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Hijos del dragón I
Revelación

Hijos del dragón
I. Revelación.
Lucía González
Lavado
Entrelíneas editores
1º Edición noviembre
2005
2º Edición enero
2006
Literatura
fantástica juvenil
Portada e
ilustraciones:
Mercedes Rodrigo.
Número de capítulos:
24
Número de
páginas:400
Sinopsis.
Juraknar, el
inmortal, domina la
galaxia de Meira,
que ha sucumbido a
las sombras. La
profecía habla de
dos niños nacidos
durante el año del
dragón, elegidos
para derrotar al
inmortal.
En el planeta
Draguilia aparece al
fin la señal: El
cielo oscuro se tiñe
de sangre y las
cuatro lunas asoman,
incluida La Oculta,
para ser testigos de
la presencia en el
mundo de los
elegidos.
Tras su largo
aprendizaje en la
Tierra, amparados
por sus protectores,
se disponen a hacer
frente a Juraknar.
Una cohorte de seres
singulares les
apoya. Los Ocultos
les acechan y harán
de enfrentarse a
inimaginables
peligros, pero la
idea de un futuro de
libertad para Meira
les impulsa a
continuar.
Ingresa al resumen
de capítulos
(pronto)
HIJOS DEL DRAGÓN
REVELACIÓN
LUCÍA GONZÁLEZ
LAVADO
Proverbio
meiriliano.
Lo importante de uno
mismo es lo que hace
cada día por
convertirse en una
gran persona; lo
importante son sus
hechos, no sus
raíces, ni lo que
los que llevan su
sangre hicieron. Lo
importante son los
hechos de cada uno y
a donde estos nos
llevan.
Xiang Chen Li
(456-601): Ladrón,
hijo de
delincuentes, quien
con sus poesías y
sus consejos se ganó
ser la mano derecha
del elegido en
Draguilia y poder
dejar en el olvido
su pasado, sus
raíces, y empezar
desde cero.
Prólogo
Buda, poco antes de
morir, hizo llamar a
todos los animales
que pisaban la
tierra, sin olvidar
a ninguno; pero solo
doce acudieron a su
llamada. Unos, tan
fieles como lo podía
ser el perro, y
otros tan odiados,
como la serpiente, y
así hasta un total
de doce. Pero había
uno que era
diferente, especial,
destacaba sobre
todos los demás: el
dragón.
Un ser fuerte,
portador de ojos
saltones, retorcidos
cuernos, piel
escamada y una larga
y brillante melena
que rodeaba parte de
su cuerpo. Carecía
de alas, pero no por
ello era menos
especial.
Muchos eran los que
veneraban al dragón.
Este era bien
conocido por su
inteligencia,
sabiduría y bondad,
aunque muchos eran
también los rumores
que hablaban sobre
su furia, y hacían
bien en creerlos,
porque el dragón
podía parecer un ser
pacífico, pero si su
furia se levantaba
nadie escapaba de
ella.
El universo era tan
inmenso como
desconocido para
todos, con los
cientos de galaxias
que lo componían,
galaxias con vida
propia, ilusiones y
guerras, como la de
Meira, compuesta por
cinco planetas, dos
soles y cuatro
lunas, aunque muchos
no sabían si llamar
a la cuarta luna de
esa manera.
La galaxia de Meira
era un lugar remoto
y sombrío, maldito,
habitado por las
guerras. Tenía una
luna llamada La
Oculta de la que se
decía que en
realidad no era una
luna, sino un
planeta ocupado por
seres llamados los
ocultos, seres que
se alimentaban de
los desgraciados que
se cruzaban en su
camino o de los que
no estaban
protegidos cuando
asaltaban los
restantes planetas,
hecho que solo
sucedía cuando su
luna ocupaba el
oscuro cielo y con
las restantes
escondidas.
La casi tranquila
existencia de la
humanidad de Meira
había llegado a su
fin con el
nacimiento de un
niño: Juraknar.
De ojos violeta,
señal de los
inmortales, iba
también marcado por
el poderoso y temido
dragón negro, que
era parte de él. De
este fue quien
obtuvo el control
sobre las bestias,
además de un
extraordinario
poder. Aunque,
incluso para un ser
poderoso como él,
había cosas que se
escapaban a su
control. Era hijo de
una poderosa bruja
negra que con sus
propias manos y con
sus hechizos derrotó
al dragón negro,
animal hasta
entonces nunca
vencido por la mano
del hombre, y para
celebrar su triunfo
se bañó en su
sangre, bendiciendo
su victoria, y dos
meses después, tan
solo dos meses, dio
a luz un niño,
portador de la
inmortalidad, quien,
para su mala
fortuna, se llevó su
vida.
Durante siglos el
inmortal fue educado
por ambiciosos
consejeros que le
enseñaron a usar su
extraordinario
poder. Muchos fueron
los que se revelaron
a tal ser, muchos
fueron los que
odiaban las sombras
y el manto gris que
cubría los días, y
entre ellos estaban
los elegidos, cinco
personas de cinco
razas diferentes que
encontraron el valor
para hacer frente a
Juraknar, pues era
su misión mantener
la paz en Meira.
Estos elegidos eran
diferentes a cuantos
existían en cada
planeta de la
galaxia de Meira.
Poseían grandes
habilidades y su
objetivo era
mantener el orden y
luchar por la raza
humana. Pero nada
pudieron hacer
contra Juraknar. El
inmortal, a pesar de
su corta edad y
pobre experiencia,
los venció en la
batalla, quedando
así toda Meira bajo
su control.
Los dos soles
dejaron de bendecir
bosques y praderas
por deseo del
inmortal, quien
detestaba el sol e
incluso prohibió
nombrarlo: quien
osara hacerlo
sufriría graves
consecuencias; se
rumoreaba que se
vería engullido y
desgarrado por un
dragón negro que
surgiría de la nada.
Con el dominio del
inmortal, muchos
recuperaron el valor
perdido y su
valentía al nombrar
al innombrable fue
recompensado con la
aparición del temido
dragón negro, que
les dio muerte con
sus fuertes y
despiadadas garras.
