería como si nunca hubiera existido, dejaría de tener que escuchar cada doce años aquellos párrafos.
Se puso en pie y caminó pesadamente por la sala de piedra gris y suelo de mármol oscuro. Era un hombre fuerte y no tenía por qué actuar como un cobarde. Era más alto que muchos hombres y había nacido inmortal, con un maligno poder que controlar y un reinado de sombras, espectros y seres inhumanos bajo su fiera y fuerte mano. Vestía ropa verde oscura, pues según las damas era el color que mejor sentaba a su roja cabellera, su barba bien recortada y sus fríos ojos violeta de inmortal que todos temían mirar por temor a caer muertos en el suelo, y hacían bien, porque con una sola mirada suya podía hacer que el más fuerte de los hombres gritara como una niña.


Sus sabios consejeros le recomendaron, como cada año del dragón, asaltar Draguilia, el planeta más alejado del suyo, bendecido por el dragón, al que sus habitantes veneraban, admiraban y hacían ofrendas. Una vez allí, debía matar a todas las mujeres encinta. Con ese acto ruin, se aseguraría de que los niños no nacieran y su reinado se encontraría a salvo. Pero él no quería hacer nada de eso. En Draguilia solo había templos, pagodas, islas y gente humilde que cuando lo veía le hacía frente con armas improvisadas, estacas y espadas de muy mala calidad que con solo golpearlas con uno de sus dedos se hacían añicos. Para él no era un reto atacar Draguilia; la gente humilde que allí habitaba no le ofrecía ninguna diversión y hasta el momento había sido al único planeta al que ni siquiera se había molestado en volver a atacar desde hacía años. sus moradores eran pacíficos y buenos constructores, y tenía pensado algo para ellos: utilizaría su inteligencia y sus diestras manos para ordenarles la construcción de un castillo en cada uno de los planetas, así cada raza de Meira sabría quién era su señor y a quién deberían venerar. Y la gente humilde de Draguilia era ideal para construir algo diferente y peculiar. Había visto sus pagodas, sus templos, sus extrañas casas con tejados que caían en suave descenso. Le atraía el estilo de aquellos campesinos, las formas que lograban con sus manos y su buen gusto a la hora de edificar sus estructuras, nunca recargadas, compaginando con gracia los colores. Pensaba, pues, que quizás fuera el momento de levantar un pequeño trocito de su imperio en cada planeta: un castillo diferente al que ahora habitaba, una edificación que, con solo verla, infundiese temor a todo el que pisara su suelo, en cuyas cornisas pudiera verse su dragón, al que manejaba como si fuera su juguete. Y nadie mejor que los habitantes de Draguilia para hacerlo. Se había quedado asombrado en cierta ocasión ante una imagen tallada en piedra del dragón al que veneraban; este ni siquiera tenía alas y su apariencia no le causó el más mínimo terror, pero admiró lo que las manos de aquella gente humilde había hecho con una simple piedra y estaba decidido a sacarle partido. Desde que conquistó los restantes planetas, desde que aniquiló a su gente, no había vuelto a pisar sus terrenos, y quizás fuera el mejor momento para levantar parte de su imperio en aquellas tierras tan alejadas de las suyas.