La humanidad se
rebeló y, decididos
a acabar con su
reinado, se unieron
y atacaron la
fortaleza de
Juraknar, aunque sin
ningún éxito.
Algunos llegaron a
tocar al inmortal e
incluso amputaron
partes de su cuerpo,
pero estas se
regeneraron como si
de una serpiente
mudando la piel se
tratara.
Se dio por vencida
la humanidad y
sucumbió a las
sombras, aunque aun
así había muchos que
se aferraban con
fuerza a una
profecía que hablaba
sobre un año muy
especial: el año del
dragón. Dicho año
dos niños serían
bendecidos por el
fuerte y bondadoso
dragón, el que
carecía de alas y al
que veneraban por su
inteligencia y
fortaleza. Su bondad
era conocida, al
igual que su furia
si se despertaba.
Los elegidos, los
niños nacidos el año
del dragón, tendrían
la fortaleza
suficiente para
acabar con el
inmortal y su tiempo
de desolación,
desgracias y
pesares.
La profecía y La
Oculta eran las dos
cosas que más temía
el inmortal. Era una
luna sobre la que
él, famoso inmortal,
no tenía control, ni
tan siquiera sobre
lo que allí
habitaba: seres que
no lo temían y que
incluso habían
invadido sus
aposentos en plena
noche para tragarse
su alma maldita, de
los cuales consiguió
librarse, sin salir
impune de la
batalla.
Cada noche que La
Oculta asomaba a sus
cielos, un fuerte y
numeroso ejército
vigilaba su
fortaleza. Encontró
la solución a un
problema, pero no a
la profecía; los
años del dragón eran
los más temidos y
ansiaba su
finalización y que
con la primera luna
entrara el nuevo
año, el siguiente en
la lista: el de la
serpiente.
Durante años temió
la profecía. Por
consejo de sus
sabios y ancianos
consejeros, en un
acto ruin y cobarde,
dio muerte a cientos
de mujeres encinta.
La matanza era
llevaba a cabo cada
doce años, evitando
que aquellos niños
nacieran. Pero tal
acción con el tiempo
se le fue haciendo
aburrida, y puesto
que no disfrutaba,
olvidó a las
mujeres.
Como los años
transcurrían y nunca
vio nada del
magnífico y supuesto
poder, la profecía
quedó oculta en un
recóndito lugar de
su oscura mente. La
había leído
incontables veces:
los niños nacerían
con una señal en el
cielo. Una señal que
él sabía que no se
produciría en sus
cielos, en sus
dominios.
1. Hijos del dragón
«Una noche común y
corriente del año
del dragón, el cielo
oscuro se teñirá de
sangre y los cinco
planetas se
alinearán. A esta
clase de extraños
fenómenos se le
unirá el que las
cuatro lunas asomen
en el cielo de toda
la galaxia, incluida
La Oculta, la
temida, vista por
todos bajo un cielo
teñido de sangre. La
señal hará su
aparición con el año
del dragón y con
dicha señal un
dragón surcará los
cielos en busca de
los elegidos, los
protegidos, nacidos
en su año. Con su
garra bendecirá al
nacido y al
primogénito,
concediéndoles su
poder y su furia,
fuerza suficiente
para derrotar al
inmortal y cesar así
con su reinado de
oscuridad. Los
elegidos con la
señal nacerán. Hijos
del dragón.
Temedlos, con ellos
el reinado del
inmortal llegara a
su fin.»
El anciano cerró
tembloroso el
pergamino y miró a
su señor, que
permaneció impasible
y aburrido ante sus
palabras. El sabía
que un hombre tan
fuerte como su señor
no podría temer
dichas palabras. Se
lo había repetido a
lo largo de los
últimos nueve meses,
cuando cada noche se
presentaba ante el
trono y le leía una
y otra vez los
mismos párrafos.
Pero aun así seguía
impertérrito,
haciendo que su
figura se temiera
más que nunca. Era
alto, muy alto, y
fuerte. Llevaba años
entrenándose en toda
clase de artes. Su
pelo era rojo como
el fuego, rojo como
la sangre, como las
mismísimas llamas
del infierno. Caía
liso y brillante
sobre su espalda,
sobre su armadura
verde oscura. Una
fina y roja barba
bien recortada
rodeaba su fuerte y
prominente mentón y
sus fuertes y
carnosos labios; su
nariz aguileña
sobresalía en su
rostro incluso más
que sus pobladas
cejas, bajo las
cuales se
encontraban dos
brillantes ojos
violeta, los ojos de
un inmortal.
Los últimos cien
años de su vida los
había pasado el
anciano junto a su
señor, sirviéndolo,
aconsejándolo y
observando sus pasos
desde el día en que
le había visto
nacer, y de eso ya
hacía ciento
cuarenta años. Sus
ojos violeta eran la
prueba más evidente
de su condición.
Muchos, entre ellos
los elegidos, habían
intentado matarlo,
pero él, incluso
siendo un niño, los
hirió de gravedad,
condenándolos a las
sombras, y nunca más
supieron de ellos.
Durante años había
guiado sus pasos,
aconsejándole sobre
sus futuros
movimientos y sobre
el excepcional
manejo de su poder.
Con este podía hacer
doblegar a los
elegidos de las
restantes galaxias y
no conformase solo
con Meira. Y así lo
haría él, su señor,
del que todos temían
pronunciar su
nombre, ya que si lo
hacían serían
castigados. Su poder
era tal, que si
alguien osaba
nombrarlo sin su
consentimiento, las
bestias que
obedecían sus
órdenes
inmediatamente lo
sabrían y lo
matarían.
Juraknar, el último
de los inmortales,
el cual había dejado
de crecer cien años
atrás, cuando
alcanzó los 40 años
de edad humana. Uno
de los dones que,
aun a pesar de los
años, le sorprendía
era el de comprender
a bestias inhumanas;
incluso con un
simple chasquido de
dedos caían todos a
sus pies. Pero para
disgusto del anciano
consejero, su señor
se había vuelto muy
confiado, demasiado.