Se volvió a servir otra gran copa de vino, rojo como su cabello, y se dirigió a la ventana. Allí contempló dos enormes lunas; no, tres; no, cuatro. La copa se deslizó por sus dedos y cayó al suelo derramando su exquisito vino por el inmaculado mármol.
Se asomó con brusquedad a la ventana intentando fijarse mejor en en aquella escalofriante imagen. No eran las lunas que ocupaban las noches de su mundo, de Meira, no; estas se encontraban a su espalda, tres blancas y llenas, y junto a ellas La Oculta, la que nunca hacía aparición junto a las otras, la temida. Era un mal presagio, una mala señal que incluso conseguía que se estremeciera. Se frotó los ojos y temió lo que vio ante él: los planetas estaban alineados y el cielo, oscuro hasta aquel momento, comenzó a teñirse de rojo, tan rojo que su sola imagen le aterró y paralizó cada uno de sus músculos, y fue su retorcida mente la que unió las piezas del fenómeno extraño que se expandía ante sus ojos: la profecía era cierta.
Se maldijo por haber sido tan estúpido y se subió al alféizar. Se encontraba en el sexto piso de su castillo, formado por cinco torres —su castillo era diferente a todos cuantos existían—, y desde la ventana que ocupaba se lanzó al suelo y cayó en el patio interior sin tan siquiera inmutarse por la caída.
Debía matar a los niños, que se encontraban seguros en el regazo de su madre sin saber de la amenaza que se cernía sobre sus pequeños e indefensos cuerpecillos. Se llevó sus dedos enguantados en cuero negro a los labios y lanzó un estrepitoso silbido que inundó los alrededores de sus tierras. Enseguida su más leal siervo acudió: la bestia Kany.
Jorobado y envuelto en sucios y mugrientos harapos, corrió hacia su señor cojeando. Su rostro se hallaba desfigurado: no era capaz de abrir un ojo, mientras que el otro, por contrario, parecía que en cualquier momento fuera a salirse de su cavidad; su fuerte y prominente boca se encontraba vacía de dientes y hacía años que los guardias de Lucilia le habían cortado la lengua por traidor. Juraknar lo recogió moribundo y cumplió su venganza, haciendo suyas las tierras de Lucilia.
—Kany, quiero que vayas al bosque y los hagas llamar a todos, en especial a los dragones. Tú mismo estás viendo la señal. Quiero que os dirijáis a la entrada del castillo. Haré abrir un portal y atacaremos Draguilia. No debe quedar vivo ni un solo niño… bueno —se interrumpió—, que no quede vivo nadie.
Kany asintió y comenzó a correr por todo el patio para salir del castillo y dirigirse al bosque, lugar donde se escondían bestias que ningún hombre ansiaba volver a ver.


Draguilia, planeta bendecido por el bondadoso dragón, que en su mayoría se encontraba rodeado de agua, no podía salir de su asombro. Todos sus habitantes salieron de sus casas, a pesar de que La Oculta se mostraba bien clara en el cielo; nada en el mundo podría impedirles ver el enorme dragón que salía del océano y comenzaba a enroscarse en un cielo teñido de rojo. Su protector, al que veneraban, había sido enviado para bendecir a dos niños. El reinado de Juraknar se hallaba cercano a su fin, ya que los elegidos iban a ser bendecidos.
El dragón enroscó su cuerpo, giró sobre sí mismo varias veces y por fin se irguió y ágilmente comenzó a surcar los terrenos de Draguilia, en su mayoría océanos, hasta que llegó a su destino, Aldea de la Luz. Ante el asombro de cientos de personas, bajó a tierra firme y atravesó una pequeña cabaña de tejado de pizarra como si de un fantasma se tratara. Era la casa de Wang Xin, pobre y humilde campesino casado con una joven llamada Xiao Mei, la cual acababa de morir al dar a luz a su segundo hijo.
El dragón rozó con una de sus cinco garras el hombro del recién nacido, bendiciéndolo con su sabiduría y poder, y luego se dirigió hacia el mayor de los hijos, de tan solo dos años, quien, a pesar de su corta edad, no temía a un ser tan grande. Hizo entonces el mismo gesto: posó una de sus enormes garras sobre él, sin dañarlo, tan solo marcándolo, y bendiciéndolo con su poder y sabiduría. El niño debía ser el encargado de proteger a su hermano, el verdadero elegido para llevar la gran carga, el nacido el año del dragón, el más poderoso de los dos.
Tras marcar a los niños, el dragón se esfumó en una nube de polvo azulada, sin que quedara de su presencia más que el insoportable griterío de los niños.


Con sus hijos en brazos, Xin salió de su cabaña, dejando el cuerpo sin vida de su mujer en su dormitorio. Debía salvar a los niños primero, aunque se prometió que después le daría a su mujer un entierro como es debido, además de las ofrendas para conseguir que su alma descansara en paz. Sabía que ella lo hubiera entendido.
Bajo el cielo teñido de rojo y la enorme señal, se encontró con sus vecinos. Todos querían ver con sus propios ojos a los hijos del dragón, los Dra’hi, los marcados por su garra.
Veinte hombres se ofrecieron para acompañarles hasta la pagoda amurallada. Los niños debían ser protegidos del inmortal y quizás el único lugar en el que podrían estar a salvo sería allí, en el templo, en la isla del oeste, por lo que no tardaron en prepararse para el viaje. En tan solo una hora estarían en el puerto y, frente a un gran oleaje, prepararían la embarcación que les llevaría a la isla donde residían los monjes; ellos protegerían a los niños con su fuerte poder, si es que el inmortal no les había dado muerte.
Una hora después comenzaban a surcar el agitado océano en una embarcación dorada con la imponente figura del dragón tallada en ella. Esperaban que les diera suerte y que la serpiente marina que habitaba el océano fuera misericordiosa y no atacara el único barco que tenía el valor de hacer frente al fuerte oleaje producido por las tres lunas y La Oculta, la temida.

Su ejército estaba listo; las bestias se encontraban tras él a la espera de su señal y los espectros estaban ansiosos, unos por comer almas y otros por consumir cuanto tocaban. Las bestias gruñían sedientas ansiando ser liberadas de sus fuertes cadenas y clavar la mandíbula en sus víctimas, pero aun así, y a pesar de su poco cerebro, debían obedecer a su señor.
El inmortal alzó su mano derecha y ante él se abrió un vórtice azul y brillante a través del que podían ver las cañas de bambú y, no muy lejos, la resistente pagoda de cinco pisos protegida por altas murallas, su destino, al cual llevarían a los niños. Con un alarido cruzaron el vórtice, decididos a matar a todo ser que encontraran en Draguilia.

El llanto de los niños comenzaba a enfermarle. Desde su nacimiento, el segundo hijo no había dejado de llorar, al igual que el mayor. En unas horas su vida había acabado: su mujer se había puesto de parto y había dado a luz a su segundo hijo, un varón, como el mayor, pero ella había fallecido, y cual no sería su sorpresa cuando vio al dragón cruzar el techo de su humilde casa y marcar a los niños, a sus hijos, algo que aún no había podido asimilar. Desde entonces el recién nacido no había parado de llorar, y su otro hijo, Kun, de tan solo dos años de edad, le acompañaba. Intentando encontrar el porqué de aquel llanto, los desvistió, recordando cuando el dragón los había tocado con su garra, y sobre su pecho, por encima del corazón, apreció que la forma del dragón se iba formando en su pálida y débil piel. Solo eran unos niños, sus niños, y todo se había acabado.