A lo largo de los
años que había
velado por él no
había día del año
del dragón que no se
presentara, profecía
en mano, y leyera
detenidamente cada
uno de sus párrafos
para, entre ellos,
buscar una solución.
Podían anticiparse
al futuro, entre sus
manos tenían la
solución para ello.
Al principio temió
su señor las
palabras
pronunciadas por sus
débiles y ancianos
labios, e incluso
siguió sus consejos,
pero poco a poco,
conforme su imperio
se fue expandiendo y
su nombre se fue
haciendo más temido,
las fue olvidando y
dejó de prestarle la
atención que
requerían.
La profecía se
cumpliría, al igual
que se cumplió la
que anunciaba que de
una mujer humana
bañada en sangre de
un dragón negro con
raras escamas rojas
nacería él, el
inmortal, el niño
portador de ojos
violeta, señal de
los inmortales, que
había desaparecido
siglos atrás en una
gran guerra
ancestral entre
humanos e
inmortales.
La guerra sería
recordada por el
enorme derramamiento
de sangre producido,
por la gran matanza
ocasionada. Los
humanos acabaron con
los inmortales, una
estirpe que había
reinado en Meira
durante siglos, pero
pensar en aquella
cruenta batalla aún
producía escalofríos
a los hombres.
Fueron siglos de
constantes luchas;
las tierras fértiles
desaparecieron
debido al
derramamiento de
sangre, las lluvias
dejaron de caer,
privando de su
bendición a las
tierras áridas, que
se secaron y dejaron
de dar su fruto. La
naturaleza murió y
muchos contrajeron
enfermedades o
murieron debido a la
falta de alimento.
La vida en Meira era
una constante lucha;
las bestias
inundaban cada
rincón de las
ciudades, el puerto,
el templo o pagoda…
Eran seres que
obedecían las leyes
de los inmortales.
Pero hubo una
rebelión. Las razas
se unieron,
olvidaron sus
diferencias, las
disputas entre
ellos, y con su
unión los inmortales
vieron su reinado
extinguido a causa
de las armas
empuñadas por
campesinos,
granjeros y gente
humilde.
Pero a pesar de que
la humanidad venció
a los inmortales,
pagó un gran precio
alto: todo fue
desolado, muchos
murieron y los
hombres hubieron de
empezar desde cero.
Los supervivientes
quedaron lisiados de
por vida y fueron
sus hijos quienes
reconstruyeron
ciudades, templos,
puertos, casas,
quienes con
paciencia y esmero
volvieron a arar las
tierras, y los que
imploraron a los
dioses que volvieran
a ser bendecidas por
las aguas. Ya la
segunda generación
logró convertir cada
uno de los planetas
de Meira en un lugar
habitable. Pero con
el nacimiento de
Juraknar todos
cayeron en sus
garras, a pesar de
sus intentos por
derrotarlo.
Juraknar bebió un
gran sorbo de su
delicioso vino y
miró a su anciano
pero sabio
consejero. La
profecía estaba
dicha; es más, la
conocía de memoria:
un cuento de viejas
sobre dos niños que
nacerían con marcas
de dragón en su
cuerpo, los cuales
serían tan fuertes
como para derrotar a
un inmortal.
Juraknar, él, un
inmortal, no temería
a dos niños que aún
no habían dado
señales de vida.
Todo era una patraña
con la que
asustarlo.
El sabio y anciano
consejero que se
encontraba delante
de él, tembloroso,
vistiendo una túnica
con líneas verdes y
doradas y un dibujo
de un dragón negro
con ligeras escamas
rojas sobre su
pecho, sostenía en
sus manos la
profecía, vieja y
arrugada, escrita en
un pergamino
amarillento que se
caía a trozos. Pero
por mucho que la
leyera no
encontraría
especificado nada en
concreto sobre los
niños.
Según el consejero,
los niños debían
nacer en el año del
dragón. Juraknar no
entendía qué podía
significar aquello,
pero obtuvo la
explicación del
anciano consejero.
El año del dragón
formaba parte del
horóscopo chino, y
el año en el que
estaban era
precisamente el del
dragón. Sabía que el
horóscopo estaba
compuesto por once
animales más, pero a
él eso no le
importaba, solo le
interesaba su
letargo y que su
reinado siguiera
como hasta entonces.
Con la primera luna
y el nuevo año
dejaría de escuchar
cada día la
profecía. Se
encontraban en el
noveno mes; solo
tres meses más y
todo habría acabado:
rompería la
profecía, quemaría
sus pedazos y a
partir de ese
momento sería como
si nunca hubiera
existido, dejaría de
tener que escuchar
cada doce años
aquellos párrafos.
Se puso en pie y
caminó pesadamente
por la sala de
piedra gris y suelo
de mármol oscuro.
Era un hombre fuerte
y no tenía por qué
actuar como un
cobarde. Era más
alto que muchos
hombres y había
nacido inmortal, con
un maligno poder que
controlar y un
reinado de sombras,
espectros y seres
inhumanos bajo su
fiera y fuerte mano.
Vestía ropa verde
oscura, pues según
las damas era el
color que mejor
sentaba a su roja
cabellera, su barba
bien recortada y sus
fríos ojos violeta
de inmortal que
todos temían mirar
por temor a caer
muertos en el suelo,
y hacían bien,
porque con una sola
mirada suya podía
hacer que el más
fuerte de los
hombres gritara como
una niña.
Sus sabios
consejeros le
recomendaron, como
cada año del dragón,
asaltar Draguilia,
el planeta más
alejado del suyo,
bendecido por el
dragón, al que sus
habitantes
veneraban, admiraban
y hacían ofrendas.
Una vez allí, debía
matar a todas las
mujeres encinta. Con
ese acto ruin, se
aseguraría de que
los niños no
nacieran y su
reinado se
encontraría a salvo.
Pero él no quería
hacer nada de eso.
En Draguilia solo
había templos,
pagodas, islas y
gente humilde que
cuando lo veía le
hacía frente con
armas improvisadas,
estacas y espadas de
muy mala calidad que
con solo golpearlas
con uno de sus dedos
se hacían añicos.
Para él no era un
reto atacar
Draguilia; la gente
humilde que allí
habitaba no le
ofrecía ninguna
diversión y hasta el
momento había sido
al único planeta al
que ni siquiera se
había molestado en
volver a atacar
desde hacía años.
sus moradores eran
pacíficos y buenos
constructores, y
tenía pensado algo
para ellos:
utilizaría su
inteligencia y sus
diestras manos para
ordenarles la
construcción de un
castillo en cada uno
de los planetas, así
cada raza de Meira
sabría quién era su
señor y a quién
deberían venerar. Y
la gente humilde de
Draguilia era ideal
para construir algo
diferente y
peculiar. Había
visto sus pagodas,
sus templos, sus
extrañas casas con
tejados que caían en
suave descenso. Le
atraía el estilo de
aquellos campesinos,
las formas que
lograban con sus
manos y su buen
gusto a la hora de
edificar sus
estructuras, nunca
recargadas,
compaginando con
gracia los colores.
Pensaba, pues, que
quizás fuera el
momento de levantar
un pequeño trocito
de su imperio en
cada planeta: un
castillo diferente
al que ahora
habitaba, una
edificación que, con
solo verla,
infundiese temor a
todo el que pisara
su suelo, en cuyas
cornisas pudiera
verse su dragón, al
que manejaba como si
fuera su juguete. Y
nadie mejor que los
habitantes de
Draguilia para
hacerlo. Se había
quedado asombrado en
cierta ocasión ante
una imagen tallada
en piedra del dragón
al que veneraban;
este ni siquiera
tenía alas y su
apariencia no le
causó el más mínimo
terror, pero admiró
lo que las manos de
aquella gente
humilde había hecho
con una simple
piedra y estaba
decidido a sacarle
partido. Desde que
conquistó los
restantes planetas,
desde que aniquiló a
su gente, no había
vuelto a pisar sus
terrenos, y quizás
fuera el mejor
momento para
levantar parte de su
imperio en aquellas
tierras tan alejadas
de las suyas.
Se volvió a servir
otra gran copa de
vino, rojo como su
cabello, y se
dirigió a la
ventana. Allí
contempló dos
enormes lunas; no,
tres; no, cuatro. La
copa se deslizó por
sus dedos y cayó al
suelo derramando su
exquisito vino por
el inmaculado
mármol.
Se asomó con
brusquedad a la
ventana intentando
fijarse mejor en en
aquella
escalofriante
imagen. No eran las
lunas que ocupaban
las noches de su
mundo, de Meira, no;
estas se encontraban
a su espalda, tres
blancas y llenas, y
junto a ellas La
Oculta, la que nunca
hacía aparición
junto a las otras,
la temida. Era un
mal presagio, una
mala señal que
incluso conseguía
que se estremeciera.
Se frotó los ojos y
temió lo que vio
ante él: los
planetas estaban
alineados y el
cielo, oscuro hasta
aquel momento,
comenzó a teñirse de
rojo, tan rojo que
su sola imagen le
aterró y paralizó
cada uno de sus
músculos, y fue su
retorcida mente la
que unió las piezas
del fenómeno extraño
que se expandía ante
sus ojos: la
profecía era cierta.
Se maldijo por haber
sido tan estúpido y
se subió al
alféizar. Se
encontraba en el
sexto piso de su
castillo, formado
por cinco torres —su
castillo era
diferente a todos
cuantos existían—, y
desde la ventana que
ocupaba se lanzó al
suelo y cayó en el
patio interior sin
tan siquiera
inmutarse por la
caída.
Debía matar a los
niños, que se
encontraban seguros
en el regazo de su
madre sin saber de
la amenaza que se
cernía sobre sus
pequeños e
indefensos
cuerpecillos. Se
llevó sus dedos
enguantados en cuero
negro a los labios y
lanzó un estrepitoso
silbido que inundó
los alrededores de
sus tierras.
Enseguida su más
leal siervo acudió:
la bestia Kany.
Jorobado y envuelto
en sucios y
mugrientos harapos,
corrió hacia su
señor cojeando. Su
rostro se hallaba
desfigurado: no era
capaz de abrir un
ojo, mientras que el
otro, por contrario,
parecía que en
cualquier momento
fuera a salirse de
su cavidad; su
fuerte y prominente
boca se encontraba
vacía de dientes y
hacía años que los
guardias de Lucilia
le habían cortado la
lengua por traidor.
Juraknar lo recogió
moribundo y cumplió
su venganza,
haciendo suyas las
tierras de Lucilia.
—Kany, quiero que
vayas al bosque y
los hagas llamar a
todos, en especial a
los dragones. Tú
mismo estás viendo
la señal. Quiero que
os dirijáis a la
entrada del
castillo. Haré abrir
un portal y
atacaremos
Draguilia. No debe
quedar vivo ni un
solo niño… bueno —se
interrumpió—, que no
quede vivo nadie.
Kany asintió y
comenzó a correr por
todo el patio para
salir del castillo y
dirigirse al bosque,
lugar donde se
escondían bestias
que ningún hombre
ansiaba volver a
ver.
Draguilia, planeta
bendecido por el
bondadoso dragón,
que en su mayoría se
encontraba rodeado
de agua, no podía
salir de su asombro.
Todos sus habitantes
salieron de sus
casas, a pesar de
que La Oculta se
mostraba bien clara
en el cielo; nada en
el mundo podría
impedirles ver el
enorme dragón que
salía del océano y
comenzaba a
enroscarse en un
cielo teñido de
rojo. Su protector,
al que veneraban,
había sido enviado
para bendecir a dos
niños. El reinado de
Juraknar se hallaba
cercano a su fin, ya
que los elegidos
iban a ser
bendecidos.
El dragón enroscó su
cuerpo, giró sobre
sí mismo varias
veces y por fin se
irguió y ágilmente
comenzó a surcar los
terrenos de
Draguilia, en su
mayoría océanos,
hasta que llegó a su
destino, Aldea de la
Luz. Ante el asombro
de cientos de
personas, bajó a
tierra firme y
atravesó una pequeña
cabaña de tejado de
pizarra como si de
un fantasma se
tratara. Era la casa
de Wang Xin, pobre y
humilde campesino
casado con una joven
llamada Xiao Mei, la
cual acababa de
morir al dar a luz a
su segundo hijo.