La señal era clara. Llevaba horas así y no cesaba. Era imposible que Juraknar no se extrañara por tal fenómeno y no buscara pronto a los niños. Sabía que buscaría en Draguilia, ¿dónde si no? El dragón formaba parte de ellos, de su historia, de su mitología, y sus dos hijos eran su misma imagen. Los estrechó con fuerza en el cestillo en el que llevaba ahora a ambos, intentando que las fuertes aguas no arrojaran al océano. Sus vecinos habían sido muy complacientes con él, le habían ayudado: habían salido de su pacífica Aldea de la Luz y tomado un barco, y cruzaban el peligroso océano tratando de llegar hasta la pagoda amurallada. Allí pondrían a salvo a los niños, si es que la serpiente marina no acababa antes con ellos.
Las aguas se agitaban con brusquedad y los veinte hombres que ocupaban la embarcación remaban tan rápido como podían. En la lejanía divisaban la isla, su destino. Pronto se encontrarían ante la pagoda. De repente gritaron alarmados: una serpiente marina emergió del agua y comenzó a golpear la embarcación. No había hombre que no fuera preparado para el ataque, pues todo habitante de Draguilia sabía que cualquiera que osara cruzar el océano se las vería con la serpiente marina.
Era enorme, con fuertes escamas verdes y una lengua rosada que sobresalía entre sus dos dientes; sus ojos eran como dos piedras preciosas rojas y brillaban con tanta fuerza que conseguían cegar a los hombres.
La serpiente, con sus golpes, hizo que dos hombres cayeron al agua, los enroscó en su fuerte cola y ante todo el grupo los engulló. Aterrados por la pérdida de sus compañeros, cargaron con lanzas y arcos y contra la escurridiza piel de la serpiente, pero estas resbalaban sin producirle el más mínimo daño. Nada podía dañar a tal ser. Dos hombres más cayeron al agua y fueron engullidos. El gigantesco animal tenía rodeada parte de la embarcación, haciendo que la madera comenzara a crujir.
El llanto de los niños era ensordecedor y el oleaje se hacía más fuerte a cada instante. Uno de los niños, Kun, se libró del abrazo de su padre y comenzó a arrastrarse desde la popa hasta llegar a la proa y posar sus pequeñas manos sobre la escurridiza piel de la serpiente. Esta comenzó entonces a hincharse y a removerse inquieta ante los asustados hombres. Uno de ellos descubrió el gesto de Kun y lo apartó de ella con rapidez. De repente todos contemplaron cómo en segundos la cabeza de la serpiente marina explotó, saliendo agua de su interior y sin quedar nada de ella. Así, se encontraron libres de su fuerza. Comprendieron enseguida el poder de los niños. El hombre que había apartado a Kun de la serpiente corrió hacia Xin, el padre, y lo dejó a su cargo, sin conseguir que parara de llorar. Este lo llevó junto a su hermano menor sin comprender qué les ocurría; quizás fuera la marca, quizás les doliera que se estuviera grabando poco a poco en su piel. Todo había cambiado, incluso en su hijo mayor: hasta hacía unas horas sus ojos eran negros como los suyos y ahora se habían vuelto verdes, y unas escamas como las del dragón se iban formando en la zona izquierda de su pecho. Su hijo menor, al que aún no le había puesto nombre, había nacido con ojos marrones, pero se le estaban volviendo azules, como su dibujo. Los estrechó entre sus brazos, como queriendo protegerlos con su vida, ansiando llegar a la pagoda.