El dragón rozó con
una de sus cinco
garras el hombro del
recién nacido,
bendiciéndolo con su
sabiduría y poder, y
luego se dirigió
hacia el mayor de
los hijos, de tan
solo dos años,
quien, a pesar de su
corta edad, no temía
a un ser tan grande.
Hizo entonces el
mismo gesto: posó
una de sus enormes
garras sobre él, sin
dañarlo, tan solo
marcándolo, y
bendiciéndolo con su
poder y sabiduría.
El niño debía ser el
encargado de
proteger a su
hermano, el
verdadero elegido
para llevar la gran
carga, el nacido el
año del dragón, el
más poderoso de los
dos.
Tras marcar a los
niños, el dragón se
esfumó en una nube
de polvo azulada,
sin que quedara de
su presencia más que
el insoportable
griterío de los
niños.
Con sus hijos en
brazos, Xin salió de
su cabaña, dejando
el cuerpo sin vida
de su mujer en su
dormitorio. Debía
salvar a los niños
primero, aunque se
prometió que después
le daría a su mujer
un entierro como es
debido, además de
las ofrendas para
conseguir que su
alma descansara en
paz. Sabía que ella
lo hubiera
entendido.
Bajo el cielo teñido
de rojo y la enorme
señal, se encontró
con sus vecinos.
Todos querían ver
con sus propios ojos
a los hijos del
dragón, los Dra’hi,
los marcados por su
garra.
Veinte hombres se
ofrecieron para
acompañarles hasta
la pagoda
amurallada. Los
niños debían ser
protegidos del
inmortal y quizás el
único lugar en el
que podrían estar a
salvo sería allí, en
el templo, en la
isla del oeste, por
lo que no tardaron
en prepararse para
el viaje. En tan
solo una hora
estarían en el
puerto y, frente a
un gran oleaje,
prepararían la
embarcación que les
llevaría a la isla
donde residían los
monjes; ellos
protegerían a los
niños con su fuerte
poder, si es que el
inmortal no les
había dado muerte.
Una hora después
comenzaban a surcar
el agitado océano en
una embarcación
dorada con la
imponente figura del
dragón tallada en
ella. Esperaban que
les diera suerte y
que la serpiente
marina que habitaba
el océano fuera
misericordiosa y no
atacara el único
barco que tenía el
valor de hacer
frente al fuerte
oleaje producido por
las tres lunas y La
Oculta, la temida.
Su ejército estaba
listo; las bestias
se encontraban tras
él a la espera de su
señal y los
espectros estaban
ansiosos, unos por
comer almas y otros
por consumir cuanto
tocaban. Las bestias
gruñían sedientas
ansiando ser
liberadas de sus
fuertes cadenas y
clavar la mandíbula
en sus víctimas,
pero aun así, y a
pesar de su poco
cerebro, debían
obedecer a su señor.
El inmortal alzó su
mano derecha y ante
él se abrió un
vórtice azul y
brillante a través
del que podían ver
las cañas de bambú
y, no muy lejos, la
resistente pagoda de
cinco pisos
protegida por altas
murallas, su
destino, al cual
llevarían a los
niños. Con un
alarido cruzaron el
vórtice, decididos a
matar a todo ser que
encontraran en
Draguilia.
El llanto de los
niños comenzaba a
enfermarle. Desde su
nacimiento, el
segundo hijo no
había dejado de
llorar, al igual que
el mayor. En unas
horas su vida había
acabado: su mujer se
había puesto de
parto y había dado a
luz a su segundo
hijo, un varón, como
el mayor, pero ella
había fallecido, y
cual no sería su
sorpresa cuando vio
al dragón cruzar el
techo de su humilde
casa y marcar a los
niños, a sus hijos,
algo que aún no
había podido
asimilar. Desde
entonces el recién
nacido no había
parado de llorar, y
su otro hijo, Kun,
de tan solo dos años
de edad, le
acompañaba.
Intentando encontrar
el porqué de aquel
llanto, los
desvistió,
recordando cuando el
dragón los había
tocado con su garra,
y sobre su pecho,
por encima del
corazón, apreció que
la forma del dragón
se iba formando en
su pálida y débil
piel. Solo eran unos
niños, sus niños, y
todo se había
acabado.
La señal era clara.
Llevaba horas así y
no cesaba. Era
imposible que
Juraknar no se
extrañara por tal
fenómeno y no
buscara pronto a los
niños. Sabía que
buscaría en
Draguilia, ¿dónde si
no? El dragón
formaba parte de
ellos, de su
historia, de su
mitología, y sus dos
hijos eran su misma
imagen. Los estrechó
con fuerza en el
cestillo en el que
llevaba ahora a
ambos, intentando
que las fuertes
aguas no arrojaran
al océano. Sus
vecinos habían sido
muy complacientes
con él, le habían
ayudado: habían
salido de su
pacífica Aldea de la
Luz y tomado un
barco, y cruzaban el
peligroso océano
tratando de llegar
hasta la pagoda
amurallada. Allí
pondrían a salvo a
los niños, si es que
la serpiente marina
no acababa antes con
ellos.
Las aguas se
agitaban con
brusquedad y los
veinte hombres que
ocupaban la
embarcación remaban
tan rápido como
podían. En la
lejanía divisaban la
isla, su destino.
Pronto se
encontrarían ante la
pagoda. De repente
gritaron alarmados:
una serpiente marina
emergió del agua y
comenzó a golpear la
embarcación. No
había hombre que no
fuera preparado para
el ataque, pues todo
habitante de
Draguilia sabía que
cualquiera que osara
cruzar el océano se
las vería con la
serpiente marina.
Era enorme, con
fuertes escamas
verdes y una lengua
rosada que
sobresalía entre sus
dos dientes; sus
ojos eran como dos
piedras preciosas
rojas y brillaban
con tanta fuerza que
conseguían cegar a
los hombres.
La serpiente, con
sus golpes, hizo que
dos hombres cayeron
al agua, los enroscó
en su fuerte cola y
ante todo el grupo
los engulló.
Aterrados por la
pérdida de sus
compañeros, cargaron
con lanzas y arcos y
contra la
escurridiza piel de
la serpiente, pero
estas resbalaban sin
producirle el más
mínimo daño. Nada
podía dañar a tal
ser. Dos hombres más
cayeron al agua y
fueron engullidos.
El gigantesco animal
tenía rodeada parte
de la embarcación,
haciendo que la
madera comenzara a
crujir.
El llanto de los
niños era
ensordecedor y el
oleaje se hacía más
fuerte a cada
instante. Uno de los
niños, Kun, se libró
del abrazo de su
padre y comenzó a
arrastrarse desde la
popa hasta llegar a
la proa y posar sus
pequeñas manos sobre
la escurridiza piel
de la serpiente.
Esta comenzó
entonces a hincharse
y a removerse
inquieta ante los
asustados hombres.
Uno de ellos
descubrió el gesto
de Kun y lo apartó
de ella con rapidez.
De repente todos
contemplaron cómo en
segundos la cabeza
de la serpiente
marina explotó,
saliendo agua de su
interior y sin
quedar nada de ella.
Así, se encontraron
libres de su fuerza.
Comprendieron
enseguida el poder
de los niños. El
hombre que había
apartado a Kun de la
serpiente corrió
hacia Xin, el padre,
y lo dejó a su
cargo, sin conseguir
que parara de
llorar. Este lo
llevó junto a su
hermano menor sin
comprender qué les
ocurría; quizás
fuera la marca,
quizás les doliera
que se estuviera
grabando poco a poco
en su piel. Todo
había cambiado,
incluso en su hijo
mayor: hasta hacía
unas horas sus ojos
eran negros como los
suyos y ahora se
habían vuelto
verdes, y unas
escamas como las del
dragón se iban
formando en la zona
izquierda de su
pecho. Su hijo
menor, al que aún no
le había puesto
nombre, había nacido
con ojos marrones,
pero se le estaban
volviendo azules,
como su dibujo. Los
estrechó entre sus
brazos, como
queriendo
protegerlos con su
vida, ansiando
llegar a la pagoda.
La costa estaba
desierta, ni
siquiera los
guardias de los
monjes les
esperaban, lo que
les hizo pensar que
quizás la isla se
encontrara ya bajo
influencia de
Juraknar. Los niños
eran los elegidos
para acabar con él;
no ahora cuando no
podían ni mantenerse
en pie, pero sí en
su día, si es que
lograban ponerlos a
salvo.
Los dieciséis
hombres con Xin, que
llevaba a los dos
niños protegidos en
el cestillo,
comenzaron a correr
entre las cañas de
bambú, ligeramente
cubiertas por la
espesa niebla que se
había levantado en
la zona. Algunas
hojas caían bajo un
cielo rojo como la
sangre, con los
planetas alineados.
Todo estaba en
silencio. Demasiado
silencio. Incluso
ellos, campesinos
inexpertos en la
batalla, sabían que
algo no iba bien.
Fuertes gritos
alarmaron a Xin y,
temeroso, se detuvo
en seco, protegiendo
a sus hijos entre
sus brazos. Había
trampas en el suelo;
la niebla que crecía
en el bosque
impedían verlas y
las hojas que caían
contribuían también
a ocultarlas. Muchos
hombres habían caído
en ellas y varios
colgaban de redes, a
merced de lo que el
inmortal o sus
bestias quisieran
hacer con ellos.
—¡Corre! —le gritó
alguien.
Y así lo hizo. Con
la vista clavada en
el suelo para evitar
las trampas, corrió,
dejando tras de sí a
una docena de
hombres atrapados en
las redes. Corrió
hasta quedarse sin
aliento, entre
cientos de cañas de
bambú y perdiendo
por el camino a sus
amigos e incluso a
sus familiares. Solo
quedaba él con vida
para proteger a los
niños y un fuerte
rugido le hizo
correr con más
ansia: las bestias
habían sido
llamadas. Perros de
enorme tamaño con
pelo encrespado,
fuerte mandíbula y
con una extrema
agilidad le seguían,
sedientos de sangre
y con ansia de
devorarlo todo a su
paso. Las fuertes
garras de las
bestias destrozaban
cuanto tocaban, y
uno no sabía si
temer más a estas o
a sus fuertes
mandíbulas. Sin
embargo, aun así, no
se iba a rendir. Con
el corazón a punto
de estallar, vio por
fin la pagoda, con
sus cinco pisos, de
un luminoso y fuerte
rojo, protegida por
fuertes y altas
murallas de piedra
gris, y una puerta
dorada doble que le
daba la bienvenida.
Pero estaba abierta,
y eso inquietó a
Xin. Quizás el
inmortal ya la
hubiera invadido.
La muralla que
protegía la pagoda
solía estar cerrada,
pero ahora también
estaba abierta,
dejando el paso
libre a quien osara
pisar suelo sagrado.
Cruzó las murallas.
De un salto salvó el
escalón gris que
había antes de
llegar a la puerta y
se detuvo ante esta.
De repente un fuerte
rugido le hizo mirar
hacia arriba: varios
dragones
sobrevolaban la
pagoda, algunos
lanzando llamaradas
y otros cerrando sus
garras sobre la
estructura, llegando
a destrozarla. Xin
pensó que quizás ya
fuera demasiado
tarde. Aun así, dejó
a los niños en el
umbral dorado y
comenzó a llamar con
ímpetu. Las bestias
estaban cerca, podía
oír sus rugidos,
sentir su aliento en
la nuca, y no
tardarían en
devorarlo a él y a
sus hijos.
—¡Abrid! ¡Por lo que
más queráis, tened
piedad! ¡Abrid!
—gritó, hasta que su
garganta se quedó
seca y apenas nada
más salió de ella,
solo débiles
gemidos.
Se giró y vio a dos
bestias soltando
babas por su
mandíbula; sus ojos
ardían de rabia,
estaban sedientos en
sangre y ansiaban
lanzarse sobre de él
para despedazarlo.