La costa estaba desierta, ni siquiera los guardias de los monjes les esperaban, lo que les hizo pensar que quizás la isla se encontrara ya bajo influencia de Juraknar. Los niños eran los elegidos para acabar con él; no ahora cuando no podían ni mantenerse en pie, pero sí en su día, si es que lograban ponerlos a salvo.
Los dieciséis hombres con Xin, que llevaba a los dos niños protegidos en el cestillo, comenzaron a correr entre las cañas de bambú, ligeramente cubiertas por la espesa niebla que se había levantado en la zona. Algunas hojas caían bajo un cielo rojo como la sangre, con los planetas alineados. Todo estaba en silencio. Demasiado silencio. Incluso ellos, campesinos inexpertos en la batalla, sabían que algo no iba bien.
Fuertes gritos alarmaron a Xin y, temeroso, se detuvo en seco, protegiendo a sus hijos entre sus brazos. Había trampas en el suelo; la niebla que crecía en el bosque impedían verlas y las hojas que caían contribuían también a ocultarlas. Muchos hombres habían caído en ellas y varios colgaban de redes, a merced de lo que el inmortal o sus bestias quisieran hacer con ellos.
—¡Corre! —le gritó alguien.
Y así lo hizo. Con la vista clavada en el suelo para evitar las trampas, corrió, dejando tras de sí a una docena de hombres atrapados en las redes. Corrió hasta quedarse sin aliento, entre cientos de cañas de bambú y perdiendo por el camino a sus amigos e incluso a sus familiares. Solo quedaba él con vida para proteger a los niños y un fuerte rugido le hizo correr con más ansia: las bestias habían sido llamadas. Perros de enorme tamaño con pelo encrespado, fuerte mandíbula y con una extrema agilidad le seguían, sedientos de sangre y con ansia de devorarlo todo a su paso. Las fuertes garras de las bestias destrozaban cuanto tocaban, y uno no sabía si temer más a estas o a sus fuertes mandíbulas. Sin embargo, aun así, no se iba a rendir. Con el corazón a punto de estallar, vio por fin la pagoda, con sus cinco pisos, de un luminoso y fuerte rojo, protegida por fuertes y altas murallas de piedra gris, y una puerta dorada doble que le daba la bienvenida. Pero estaba abierta, y eso inquietó a Xin. Quizás el inmortal ya la hubiera invadido.