Miró a su alrededor
en busca de defensa
y cogió una fuerte
caña de bambú; con
ella fue golpeando a
las bestias, aunque
sin ningún éxito,
solo entorpeciendo
su ataque. Una de
ellas mordió su
improvisada arma y
la hizo pedazos de
un solo mordisco.
Xin supo que se
encontraba a merced
de sus enemigos.
Las dos bestias se
lanzaron sobre él y
gritó al sentir las
fuertes mandíbulas
clavársele con
fuerza en los
brazos; sus garras
le destrozaban el
pecho y gritaba de
dolor, escuchando de
fondo el llanto de
sus hijos. Todo se
llenó de fuego, las
bestias ardieron
hasta consumirse.
Aquello solo podía
significar que
Juraknar se
encontraba allí;
solo él tenía
control sobre un
elemento tan fiero y
despiadado. Agotado,
echó la cabeza hacia
atrás y solo pudo
ver a dos monjes,
ambos consejeros del
elegido que había
sido asesinado.
Vestían túnicas
blancas y sobre su
pecho mostraban el
mismo signo del
dragón que se
formaba en el pecho
de sus hijos.
—Pólvora —confirmó
el consejero
enseñándole un polvo
negro—. Puede hacer
milagros, se lo
aseguro. Shen, por
favor, encárgate de
él, yo cogeré a los
niños.
El joven muchacho
que respondía al
nombre Shen y
llevaba la cabeza
afeitada, ayudó a
Xin a ponerse en pie
y lo condujo al
interior.
—Ahora tenemos que
poner a salvo a los
niños, el inmortal
está en la pagoda
—explicó Tao, el
otro monje.
Se detuvo ante un
tapiz rojo con un
dragón azul labrado
en él, que daba paso
a un húmedo pasadizo
iluminado por
antorchas. Tomó una
de ellas y comenzó
el trayecto. Giraron
en círculo varias
veces, llegando a
ascender con
rapidez, hasta que
una puerta rojiza
apareció ante ellos.
Pasaron a una
habitación circular
llena de alfombras
rojas; en el centro
de la sala había un
pilar de mármol
blanco con una
esfera de cristal
suspendida sobre él.
Se dejaron caer en
las alfombras y, una
vez hubieron
recuperado fuerzas,
los dos monjes
atrancaron la puerta
con varios tablones.
Sabían que eso no
impediría que el
inmortal irrumpiera
en la habitación,
pero ganarían
tiempo.
—¡Tao! —dijo Shen,
con Xin en sus
brazos—. Se está
muriendo.
El consejero dejó a
los niños en el
suelo y corrió hacia
el hombre. Sus
heridas eran más
serias de lo que le
habían parecido en
un primer momento y
había perdido mucha
sangre. Lo único que
podía hacer por él
era aliviar su
dolor. Buscó en los
bolsillos de su
túnica y sacó una
pequeña botella de
cristal con un
líquido verdoso. Con
esfuerzo, hizo que
Xin se la tragara,
aliviando su
sufrimiento.
—¿Cómo os llamáis?
—Wang Xin, de Aldea
de la Luz. Mi hijo…
mi hijo ha matado a
la serpiente.
—Y vuestros hijos
¿cómo se llaman?
—Kun el mayor
—respondió con
esfuerzo—. El menor
aún no tiene nombre.
—Llevará el vuestro,
por vuestro valor
para llegar hasta
aquí. Cuidaremos a
los niños, no los
encontrarán.
Xin cerró los ojos
para siempre, en
paz, sabiendo que
sus hijos se
encontrarían bien
bajo su cuidado.
Shen se alejó del
cuerpo sin vida del
hombre y corrió
hacia los niños
siguiendo las
indicaciones de su
maestro. Él era un
joven e inexperto
consejero que hacía
tan solo unos meses
que había conseguido
entrar en la pagoda,
y ahora su vida se
encontraba en serio
peligro. Siguió las
instrucciones de su
maestro y mojó
varias vendas
blancas en un
ungüento, mientras
que él no se
apartaba de la
esfera, que cambiaba
de color por
segundos. Prestó
atención a su tarea
y con las vendas
envolvió el brazo y
pecho de los niños
para tapar la señal,
aunque la forma del
dragón aún no era
muy apreciable en
sus pálidas pieles.
Según su maestro,
con la señal
envuelta dejarían de
llorar. Y así fue,
los niños dejaron de
hacerlo y
sucumbieron a un
tranquilo sueño.
Los despojó de sus
oscuras ropas y los
vistió con las de
los hijos del
dragón: pantalones
negros y camisa
verde para el mayor
y azul para el
menor, bordadas en
el pecho con un
dragón, diferente en
ambas: los dos
lucían brillantes
escamas doradas pero
tenían algunas
diferencias. El
pelaje, por ejemplo,
era distinto; en una
mostraba largos
bigotes y una
perfecta y brillante
melena verde que
recorría su largo
cuerpo; su afilada
mandíbula estaba
abierta, dejando ver
unos afilados
dientes; su lengua
roja se deslizaba
entre ellos y dos
largos cuernos
dorados irrumpían en
su peluda cabeza,
por detrás de sus
enormes y brillantes
ojos verdes. En la
otra, sin embargo,
el dragón tenía
pelaje azul claro y
ojos también azules.
Camisas diferentes
para dos hermanos
diferentes que
dominarían elementos
diferentes: la verde
era para el mayor,
poseedor del agua, y
la azul para el
menor, poseedor del
aire.
Los vistió sin
demora y, dormidos,
los llevó en el
cestillo junto a su
consejero. Este posó
una carta precintada
con cera sobre ellos
y dos brillantes
amuletos envueltos
en un manto azul,
dos enormes y
brillantes dragones
plateados, con una
piedra entre sus
garras, diferente en
ambos: una azul y la
otra verde. No sabía
para qué servirían,
ya que todavía era
un aprendiz y no
poseía toda la
información sobre
los Dra’hi, pero
supuso que serían de
suma importancia.
Tao cogió a los dos
niños y los dejó
junto a una pared al
fondo de la
habitación. Volvió
hacia la esfera que
brillaba, de un
intenso azul, y posó
sus manos sobre
ella. Una puerta
circular y del mismo
color que la esfera
se abrió entonces
tras los niños y los
engulló con rapidez;
no quedó ni rastro
de ellos.
—¿Qué has hecho?
—preguntó Shen
intrigado.
—He enviado a los
niños a un universo
seguro, a un planeta
que dudo que el
inmortal busque.
—¿A cuál?
—A la Tierra.
—¡La tierra!
—exclamó
sorprendido—. ¿No es
ese planeta donde la
magia no existe,
donde solo viven
seres humanos
normales,
desconocedores de
cientos de
existencias
diferentes a las
suyas? —preguntó
molesto.
—El mismo. Los niños
estarán bien. Los he
enviado a un pequeño
lugar donde estarán
a salvo. Allí mismo
hay dos elegidos
inactivos, que
desconocen su poder,
y un sabio y anciano
consejero que vivió
en la pagoda hasta
hace veinte años.
Los cuidarán y
velarán por ellos
hasta que estén
listos para
emprender su dura
misión. Ahora solo
son unos niños y si
no los hubiera
enviado a la Tierra
el inmortal les
hubiera dado muerte.
Se volverá loco
buscándolos.
De fondo oyeron
fuertes ruidos y
enseguida sus peores
sospechas se vieron
cumplidas: los
habían encontrado.
La puerta cedió a
los golpes del
inmortal y este
irrumpió en la
estancia acompañado
de dos bestias y
varios espectros.
—¡Han nacido! Hijos
del dragón.
Temedlos, vuestra
sangre será
derramada —expresó
Tao con firmeza y
frialdad.
Al momento las
bestias se lanzaron
sobre él, haciéndole
gritar, hasta que
una le mordió en la
yugular y murió
desangrado.
Juraknar silbó y las
bestias comenzaron a
rodear a Shen, el
joven consejero.
Nada más verlo, supo
que de él obtendrían
respuestas. Posó su
mano sobre la
afeitada cabeza del
muchacho de grandes
ojos marrones y la
apretó con fuerza.
—¿Los niños?
No obtuvo respuesta
y apretó con mucha
más fuerza, haciendo
que gritara de
dolor.
—¿Los niños?
Shen, temeroso y
dolorido, señaló con
la mano derecha
hacia la esfera azul
que brillaba
intensamente.
Juraknar comprendió
que ya no estaban en
Draguilia.
—¿Adónde los habéis
enviado?
—Al universo.
Al universo. Había
cientos de ellos,
pero solo conocía
una parte que no
llevara nombre, un
lugar con un solo
sol y un planeta
habitable de nueve.
—¡¿A la Tierra?!
—preguntó alarmado.
El joven consejero
asintió, avergonzado
por su traición,
incapaz de mirar a
las dos esferas
violeta.
—¡Matadlo! —ordenó a
dos seres ocultos en
sendas capas negras
que estaban situados
tras él.
Estos comenzaron a
flotar por la sala y
de su oscura capa
sacaron sus negras
manos llenas de
eccemas, dispuestos
a acabar con su
efímera vida.
—¡Por favor,
escuchadme! —suplicó
Shen.
—¡Habla! —exigió
Juraknar armándose
de paciencia.
—No conocéis la
leyenda al completo.
Hoy, 16 de
septiembre, han
nacido los hijos del
dragón, pero no
conocéis toda la
verdad, desconocéis
parte de la
historia. Dos niños
más nacerán, los
hijos de la
serpiente.
—¿Cuándo?
—El próximo año,
coincidiendo con el
año de la serpiente.
Por favor, no me
matéis.
—Habla y puede que
no lo haga.
—Los hijos de la
serpiente están
destinados a ser los
guardaespaldas de
los hijos del
dragón. No serán tan
poderosos como
ellos, pero podrán
hacerle frente.
Tendrán los mismo
poderes y marcas
grabadas en su piel,
solo un dibujo
diferente. Nacerán
el próximo año,
aunque uno de ellos
quizás ya habrá
nacido y con el
nacimiento del
segundo la marca de
la serpiente
comenzará a
dibujarse en su
pecho izquierdo y
parte del brazo.
Nadie mejor que
ellos conocerán a
los hijos del
dragón, incluso
podrán sentirlos, ya
que son muy
parecidos.
Se giró complacido
por la información
recibida del cobarde
consejero e hizo una
señal a dos de los
tres espectros.
—Id planeta por
planeta y traedme a
todas las mujeres
encinta con un hijo
mayor ya nato.
¡Rápido! —apremió.
Los espectros
asintieron y
salieron de la sala,
dejando allí a su
señor y al
consejero, a las
bestias y a un
espectro más.
Juraknar, con paso
firme y pesado,
caminó hacia el
consejero, lo tomó
de la nuca con
fuerza y lo arrastró
hasta la esfera;
después tomó sus
manos desnudas y le
obligó a posarlas
sobre la azulada
esfera, haciendo que
gritara de dolor
debido a las
quemaduras que le
produjo. La esfera
era un mágico
transportador capaz
de sentir al más
valiente y camuflado
de los traidores tan
solo con su
contacto, quemándole
por su traición.
Ella les llevaría
hasta los niños,
ella y las quemadas
manos del consejero.
Si Juraknar hubiera
tocado la esfera sus
manos también se
habrían quemado, y
en absoluto iba a
dejar que eso
sucediera, y mucho
más teniendo junto a
él a un sucio
traidor. El puente
entre un universo y
otro solo permanecía
abierto durante unos
minutos, tiempo
suficiente para
irrumpir en la
ciudad a la que
habían sido enviados
los niños y acabar
con ellos.
La puerta se abrió y
antes de cruzarla
miró a su sabio y
servicial espectro.
—¡Llevadlo a mi
castillo! —ordenó—.
Allí pensaré qué
hacer con él.
Sin mirar atrás,
saltó al interior de
la enorme puerta
para caer en un
planeta que
desconocía.
LUCÍA GLEZ. LAVADO |