La muralla que protegía la pagoda solía estar cerrada, pero ahora también estaba abierta, dejando el paso libre a quien osara pisar suelo sagrado.
Cruzó las murallas. De un salto salvó el escalón gris que había antes de llegar a la puerta y se detuvo ante esta. De repente un fuerte rugido le hizo mirar hacia arriba: varios dragones sobrevolaban la pagoda, algunos lanzando llamaradas y otros cerrando sus garras sobre la estructura, llegando a destrozarla. Xin pensó que quizás ya fuera demasiado tarde. Aun así, dejó a los niños en el umbral dorado y comenzó a llamar con ímpetu. Las bestias estaban cerca, podía oír sus rugidos, sentir su aliento en la nuca, y no tardarían en devorarlo a él y a sus hijos.
—¡Abrid! ¡Por lo que más queráis, tened piedad! ¡Abrid! —gritó, hasta que su garganta se quedó seca y apenas nada más salió de ella, solo débiles gemidos.
Se giró y vio a dos bestias soltando babas por su mandíbula; sus ojos ardían de rabia, estaban sedientos en sangre y ansiaban lanzarse sobre de él para despedazarlo. Miró a su alrededor en busca de defensa y cogió una fuerte caña de bambú; con ella fue golpeando a las bestias, aunque sin ningún éxito, solo entorpeciendo su ataque. Una de ellas mordió su improvisada arma y la hizo pedazos de un solo mordisco. Xin supo que se encontraba a merced de sus enemigos.
Las dos bestias se lanzaron sobre él y gritó al sentir las fuertes mandíbulas clavársele con fuerza en los brazos; sus garras le destrozaban el pecho y gritaba de dolor, escuchando de fondo el llanto de sus hijos. Todo se llenó de fuego, las bestias ardieron hasta consumirse. Aquello solo podía significar que Juraknar se encontraba allí; solo él tenía control sobre un elemento tan fiero y despiadado. Agotado, echó la cabeza hacia atrás y solo pudo ver a dos monjes, ambos consejeros del elegido que había sido asesinado. Vestían túnicas blancas y sobre su pecho mostraban el mismo signo del dragón que se formaba en el pecho de sus hijos.
—Pólvora —confirmó el consejero enseñándole un polvo negro—. Puede hacer milagros, se lo aseguro. Shen, por favor, encárgate de él, yo cogeré a los niños.
El joven muchacho que respondía al nombre Shen y llevaba la cabeza afeitada, ayudó a Xin a ponerse en pie y lo condujo al interior.
—Ahora tenemos que poner a salvo a los niños, el inmortal está en la pagoda —explicó Tao, el otro monje.
Se detuvo ante un tapiz rojo con un dragón azul labrado en él, que daba paso a un húmedo pasadizo iluminado por antorchas. Tomó una de ellas y comenzó el trayecto. Giraron en círculo varias veces, llegando a ascender con rapidez, hasta que una puerta rojiza apareció ante ellos. Pasaron a una habitación circular llena de alfombras rojas; en el centro de la sala había un pilar de mármol blanco con una esfera de cristal suspendida sobre él. Se dejaron caer en las alfombras y, una vez hubieron recuperado fuerzas, los dos monjes atrancaron la puerta con varios tablones. Sabían que eso no impediría que el inmortal irrumpiera en la habitación, pero ganarían tiempo.
—¡Tao! —dijo Shen, con Xin en sus brazos—. Se está muriendo.
El consejero dejó a los niños en el suelo y corrió hacia el hombre. Sus heridas eran más serias de lo que le habían parecido en un primer momento y había perdido mucha sangre. Lo único que podía hacer por él era aliviar su dolor. Buscó en los bolsillos de su túnica y sacó una pequeña botella de cristal con un líquido verdoso. Con esfuerzo, hizo que Xin se la tragara, aliviando su sufrimiento.
—¿Cómo os llamáis?
—Wang Xin, de Aldea de la Luz. Mi hijo… mi hijo ha matado a la serpiente.
—Y vuestros hijos ¿cómo se llaman?
—Kun el mayor —respondió con esfuerzo—. El menor aún no tiene nombre.
—Llevará el vuestro, por vuestro valor para llegar hasta aquí. Cuidaremos a los niños, no los encontrarán.
Xin cerró los ojos para siempre, en paz, sabiendo que sus hijos se encontrarían bien bajo su cuidado.
Shen se alejó del cuerpo sin vida del hombre y corrió hacia los niños siguiendo las indicaciones de su maestro. Él era un joven e inexperto consejero que hacía tan solo unos meses que había conseguido entrar en la pagoda, y ahora su vida se encontraba en serio peligro. Siguió las instrucciones de su maestro y mojó varias vendas blancas en un ungüento, mientras que él no se apartaba de la esfera, que cambiaba de color por segundos. Prestó atención a su tarea y con las vendas envolvió el brazo y pecho de los niños para tapar la señal, aunque la forma del dragón aún no era muy apreciable en sus pálidas pieles. Según su maestro, con la señal envuelta dejarían de llorar. Y así fue, los niños dejaron de hacerlo y sucumbieron a un tranquilo sueño.
Los despojó de sus oscuras ropas y los vistió con las de los hijos del dragón: pantalones negros y camisa verde para el mayor y azul para el menor, bordadas en el pecho con un dragón, diferente en ambas: los dos lucían brillantes escamas doradas pero tenían algunas diferencias. El pelaje, por ejemplo, era distinto; en una mostraba largos bigotes y una perfecta y brillante melena verde que recorría su largo cuerpo; su afilada mandíbula estaba abierta, dejando ver unos afilados dientes; su lengua roja se deslizaba entre ellos y dos largos cuernos dorados irrumpían en su peluda cabeza, por detrás de sus enormes y brillantes ojos verdes. En la otra, sin embargo, el dragón tenía pelaje azul claro y ojos también azules. Camisas diferentes para dos hermanos diferentes que dominarían elementos diferentes: la verde era para el mayor, poseedor del agua, y la azul para el menor, poseedor del aire.


Los vistió sin demora y, dormidos, los llevó en el cestillo junto a su consejero. Este posó una carta precintada con cera sobre ellos y dos brillantes amuletos envueltos en un manto azul, dos enormes y brillantes dragones plateados, con una piedra entre sus garras, diferente en ambos: una azul y la otra verde. No sabía para qué servirían, ya que todavía era un aprendiz y no poseía toda la información sobre los Dra’hi, pero supuso que serían de suma importancia.
Tao cogió a los dos niños y los dejó junto a una pared al fondo de la habitación. Volvió hacia la esfera que brillaba, de un intenso azul, y posó sus manos sobre ella. Una puerta circular y del mismo color que la esfera se abrió entonces tras los niños y los engulló con rapidez; no quedó ni rastro de ellos.
—¿Qué has hecho? —preguntó Shen intrigado.
—He enviado a los niños a un universo seguro, a un planeta que dudo que el inmortal busque.
—¿A cuál?
—A la Tierra.
—¡La tierra! —exclamó sorprendido—. ¿No es ese planeta donde la magia no existe, donde solo viven seres humanos normales, desconocedores de cientos de existencias diferentes a las suyas? —preguntó molesto.
—El mismo. Los niños estarán bien. Los he enviado a un pequeño lugar donde estarán a salvo. Allí mismo hay dos elegidos inactivos, que desconocen su poder, y un sabio y anciano consejero que vivió en la pagoda hasta hace veinte años. Los cuidarán y velarán por ellos hasta que estén listos para emprender su dura misión. Ahora solo son unos niños y si no los hubiera enviado a la Tierra el inmortal les hubiera dado muerte. Se volverá loco buscándolos.
De fondo oyeron fuertes ruidos y enseguida sus peores sospechas se vieron cumplidas: los habían encontrado. La puerta cedió a los golpes del inmortal y este irrumpió en la estancia acompañado de dos bestias y varios espectros.
—¡Han nacido! Hijos del dragón. Temedlos, vuestra sangre será derramada —expresó Tao con firmeza y frialdad.
Al momento las bestias se lanzaron sobre él, haciéndole gritar, hasta que una le mordió en la yugular y murió desangrado.
Juraknar silbó y las bestias comenzaron a rodear a Shen, el joven consejero. Nada más verlo, supo que de él obtendrían respuestas. Posó su mano sobre la afeitada cabeza del muchacho de grandes ojos marrones y la apretó con fuerza.
—¿Los niños?
No obtuvo respuesta y apretó con mucha más fuerza, haciendo que gritara de dolor.
—¿Los niños?
Shen, temeroso y dolorido, señaló con la mano derecha hacia la esfera azul que brillaba intensamente. Juraknar comprendió que ya no estaban en Draguilia.
—¿Adónde los habéis enviado?
—Al universo.
Al universo. Había cientos de ellos, pero solo conocía una parte que no llevara nombre, un lugar con un solo sol y un planeta habitable de nueve.
—¡¿A la Tierra?! —preguntó alarmado.
El joven consejero asintió, avergonzado por su traición, incapaz de mirar a las dos esferas violeta.
—¡Matadlo! —ordenó a dos seres ocultos en sendas capas negras que estaban situados tras él.
Estos comenzaron a flotar por la sala y de su oscura capa sacaron sus negras manos llenas de eccemas, dispuestos a acabar con su efímera vida.
—¡Por favor, escuchadme! —suplicó Shen.
—¡Habla! —exigió Juraknar armándose de paciencia.
—No conocéis la leyenda al completo. Hoy, 16 de septiembre, han nacido los hijos del dragón, pero no conocéis toda la verdad, desconocéis parte de la historia. Dos niños más nacerán, los hijos de la serpiente.
—¿Cuándo?
—El próximo año, coincidiendo con el año de la serpiente. Por favor, no me matéis.
—Habla y puede que no lo haga.
—Los hijos de la serpiente están destinados a ser los guardaespaldas de los hijos del dragón. No serán tan poderosos como ellos, pero podrán hacerle frente. Tendrán los mismo poderes y marcas grabadas en su piel, solo un dibujo diferente. Nacerán el próximo año, aunque uno de ellos quizás ya habrá nacido y con el nacimiento del segundo la marca de la serpiente comenzará a dibujarse en su pecho izquierdo y parte del brazo. Nadie mejor que ellos conocerán a los hijos del dragón, incluso podrán sentirlos, ya que son muy parecidos.
Se giró complacido por la información recibida del cobarde consejero e hizo una señal a dos de los tres espectros.
—Id planeta por planeta y traedme a todas las mujeres encinta con un hijo mayor ya nato. ¡Rápido! —apremió.
Los espectros asintieron y salieron de la sala, dejando allí a su señor y al consejero, a las bestias y a un espectro más. Juraknar, con paso firme y pesado, caminó hacia el consejero, lo tomó de la nuca con fuerza y lo arrastró hasta la esfera; después tomó sus manos desnudas y le obligó a posarlas sobre la azulada esfera, haciendo que gritara de dolor debido a las quemaduras que le produjo. La esfera era un mágico transportador capaz de sentir al más valiente y camuflado de los traidores tan solo con su contacto, quemándole por su traición. Ella les llevaría hasta los niños, ella y las quemadas manos del consejero. Si Juraknar hubiera tocado la esfera sus manos también se habrían quemado, y en absoluto iba a dejar que eso sucediera, y mucho más teniendo junto a él a un sucio traidor. El puente entre un universo y otro solo permanecía abierto durante unos minutos, tiempo suficiente para irrumpir en la ciudad a la que habían sido enviados los niños y acabar con ellos.
La puerta se abrió y antes de cruzarla miró a su sabio y servicial espectro.
—¡Llevadlo a mi castillo! —ordenó—. Allí pensaré qué hacer con él.
Sin mirar atrás, saltó al interior de la enorme puerta para caer en un planeta que desconocía.
 

LUCÍA GLEZ. LAVADO

 

 

HDD no es una pagina oficial - Hijos del dragón es una saga literaria escrita por Lucia González Lavado (Todos los derechos reservados) publicada por Entrelineas editores.